Ya había estado dos años en el colegio, cuando me enamoré por primera
vez así decirlo. Antes no tenía algún papel resaltante en la escuela aparte de
de aprobar cursos, sobretodo los jodidas materias de matemáticas, inglés y
biología. En este tiempo, ya no tenía que angustiarme por mis notas como ese
personaje de Mafalda, Felipe. Además no era un chico de poco salir, los
estudios me enclaustraron…Bueno no tanto. Con la mayoría de mis compañeros, no
tenía nada en común. Aparte de los cursos y renegar de los profesores. Tener
tamaña cultura comenzó ese aislamiento que va durar toda mi vida. Una cosa que
detestaba de ellos, era la porquería de música que le llamaban Reggaetón, ese
odio lo lleve adentro para no quedarme completamente solo. Por eso considero
que mi adolescencia fue agridulce con otros periodos de mi vida porque hubo
frustración, temor y una moral cerrada.
Tampoco les interesaba un rábano investigar, leer o saber lo que
ocurría alrededor. O enterarse porque el metro de Madrid fue dinamitado y las
consecuencias para la historia por ejemplo.
Vivían encerrados en una “burbuja”. A mi me encolerizaba esta apatía
intelectual por no poder cambiar las cosas o combatir la injusticia que
escuchamos por los medios. Había unas cuantas personas rescatables en esta
maraña de adolescentes que salían tan analfabetos como entraron a la escuela.
Trataba de mostrarme tolerante con sus fallas y mostrar una teatral amabilidad.
En el fondo eran buenas personas que disfrutaban de su poco interés
intelectual. A veces me gustaba seguir un poco esa simpleza que los estudios me
alejaban cada vez de la gente que estimaba y me volvían una persona sombría.
El colegio donde estudiaba, un enorme cubo de cemento que tenía cuatro
pisos y un patio interior. Coronada por un asta de bandera blanco. No había
muchos lugares donde recorrer en los recreos como en el liceo naval, donde
estudié primaria que tenía patios gigantes. Me hacía sentir como “un tigre
enjaulado”, que solo da círculos en el mismo lugar. Sin ninguna cosa que
hacer...salvo comer chatarra en la cafetería, participar de vez en cuando en
los extraños juegos de mis compañeros o leer en la biblioteca. Ir a este espacio
era como entrar a un templo sagrado y estar en paz con mi conciencia. La
lectura me mantenía la idea de que la vida todavía tenía sentido por ahora. Cuando
me aburría de mi rutina, me iba a conversar con alguien. Los diálogos que
mantenía con la gente eran rápidos y lleno de perogrulladas. Hablaba más con
los profesores que tenía más cosas en común. Aunque a veces tenía que soportar
la parquedad de una y otra persona, me daba a veces ganas de gritarle de que me
hablara aunque sea de alguna estupidez o lo que sea. Un buen día de Octubre,
cuando la mañana se manifestaba soleada, me encontré con una persona que
cambiaría mi vida. Marcaría un antes y un después. Durante dos años, no tuve o
siquiera intentar hablar con una chica de manera íntima.
Se llamaba Corina Schulls. Su apellido teutón sugería que era una “Valkiria”,
protagonista de las óperas de Wagner, admiradas por mí. La adolescente era tan
peruana como “el rocoto relleno”. Lo único de alemana que tenía era su
apellido. Su abuelo ya fallecido era alemán, hijo de un cónsul. No vivió el
horror de la guerra. Me lo imaginaba luchando a su abuelo en las calles
derruidas de Berlín, destruyendo tanques rusos con su panzerfaust, como en la
película “La Caída” que la vi unos meses después de nuestro primer encuentro y
me impacto por su inmensa brutalidad y locura megalómana por parte de un tirano
que veía como su fantasioso imperio wagneriano era devastado por las hordas del
este. En se filme a veces parecía que se me acercaba su celebre ancestro de la
chica, mientras era condecorado por luchar por una causa perdida. Ver este tipo
de cine donde se podía contemplar la brutalidad que conlleva jugar a ser dios
me daba un aura de superioridad moral ante mis amigos que solo veían
“chiquilladas taquilleras”. Deberían ver estos filmes para concientizarse y ser
mejores personas.
