G, era un chico como cualquiera, acababa de terminar su secundaria, se sentía “el amo del mundo”. Luego de cinco años de sangre, sudor y lágrimas en la secundaria, por fin podía mostrar el signo de la victoria. Para el mes de diciembre ya había ingresado a la universidad, también se preparaba para la fiesta de promoción y para las vacaciones de fin de año. También es encontraba complacido del reciente triunfo de su candidato favorito que le hacían volver las esperanzas en el país del norte, por fin se iba a re-encaminarse en el camino de la democracia y la cordura. Arreglando la situación desastrosa que “texano, hijo de la chingada”, dejaba en su mandato. G se sentía orgulloso de presenciar un momento histórico.
El adolescente quería despedirse de esta etapa de manera espectacular, lo hizo con una broma pesada con la profesora de geometría, al fingir una rebelión cuando se negó a realizar un ejercicio matemático. Salió inmune, bueno quien querría castigar a un muchacho a portas de terminar el colegio. Aunque supo que la maestra quería castigarlo por tamaña osadía, aquello lo asusto un poco. El chico siempre había sido una persona correcta a veces llegaba a los extremos. Pero esa imagen se volvía pesada y hacía algunas travesuras que no hacían mal a nadie.
Ahora quqería hacer una broma más divertida, influenciada por su afición por los vídeojuegos de guerra en primera persona. Para ese momento los jugaba de vez en cuando. Adoraba Counter-strike, Wolfestein, Call of Duty y Medalla de Honor, donde vivía su fantasia de manera real. Conocía la II guerra mundial gracias a ellos jugando que en las clases de historia. Cuando estaba en el colegio “matando el tiempo” se imaginaba en escenarios de combate ese enorme patio cuadrado celeste y azul. Las ideas le fluían pensando en niveles, heroes y villanos. Soñaba a veces que hubiera una encarnizada batalla entre terroristas y policías. Todo lo veía como un vídeojuego, se alucinaba un rangers que destruía a sus enemigos.
Esos días planeaba, G planeaba hacerle una broma pesada a uno de sus amigos apellidado O. Era un chico de cabello negro, más o menos de su tamaño y le apodaban “ Jhon Travolta” por su peinado. Durante cuatro años, ambos tenían tenido una gran amistad tan poderosa como el acero. Compartían éxitos, fracasos, alegrías y tristezas. Además tenían una gran estimación, en su yo más profundo lo consideraba su único amigo, esto había creado una terrible dependencia. Una chica en son de broma “parece que estás enamorado de él”. No es que fuera un rosquete, sino que percibía que tenía un enorme vínculo que bordeaba un sentimiento de fragilidad.
Jamás le hizo una broma a su amigo, quería aventurarse a hacer algo incorrecto. Y descubrir su reacción si le hacía la broma. Aunque probablemente no lo tomaría a mal. A pesar de su duradera amistad, tenían grandes diferencias. G era una persona intelectual hasta hacerse antipático. Tenía una manía por los detalles históricos y geográficos que una persona le daba admiración y extrañeza. Siempre se mantenía al día con la situación que ocurría en el mundo...parecía una versión masculina de Mafalda.
En cambio su amigo, era de personalidad sencilla, prefería una vida apacible y mediocre donde no se haría complicaciones en los años venideros. G le irritaba a veces esa actitud tan complaciente por parte de él. Tampoco le gustaba la excesiva aficción a los juegos de estrategia que tanto le gustaba su amigo, a veces lo consideraba un transtornado. El tenía cuidado de no mostrar esa desagradable conducta. A veces le decía “siempre apuntas a algo, en tu guerra imaginaria”. En su defensa G decía que solo jugaba a los vídejuegos en tiempo real.
En ese momento había llegado Víctor, uno de los tíos de G, que regresaba al Perú desde Bélgica para pasar la navidad con ellos. Viajaba solo nunca supo los motivos de hacerlo en solitario, su familia se quedaba en Europa . Su tío, era una persona alta, de contextura terriblemente robusto, le hacía recordar al personaje de Pedro Picapiedra, lo único que le faltaba su troncomóvil. G Se sentía augusto por la venida de su pariente, amaba las visitas realizadas desde el extranjero. Le encantaba recibirlos como reyes. Propia de un ambiente diplomático. Pero sentía que algo faltaba algo en este engranaje llamado familia.