Era una chica de cabellos negros como
“la selva negra de Baviera”. Era de piel oliva, tenía una sonrisa fresca,
siempre mantenía recogido su pelo. Aunque de vez en cuando mostraba su frondosa
cabellera. Vestía el uniforme de manera impecable. Su carácter era serio, no
era como las demás chicas: que hacían “chongo”, vestirse de manera estrafalaria
e imitar a sus estrellas que aparecían en las telenovelas o una que otro
programa de TV olvidable. Corina se mantenía al margen de ese mundo tan caótico.
La veía siempre en las premiaciones, concursos de cualquier índole. Era una
alumna aplicada del Jorge Polar...a pesar de su carácter aislado. Su conducta
era demasiado correcta...en si asfixiante. Eso si era raro, lo cual aumentaba
mi interés por ella. Tenían dos hermanos Katherine y Kurt. Su hermana mayor
había terminado la secundaria hacía dos años. Cuando ella culminaba yo
comenzaba mi educación media. Con el otro me llevaba bien, a diferencia de
Corina, él era más extrovertido. No tenía el nivel académico de sus hermanas,
no era centro de sus preocupaciones. Además disfrutaba de su compañía y el de
los demás. Ambos apenas se intercambiaban palabra, bueno no en público.
La saludé cortésmente y me presenté. Observé en su mirada que le
gustaba mi manera formal de saludo. Fue una entrevista más o menos halagüeña.
Un intercambio de cosas comunes como nuestro interés por alguno de los cursos
relacionado con ciencias sociales o dando nuestros datos personales de manera sucinta.
Parecía que la había sacado de su aislamiento. Solo la vi conversar con dos o
tres amigas que eran “chanconas”, pero no tan introvertidas como ella. Creo que
era la única compañía que tendría en toda la secundaria. Desde ese momento,
hubo una química entre nosotros. Aunque tuve sospechas de que coqueteaba con
otros chancones como Eleazar Muñoz, el arquero de nuestro equipo rival al que
todos lo apodábamos “Neutrón” aparte de tener una cabeza gigante también por
ser una pared cuando atacaban su cancha. También la vi junto con otro llamado
Kenya, un chico robusto de origen nipón que era uno de los mejores de su clase.
O eso era lo que creía. Poco tiempo después de esta conversación volvía a mi
rutina. Algunos compañeros me molestaban por el asunto, sobretodo un chico
menudo y rubio que se apellidaba Schaus. Yo respondía de manera tímida, torpe e
improvisada. Aquello me provocaba escozor porque no estaba preparado.
De manera rara me olvidé de ella, seguí con mis estudios. No nos despedimos
cuando terminó el año académico. Creo que debí pedirle más datos, saber más
sobre ella y conocerla profundamente. Fue el primero de los errores que
cometería en el porvenir. Diciembre pasó volando, bueno lo más destacado de ese
momento era la celebración de las bodas de oro de mis abuelos maternos en un
gran hotel cerca del Country Club. Recuerdo aparte de la aburrida misa solemne en
la iglesia “San Juan Apóstol” cerca de de mi casa por el aniversario, también
comí como un “dios” un rica culinaria oriental. Vinieron mis tíos del extranjero;
su presencia de ellos me daba fuerzas y alegría. Me gustaba intercambiar
experiencias y buenas nuevas de Bélgica. Hacía una década que vivía en el Perú
y extrañaba Europa. Mis familiares eran mi fuente de noticias, más abundante
que todas las cadenas de informaciones del mundo. Justo conocí a mi flamante
tía llamada Madeleine, que era muy buena onda. En mis pensamientos no se me
cruzó el nombre de Corina, era como si la celebración la hubiese borrado de mi
mapa mental.
En verano me inscribí en un curso para mejorar mis niveles de inglés
en mi colegio. Para mi era una cuestión de práctica. En esas clases
improvisadas, me encontré con un viejo compañero llamado Walter: un chico flaco
digamos demasiado, moreno y de gran agilidad atlética. Su vulgaridad y poco
interés en la clase me causaban molestia. Era un chico que siempre estuvo en
“cuerda floja” en la parte académica y sobrevivió dos años prácticamente. Empecé
a extrañar a Corina, a Carlos y a Ana Lupe mis mejores amigos. Pero extrañaba
más a la primera. Quería hablar desesperadamente con ella aunque sea de una
tontería, pero hablar a fin de cuentas. Lo acompañaba un buscapleitos llamado
Lurita que me daba miedo y asco su procacidad. Jamás se destaco en los estudios
y en conducta ni hablar. Una vez un amigo me contó que blanqueó una mesa con
todos los liquidpapers que robó. El despilfarro es un delito terrible, un
atentado mismo contra el sentido común.
El panorama político tampoco era agradable, se acercaban las elecciones.
La oferta electoral no era muy buena que digamos. Reemplazar a un presidente
frívolo, dilapidador y borracho por otro que no “daba buena espina “, me daba
rabia por no poder hacer nada aunque fuera una acción heroica pero inútil como los
combatientes de Arica que lucharon contra un enemigo superior. Eso si era
jodido. Mi amor y nostalgia por ella aumentaban cada vez más. Ella era un
calmante psicológico entre tanta adversidad y frustración por el lúgubre
panorama político. Hubiera podido visitarla en el verano, pero no lo hice. Su
casa quedaba a unas cuadras de la escuela junto a un parque llamado Chavín.
Esos datos lo supe más tarde. Creo que ese era mi peor error, no visitarla en
vacaciones. Cuando tenía más tiempo. Pero no conocía a sus padres y sabía como
reaccionarían.
Marzo, mes de ilusiones y caras nuevas. Me encontré con ella, nos
saludamos de manera tímida. Era un día caluroso como si nuestra relación
tuviera buenos augurios. Yo cursaba tercero de media, ella en cuarto. Para mi
eran diferencias baladís. El optimismo crecía como las encuestas favorables a
uno u otro candidato. No conversé mucho con ella, mis recuerdos son poco
claros. Quiero desentrañar esa maraña de datos, pero mi mente está obstruida
ante tanta cantidad de datos. Todo se me bloquea. En el mes de abril, mis
encuentros con ella se incrementaron.
Hablábamos de los mismos temas: nos jactábamos de nuestras buenas notas,
los cursos que más nos gustaban o cuales eran los que más probabilidades
teníamos de aprobar. Esas conversaciones estaban llenas de vida. A pesar de las
elecciones...no tocamos el tema político, ni le pregunté por quien votarían sus
progenitores. Parecía que la política era un tema demasiado susceptible para
una señorita tan delicada como ella, no soportaría la vulgaridad que eso
conlleva.
Fue otra oportunidad desaprovechada por mi falta de tino. No averigüé
su teléfono ni su correo electrónico. Aunque hubiera sido mala educación ante
tanta confianza y eso no era bueno. No lo calificaría de error, todo tiene su
momento. El mes de mayo fue glorioso, pudimos hablar de cosas menos académicas
y más íntimas. Era un avance de nuestra relación. Una vez le pregunté por la
talla de su zapato. Parecía una pregunta tonta pero tal vez la hubiera
convertido en una magnífica jugada de ajedrez. Tal vez unas botitas o zapatos
de esa talla. ¿Pero le gustará que haga esa pregunta? ¿Funcionaría esa relación
o me contestaría con su amable timidez? Su sencillez la hacia bella en todos
los aspectos que le daba un aura de superioridad ante los simples mortales. También
por ser de poco hablar le daba candidez a su carácter.
Su forma de vestir y de comportamiento tan puritanos tan decentes, me
irritaban a veces. Tenía muchas ganas de que hiciera una travesura o algún
pequeño desliz...aunque sea una sola vez en su vida. Parecía que el destino la
vacunó con una “buena dosis del manual de Carreño”. A veces me hacia recordar a
la esposa de Ned Flandes del programa “The Simpson” que se destacaba por su
odiosa moralidad que ni el mas religioso
de Springfield toleraba como el reverendo Alegría. Empecé a apodarla
secretamente “la beata” porque daba la impresión de que estaba predestinada a
“vestir santos” y llevar una vida tan virtuosa que la llevaría a ser canonizada
como Santa Rosa de Lima. Yo me veía a veces como el caballero que la sacaría de
ese encierro en esa torre controlada por la bruja “virtud” y viviríamos la vida
al máximo.