G nunca le gustó la navidad que se avecinaba, salvo por los regalos y la comida que compensaban esta tediosa fiesta. Más le vacilaba la llegada del año nuevo, tan pagana y verdadera que la falsa y cristiana que emanaba la celebración anterior. Pero justo el 8 de diciembre, un feriado en honor a una celebración extraña llamada “la inmaculada concepción”, en la cual la virgen Mario salió embarazada de manera divina o es que la embarazó el angel Gabriel, la opción más lógica.
Allí salió el bichito de la improvisación, bueno sin apresurarnos tanto. Ese día pensaba en visitar a una amiga llamada A, que hacía unos años se le declaró y rechazó sus propuestas sentimentales de manera cortez . Ahora de manera improvisada querría verla para poder invitarle para que fuera su pareja en la fiesta de promoción. Era una mañana gris pero no hacía tanto frío, mientras se dirigía a la casa de la chica, ese pequeño departamento de tres pisos, que quedaba a la vuelta de la esquina del colegio del que iba a egresar.
Aunque él no era amigo de las fiestas, su asistencia a “las parrandas reggaetoneras” de sus amigos se contaban con los dedos. Pero como esa celebración simbolizaba el fin de una época llamada colegio, se tenía que cerrar “con broche de oro”. G tenía la vana esperanza de poder persuadirla para que la acompañara en su despedida triunfal del escenario escolar. Quería impresionar a sus amigos de que tenía una chica a quien exhibe como un trofeo, ese era su loca idea.
Tocó el timbre, sus piernas se ponían nerviosas, el sudor le corría por la espalda y se frotaba las manos. Miraba a la ventana del tercer piso parecía que iba invocando a “los reyes del Olimpo” para que le dieran suerte. Quería que no apareciera una persona incómoda a malograrle su improvisado plan. Una mujer mayor de cabellos negros o castaños con una expresión indiferente, le habló con una amabilidad importada como si el muchacho fuera algún charlatán evangélico o vendedor de productos de dudosa calidad.
El chico le dijo que buscaba a C, necesitaba hablarle de un asunto muy importante. La señora al principio atendió su llamado y fue a buscarla. Las esperanzas salieron a flote, sus ilusiones de volver a ver a la chica de un año sin haberse visto, se estaba por hacerse realidad en unos minutos. Trataba de improvisar su discurso cuando viniera. Esperaba y nada. Empezó a sospechar de que la muchacha se encontraba en su domicilio y no quería verlo. “ algo malo se cocinaba n esas habitaciones” se incomodaba G.
Por fin llegó la respuesta...fue una cantinflada de principio a fin, sin mucha gracia. Supo que su plan fracasó sin pena ni gloria. Sin ningún objetivo de por medio decidió vagar sin rumbo, no deseaba volver a la casa temprano. Atravesó el parque Chavín, como aludía su nombre se encontraban muchas esculturas clavas y un monumento a Julio C Tello. Le gustaba pasear por ese lugar, sentir la brisa, los árboles y contemplar a los niños que jugaban con cometas. Le hacían recordar esas imágenes, una época que ya no regresaría. A medida que pasaba los años su futuro se veía más y más sombrío.
Le hacía recordar ese paisaje cuando veía el ocaso, a la película “Fantasía”, donde había una escena en que unos hipopótamos cansados de bailar y comer se dedican a tomar una siesta en medio de un precioso atardecer. Como quería estar en ese lugar imaginario, tal vez en la otra vida prometía aquello. Tras esas idílicas cavilaciones, recorrió otro parque más grande que el anterior, llamado “El Carmen”. Allí se encontra un árbol que fue plantado por el libertador San Martín allá en 1821, según la leyenda.
Contemplaba durante su recorrido como los chalest que adornaban las calles contiguas, sufrían una una metamorfosis arquitectónica siniestra, al convertirse en moles de cemento sin tono ni gracia, pintados de colores que n o combinaban. Esa transformación le apenaba mucho. G se dirigió al mercado (un edificio medio laberíntico) que estaba a unas pocas cuadras del parque Chavín. Era un sitio que sus abuelos y padres compraban cosas antes de la moda de los supermercados. Ya había estado en algunas ocasiones. El lugar era un universo lleno de colores, olores y televisores siempre encendido. G no le agradaba mucho el interior del recinto, por ejemplo al ver pollos colgados en un gancho, le hacía recordar con repugnancia el destino atroz de los conspiradores que intentaron matar a Hitler. Además los olores eran fuertes le daban nauseas y otros lo dejaban mareado.