Quería con ansiedad que nuestra
conversación fuera más intimista: hablar de sus hobbies, que tipo de música
escuchaba. Supe por algunas personas por puro ido que le gustaba oír a un grupo
argentino de pop que salía hacía tiempo en la TV llamado “ERREWAY”. Aquello me
sorprendió un poco, no esperaba que una chica chancona y de carácter tranquilo
le gustara la música pop, por lo menos no tenia ese interés malsano por el
reggaetón que adoraban sus otras colegas que mas les interesaba estar en
fiestas. La gente tiene sorpresas guardadas. Jamás llegué adivinar sus
pensamientos ni siquiera lo intenté. Creo que fue un error garrafal. Debí ser
más audaz o seguir apaciguando mis ímpetus. Buscar otros amigos, hablar con los
profesores, reforzar mis amistades o dedicarme al campo de la investigación
para no distraerme en el campo de Venus o leer las noticias de lo que sucedía
en aquellos lugares lejanos donde la gente común y silvestre no puede ubicar en
los mapas ni deletrearlos como Iraq, Afganistán o Líbano. Conseguía información
de ella de terceras personas pero era el mismo rollo. El misterio de las
facetas de su vida me fascinaba ya que le daba cierta magia que la apartaba de
lo común, lo vulgar y lo cotidiano. Por eso también la veneraba como una figura
inmaculada, superior, sublime y universal.
Mis compañeros que eran un poco más brutos que yo, tenían enamoradas y
al toque. Eso me sorprendía y daba envidia. Antes no les prestaba importancia,
lo consideraba estúpido ya que era chabacano y teatral. No existía una realidad
emocional debido a la inmadurez que estos presentaban en un momento tan serio. Sus
historias amorosas eran para reír y llorar según las circunstancias que venían
al caso. Debí mantener en secreto lo que sentía por ella, pero en este cubo de
cemento era imposible guardar un secreto de tamaña naturaleza. Soy pésimo para
mantener un secreto y llevármelo a la tumba aunque sea “una mentira blanca”.
Extrañaba a veces mi antiguo colegio, con sus patios enormes, donde uno podía
refugiarse de las miradas indiscretas.
Si lograba que ella se convirtiera en mi chica quizás mi posición en
la escuela mejoraría y ya no sería reconocido por ese alumno obsesionado por
sus notas. Sino estar con una de las “chavas” más chancones del Jorge Polar, de
belleza moderada pero resaltable. Ya no parecía amarla por un sentimiento como
el amor, sino por un tener un elevado estatus. No tenía ninguna experiencia en
esta materia, no le había pedido algún asesoramiento a alguien, tampoco pedí
consejos ni siquiera a mis mejores amigos, bueno ellos no tenían enamoradas o
algo por el estilo. En ese momento los sentimientos eran los conductores de mi
vida. Pero el que mas resaltaba era mi egoísmo por tener ese estatus especial
si Corina aceptaba estar conmigo.
A finales del mes de mayo, en los talleres de cocina, le pedí consejos
a la persona equivocada. Se llamaba Estefanía Scheffino, una chica pelirroja,
flaca como Oliva Olivo (la novia de Popeye) y ojos claros. Su nombre me hacía
recordar a una princesa de Mónaco famosa por su díscola vida personal. Me caía
bien, así que le pedí consejos. Me dijo que debía declararme frente a ella, seguir
sus propuestas fue un monumental yerro. No hacer
un trabajo de campo en esa materia...ni pensé acerca de un hipotético fracaso. ¡Como
he podido ser tonto! Un chico que declaraba partidario de la ciencia y la
planificación absoluta. Las mujeres son el punto débil de los hombres por igual
sean pobres o rico, tarados subnormales o eminencias eruditas. Si cuando
tenía un examen me preparaba como para asaltar las playas de Normandía. Vivía
pendiente de los resultados, si la había hecho bien o no. Pero en esta prueba
sentimental, me comportaba como un grandísimo patán, una conducta que
desaprobaba. Tomé esa infausta decisión sin medir las consecuencias “jugando
todo o nada”. Los buenos estrategas no hacen jugadas riesgosamente
innecesarias.