Quería comprar alguna baratija con el dinero que tenía, su mente batallaba brutalmente con la duda a si debía comprar esto o aquello. Pasó a la tienda de juguetes, donde se encontraban desde figuras de acción de los ochenta a armas estilo Rambo. Le encantaba todo lo relacionado a la guerra, desde que era niño por ejem le fascinaban los soldaditos de plomo, que tenían las banderas de Paraguay y Bolivia que peleaban una guerra mundial. Por ese motivo se decidió comprar una pistola de juguete “made in China”. Era un juguete que llevaba un láser y tenía una mira. Parecía que “Terminator" las había usado alguna vez. G comtemplaba su nueva adquisición cono si hubiese hallado “el santo grial”. También le llamó la atención de que la vendiera sin ningún problema un niño de 10 u 11 años. Vio en el que le esperaba un futuro brillante en el mundo de los negocios,
Con su nuevo juguete se sentía muy feliz. Como soñaba hacerle esa broma pesada a su amigo y también a su profesora de geometría, además incluía balines de color anarajando, fáciles de perder. Hacía unos años se había comprado un arma de juguete menos estranbótica que el anterior. La tuvo unos meses...después se le mlogró y la botó a la basura. Empezó a jugar con ella, se sentía un nuño de nuevo, disparando con una felicidad enorme a los árboles para afinar su puntería. Para él “ las balas tenían más peso que lo votos”, al pensar sobre la importancia del objeto en sus manos.
Volvió al parque Chavín, donde la estatua de “Sharuko” y los lanzones prehispánicos eran unos excelentes blancos para probar tiro. Para hacer su broma pesada para mañana, tenía que probar su puntería, si estaba apto. La adrenalina de disparar, era como la fuerza de una bomba atómica. Pero quería que el balín sonara cuando daba al blanco, aquello lo decepcionaba mucho. Buscar esas pequeñísimas piezas, era estúpido...pero entendía que sin ellas no podía jugar.
Se dio cuenta de que estas armas no servían para el combate de larga distancia. Al final G concluyó que una corta distancia era adecuada para usarlas. La lucecita roja de la pistola tampoco le servía de gran ayuda, ya que delataba su posición. Analizaba las ventajas y desventajas, como si estuviera dando clases de anatomía. Mientras seguía en sus cavilaciones oyó el sonido de un patrullero, eso lo dejó pasmado. El vehículo se acercó a él e incluso cruzó las veredas. G tuvo horribles escalofríos, él era una persona respetuosa de la ley y procuraba evitarse problemas de cualquier índole a diferencia de sus compañeros.
Sin querer, una de sus pesadillas se hacía realidad, por una travesura. Solo faltaba que su odiosa maestra de geometría se bajara del patrullero y lo arrestara por alguna de sus fechorías, se bajaron un par de policías, uno de edad madura y el otro un joven casi de su edad, parecía un niño. G le temblaban bien feo las piernas. No sabía como iban a reaccionar los policías, sin demasiados tapujos les entregó el arma a los agentes. Además dio sus pocas pertenencias para mostrarles que no tenía otro tipo de arma: consistía en una llave, algo de dinero y nada más. Se sentía como esos ilegales mexicanos o centroamericanos que eran atrapados por la “migra” de EEUU, cuando lo veía en los noticieros.
Después vino otro patrullero, parecía una camioneta. Se bajó “otro tombo” que vestía un traje tipo militar verde oscuro y una boina roja. Era un tío de contextura gruesa y se veía imponente con ese uniforme que le hacía recordar “al brutal comando Flippy”. Hubo una breve discusión discusión entre ambos oficiales por la posesión del detenido. G se cagaba de miedo no quería terminar en las manos equivocadas.
Quiso zafarse del problema que se había metido, contándoles el motivo por la cual compró el arma. Diciéndoles que era para una broma...parecía que su historia los había convencido a los oficiales. Peroo no le impidió ser invitado de forma amable al patrullero. Era como subirse a “una jaula rodante”, se sentó en la parte de atrás. El joven policía mostraba una actitud jocosa con el arma incautada al relacionarlo con “ Terminator”, de X saga, cuando hablaba con su jefe. Esta travesía corta a su casa se asemejaba a los desfiles triunfales romanos en que los líderes enemigos eran paseados encadenados para ser humillados. Aquello era una metáfora moderna de la vergüenza. Se sentía Vergincetorix, siendo paseado en las calles de Roma.