Fue el viernes 2 de junio, lo recuerdo como si fuera ayer, de una
manera que yo mismo ni me explico. Declararme de manera improvisada por primera
vez, fue uno de las estupideces más grande que cometí en mi vida. Tal vez creí
que la providencia me favorecería con un golpe de suerte o algo por el estilo.
Justo ese día me tocaba clases de inglés. Corina estaba en los niveles altos de
la enseñanza del idioma anglosajón, era como si le hubieran ordenado una
poderosa fuerza cósmica ocupar ese escalafón. Le tenía mucha envidia por esto,
como deseaba estar cerca de ella. Jamás me gustó ese curso...me tocaban la
gente más detestable y despreciable de la secundaria. Me sentía condenado a
vivir encerrado en ese pozo sin salida.
Pensaba en ella, mi corazón palpitaba de emoción. No le prestaba
atención a las clases, yo luchaba por un fin supremo. Además no me caía bien la
profesora, era antipática y era la antítesis de ese momento de mi “razón de mi
vida”. Para colmo me dejaba muy mal parado en su clase. Aunque a veces me caía
bien si estaba de buen humor y terminábamos hablando de literatura inglesa o
nórdica. Pero sus bemoles eran superiores a ella. Veía con ansiedad los
minutos, la paciencia jamás fue mi virtud. Me desesperaba más que nunca en la
clase. Me animé a declararme, era como dispararle a un tigre en plena
oscuridad.
Apenas terminó la clase de inglés, por si aburrida, empecé a buscarle.
No tardé mucho en hallarla, se encontraba hablando con el profesor de historia.
Eso fue otro error estúpido ya que no debí interrumpirlos en ese
momento...bueno con lo chancona que era. Le pedí que quisiera hablar en privado
con ella, craso error amigo. Creía que algo andaba mal, me preguntó con calma y
un poco de soltura. Sin muchos tapujos le dije “que me gustaba”, sin tanta
ceremonia. Malogré el efecto sorpresa. Corina calmadamente y sin reaccionar mal
me contestó tranquilamente con la misma calma que la precedía me dijo “solo
amigos”. Esa pequeña frase se quedo pegado a mi mente como un chicle que ponen
los chicos en sus carpetas, siendo difíciles de sacar. Más que el resultado
sentí que marqué un hito en mi vida, un antes y un después.
La chica se retiró a su salón a seguir hablando con el profesor o
alguna amiga ¿que pensaba? ¿Tal vez se lo contaría a sus compañeras? Bueno no
sé, era una persona muy reservada. Tras las negativas...deambulé por los
pasillos. Parecía un zombi. Me encontré con una amiga flaca que tenia fama de
rebelde anarquista y le conté sobre mi primer y fallido intento de declararme a
una chica. Ella más bien se encontraba feliz de escuchar mi patético relato y
hasta lo tomo con gracia. Era como si celebraran en EEUU con fuegos
artificiales su retirada ominosa de Saigón. Pero decirle a Corina fue como
quitarme una pesada armadura.
A la mañana siguiente le conté a mi
madre sobre mi aventura. Me sonrió y habló de su maravillosa adolescencia
setentera, que me fascinaba. Mencionó de los conqueteos inocentes de su época,
Corina a su lado era una chica circunspecta. Sus anécdotas eran hilarantes y
deleitables. Con esas historias comprendí poco a poco que el amor es una
falacia. Esta etapa de mi vida es un campo de Venus tan inestable como la
gelatina. Fracasar en un amor ingenuo de chiquillos es preferible a un
matrimonio adulto infeliz. Fue en medio
de esa reflexión de como aprendí a la mala acerca del amor idealizado y sus
consecuencias.
Con el transcurrir de los días, retomé mis conversaciones con ella.
Tenían un tinte surrealista, no hablamos del incidente ni lo mencionamos. Todo
era absurdo, como si sobrevivir a un accidente aéreo y no tener ningún recuerdo
traumático. Estando feliz como si nada. Al principio estuvieron alturadas pero
después insistí en hablar más de cosas personales. Quería estar junto a
ella...aunque no fuéramos enamorados. Empecé a sentir celos anteriormente lo
habría criticado veladamente, lo consideraba propio de gente insegura o paranoica.
Al final me convertí en lo que tanto critiqué.
Sentía celos cuando se juntaba con Kenya al parecer tenían mayor
cercanía o confianza. Eran blancos de mis sutiles sospechas, pero mi olfato
detectivesco me llevaba a ninguna parte. Esto se hizo más patente cuando en la
exposición de ciencias, hacían trabajo en grupo, cuando busqué indicios de que
andaban juntos. Otra de mis tonterías en nombre del amor. El sentimiento ha
estupidizado a la humanidad.
A finales de julio llegaron mis ansiadas vacaciones. Fui con mis
padres, hermano y abuelo que en paz descanse a Tarapoto vía aérea fue un gran
calmante emocional que me hacían olvidar de Corina por un tiempo. En ese viaje,
me olvidé de mi vida capitolina y los vaivenes políticos en medio de la
transición gubernamental que todos nos tenía en ascuas. Disfruté plenamente de
mi vida. Remé junto con mi padre en una canoa en la laguna azul, rodeada de
vegetación y sonidos selváticos. Dicen las leyendas de que este sitio es hembra
y solo se ahogan hombres. Además me han contado que hay sirenas. Aquel relato
me asustaba cuando recorríamos el lugar. Me llenó de una nueva energía espiritual.
También conocí en mi recorrido a los Lamas, un pueblo quechua hablante, que es
descendiente de los chankas originario de Apurímac. Aquello enriqueció mi
visión sobre esta bella patria.
Tras regresar de mi viaje, pude ver el cambio de mando. Allí estaba
ese señor orondo y grande que hacía 21 años exacto había asumido la presidencia
y al final tiró al país por el balcón. Con estas lúgubres reflexiones acerca de
la podrida política que jode el Perú, más me refugiaba en la espiritualidad
santa de Corina. Era una isla de pudor en medio de un océano de inmoralidad que inundaba nuestra podrida
sociedad. No quería concebir en mi mente que él era presidente de la nación. Durante
muchos años consideraba que nunca volvería a gobernar este jodido país pero en
este jodido país ocurren situaciones súper jodidas que escapan a toda lógica, Como
si sus triquiñuelas, demogogía, descalabros y demás cojudeces suyas no fueran suficientes.
Nunca aprenderemos la lección.
Otra vez volví al colegio y retorné el vicio por Corina. Quería
conversar cualquier cosa, la molestaba con coqueteos y preguntas impertinentes.
Espantoso yerro como estrategia para reconquistarla, ¡dios mío este relato es
una suma de grandes estupideces que se repiten una y otra! Quería
constantemente mostrarle mis logros...pero ella no se convencía. Me la
encontraba a veces en la cafetería: era un cuarto pequeño, que tenía una puerta
enrejada. Solo cabían tres mesas, el sitio frecuentemente se sobrepoblaba con
comensales ansiosos que esperaban una larga cola que nunca iba a terminar como
en los 80. En ese bullicioso ambiente, le contaba sobre mi gran viaje que hice
a Tarapoto. Ella se mantuvo interesada en mi relato de aventuras o eso me hacía
creer. Corina no era de mucho viajar según algunas intuiciones mías dado su
carácter. Durante dos meses nuestra relación tuvo un matiz surrealista.
En septiembre ocurrió una terrible, marcada por una premonición. El
alumnado presenciaba el concurso de matemáticas, la competencia me aburría
hasta los tuétanos, tenía que apoyar a mi salón. Todas las pruebas se desarrollaban
en varios pizarrones acrílicos. Mientras se desarrollaba el tedioso duelo...vi
que en la antena del colegio se posaba un gallinazo. Siempre se les ha achacado
ser aves de malagueños, pero sin ninguna connotación fúnebre. Después de las
clases, en la noche. Mi madre invitó a unas amigas. Fue una velada magnífica,
donde se sirvió vino. Yo disfruté de la conversación...mientras más bebía mi
lengua fabricaba cosas maravillosas. Al terminar la velada me fui a dormir con
una gran felicidad en el pecho.