No les mintió en ningún motivo, les dijo su dirección de su casa. De que carajo servía mentir en este momento aciago como este. Tenía unas ganas de de que “se lo tragara la tierra” o despertar de esta pesadilla. Bueno no daría sus huesos en algún siniestro penal, pero seria humillado de la peor manera por su familia. (sobretodo por su conservadora madre que lo regañaba por cualquier tontería). La imagen de chico bueno quedaría hecho añicos por una idiotez. Lo único que podía hacer era aminorar su caída, pidiéndoles ser misericordiosos y ya no complicar el escenario. Deseaba que no le avisaran a su “viejo”, sino este asunto se jodería más. Tenía la vana esperanza de que los “tombos” le pidieran “una gaseosita” y así librarse del enrollo.
Cuando el patrullero llegó a su casa...su piel se erizó. Era como ser llevado “al tribunal de la inquisición” donde no saldría vivo. La presencia del carro generaría preguntas de propios y extraños en el vecindario. Tenía que enfrentarse con lo inevitable, tomó su llave y abrió la puerta de su casa, huyendo de “una presencia maligna”. Cuando llegó a la habitación de su madre le dio un terror extremo. Al verla llamando por teléfono o viendo telenovelas. ¡ Dios mio no quería malograrle ese agradable momento ! Para él era como un pecado mortal. Además el patrullero, le conminaba que le dijera la verdad. Tuvo que respirar profundamente, se sentía un suicida a punto de volarse en pedazos.
Al entrar en su habitación, tuvo que quitarle la sonrisa al contarle de manera pausado y minimizando su culpa. Su progenitora reaccionó de manera grotesca al principio pero recuperó la calma y fue a cambiarse. G bajó a la calle donde se encontró con los oficiales, diciéndoles que su madre bajaría en unos instantes. La presencia curiosa de su abuela, empeoró más el escenario. Ella tenía un buen concepto de su nieto, su estima se reforzaba con su reciente ingreso a la universidad. Siempre se jactó de que sus nietos fueran profesionales. Su relación se pondría a prueba con la intervención policial, solo esperaba que su tío no se entérese del asunto.
Detestaba dar explicaciones acerca de asuntos desagradables, siempre los hablaba de manera confusa, trabándose y con un tono apresurado. Le gustaba terminarlos lo más inmediato posible, también aprovechó ese momento para mostrarles sus documentos de identidad. La presencia de su tío cuando se entero de que su sobrino fuera indicado como “un delincuente juvenil” por la policía. Eso debió causarle una gran desazón se notaba en su rostro, cuando oía las palabras del oficial más experimentado. El hablaba acerca del incidente de manera calma y sencilla. Tenía la intuición de que había tratado con jóvenes que se metían en líos.
Tenía la suerte de que aún lo trataran como un menor de edad. A pesar de que ya era un adulto un año después. También hizo algunas preguntas a su mamá: acerca si ¿era normal?. Tras terminar el locuaz interrogatorio, dio un breve discurso acerca de que los jóvenes no deben meterse en líos ni tampoco portar armas como los raperos que salen en las películas. “los tombos” se retiraron en su patrullero...pero eso era la mitad del suplicio que estaba viviendo.
Al entrar en la sala, donde se veían grandes ventanas, algunos cuadros paisajísticos, un jardín trasero y una que otra foto familiar. Se encontraba amueblada con sofás recién adquiridos, pero detrás de su bonita apariencia se hallaba dentro de una sala de interrogación del tribunal del Santo Oficio. Tanto su madre como su abuela se convirtieron en la versiones femeninas de Torquemada. Su tío parecía ser un miembro del jurado. G sentía como una fuerza maligna y sobrenatural tapaba su voz para que no pudiera defenderse. Pero la maldición no tuvo efectos y comenzó a hablar en su defensa, lo contaba apasionadamente de como se metió en el problema de manera inocente, como “el chavo del 8”. sus familiares solo le interrumpían para que les precisaran algunos detalles o que diera un pausa en su relato. Su mamá, empezó sin acusarlo de ir por los caminos desviados o que se hubiera juntado con malas personas. Más que consejos les parecían reproches,en cierto modo odiaba que le dieran recomendaciones.
Pero lo que le dio miedo, fue que sería la última vez que lo protegerían “del largo brazo de la ley”. También resaltó de la terrible inseguridad...incluso le contó que un tío político suyo fue asesinado en terribles circunstancias por tíos vestidos como policías. Escucharlo le aterró mucho, se quedó reflexionando o trató de hacerlo. Le rogó a su madre de que no le contara del incidente a su padre. Por lo menos tuviera un poco de piedad por su descarriado hijo. Ella seguiría en su obstinación honesta de no ahorrarle sufrimiento, aquello era crueldad absoluta.
Suspiró y subió al cuarto piso. Se encerró en su biblioteca, leyendo sus libros o haciendo el intento. Daba vueltas en círculo como un tigre en enjaulado o se “pajeaba” al estilo de un orangután que no tiene nada que hacer en la jungla. Pasó una hora, cuando fue llamado a comer. Aquello electrizó todo su cuerpo, esperaba no encontrarse con su padre. Le encantaba comer solo viendo su programa favorito , le incomodaba hacerlo acompañado...sobretodo ahora en este momento tan terrible.
Bajó por las escaleras lentamente, como si bajara a enfrentarse al Minotauro. Oyó la voz de su papá, lo que no quería escuchar en este momento. Al entrar hizo un gesto disimulado , manteniéndose en silencio, caminó con solemnidad a la mesa. Tenía la intuición de que sabia el hecho y le daría una sorpresa desagradable. Se sentó y lo saludó con una amabilidad demasiado formal, como si se tratara de una visita importante. Ambos se estrecharon la mano y le dijo la terrible frase “ has tenido líos con la policía”, eso lo dejó “helado” como un cadáver ”Quería que se lo tragara la tierra” como si no fuera suficiente tanta humillación por esta falta de compasión. “solamente he tenido un incidente con los tombos y me tratan peor que la peste bubónica” pensaba, mientras rechinaba sus dientes.
Quería escaparse del comedor, huir de esta sala de tortura mental. Se defendía como podía, le daba razón a su padre y asumía su responsabilidad. Siempre quería quedar bien con los demás por más estúpida fuera la situación. Esperaba que sus padres no fueran tan severos con él. Le encantaba negociar algo que pudiera beneficiar. Tras terminar de almorzar se encerró en su cuarto. La rabia lo carcomía por haber provocado el incidente y que sus padres fueran tan severos por su primer encontronazo con la ley. 17 años de vida intachable se hicieron añicos como un “castillo de naipes”. Deseaba refugiarse en su habitación y no salir de allí para siempre.
G empezó a escuchar la radio para olvidar la vergonzosa situación que vivía. Se sentía un recluso en “esta jaula de oro” sentenciado por sus padres. Escuchaba la música en inglés sin entenderla para nada, matando el tiempo y así olvidarse del suceso. Como si nada hubiera pasado. Pasaron los días, parecían eternos mientras G trataba de rehabilitarse de este infortunado episodio. Empezó a tener pesadillas horribles de los policías que lo arrestaban una y otra vez por cualquier estupidez .
Aquello lo aterraba y a veces despertaba sobresaltado de su cama, pero los pesadillas se empezaron a disipar a medida que trascurrían las noches. Sus fantasías volvieron a la normalidad, su gusto por los vídeo juegos y películas violentas tuvo que ocultarlos como si hubiera contraído la lepra. Lo amargaba y avergonzaba al mismo tiempo. . Ahora debía pasar la página, justo en ese momento se preparaba para la fiesta de promoción.
Seguía como al principio, descartó que una de sus primas fuera su pareja, además ya no le interesaba ese asunto tras el fracaso de su cita improvisada. La celebración se realizó el 20 de diciembre, no fue como lo esperaba. No pudo bailar con alguna de las chicas presentes ni gastar en alcohol, el dinero era hostil con su reciente despilfarro. Pudo fumar algunos cigarrillos para olvidarse de su tremenda frustración. La musíca era una cacofonía, lo irritaba aún más. Se sentía prisionero de un escenario absurdo. Daba vueltas, trataba de conversar con sus compañeros infructuosamente y trataba de engalanar a las chicas inútilmente.
Sintiendo como el fracaso se burlaba de él y le arrebataba su triunfo en esta fiesta que despedía una época que nunca volvería. Se retiró sin despedirse de nadie, caminó por la desierta avenida Bolívar como un sonánbulo. Llegó al parque arcoiris, el sitio estaba bien iluminado de luces color naranja. Se veía un extraño monumento rojo en el centro del parque. No se encontraba “algún alma” en ese lugar. Se sentó en una banca y empezó a meditar, haciendo un balance del camino recorrido en todos estos años. Tenía un aire triunfal al evocar esos pensamientos acerca del porvenir , mañana sería otro día.



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