A la mañana siguiente, fui a la escuela. Era una mañana gris, como las
que hay en esta fea ciudad. Apenas llegue al aula cuando vino Michael, una
chica de cabellos negros y que le decíamos “Pocohontas”. Bueno creo uno le
ponía el apodo. Llegó con una expresión apesadumbrada, cosa que era antítesis de su carácter alegre
e ingenuo. Anunció que nuestra amiga Fanny falleció, el cáncer la asesinó
vilmente. Aquella noticia me entristeció y salí al patio a deambular
como un zombi, asimilando la pérdida. Me encontré con Corina, le di la
mala noticia ella lo tomo con calma. Me sorprendió un poco su reacción, ya que
iban juntas en las clases de inglés tenían un nivel sofisticado. Me dijo que ya
le habían contado de la tragedia. La conversación murió en ese momento. Me
sentía derrotado por el silencio que ella emanaba, siendo una persona muy
conversadora hasta los tuétanos aquello me inquietaba hasta la incomodidad.
Mis profesores que le tenía un alta estima a esa niña, menuda, de
cabellos negros y magnánima ternura. La conocían desde que comenzamos la
secundaria, tras regresar de su estadía en gringolandia tratando de curarse de
esa maldita enfermedad. Fue una alumna aplicada...sobretodo en ingles´. Todos
la querían. Una vez fue a mi cumpleaños, por primera y única vez. Hasta
recuerdo que vestía un lindo traje azul. Su fe cristiana era admirable, a pesar
de que no profeso religión alguna. Puede decir que ella se fue en paz de este
mundo cruel que le toco vivir. Una parte de nosotros falleció espiritualmente
con ella. Cuando su mal se agravó, fuimos a visitarla en su casa primero y
luego en el hospital Stella Maris, donde nunca saldría. Todos la entreteníamos,
incluso canté ese rap electoral “Este es el APRA” causando risa a todo el
mundo, sobretodo a su hermana mayor. Verla en ese estado me desgarraba
profundamente. Recordaba así los últimos días que ella pasó en la tierra con nosotros.
A veces le mandaba cartas y su hermana las leía en voz alta para Fanny
La muerte de Fanny me hizo olvidar a
Corina, se repetía la historia una y otra vez. No pude ir a su entierro, pero
si asistir a su velorio a la mañana siguiente de su deceso junto con mi madre.
El velatorio se llevaba en una iglesia evangélica ubicada en la Avenida
Benavides. Entramos al sitio en una mañana fría y el ambiente era muy
conmovedor. Contemple el féretro blanco donde se hallaban un montón de fotos con sus padres y hermanas cuando vivió un
tiempo en EEUU a los costados del ataúd, eran imágenes de una felicidad breve
pero maravillosa. Nos mantuvimos en silencio viendo el ataúd blanco…mientras que mi madre que
solo la vio un par de veces lloro de manera silenciosa en cambio no podía
hacerlo, sentir impotencia de no sentir el dolor. Ella falleció un mes antes de
cumplir 15 años. Creía que aguantaría su menudo y delicado cuerpo pero con su
alma de hierro...pero no fue así. Nos tomó un buen tiempo recuperarnos del
shock que causó su muerte. Yo ya no volvería a molestar a la “beata”. Se
encerraba más que nunca en los estudios. Yo también estaba absorto en mis pensamientos.
Fue una separación sutilmente dolorosa.
A finales de diciembre, me fui de viaje con mis padres a Ica. Otra vez
me olvidaba por un tiempo de la chica. Para entretenerme en medio de la
travesía por esos paisajes desérticos yo leía una novela llamada “Peter Pan en
color escarlata”. Le regalaron a mi hermano, pero este no lo leyó. Así que
aproveché, me fascinaba ese personaje que nunca crecía...mientras que sus
compañeros de aventuras se marchitaban como las rosas al hacerse adultos. Wendy
Darling era un personaje trágico que me llamaba la atención en cierto sentido
al hacerse mujer y madre mientras que Peter la seguía invitando a jugar. La trama me hizo llorar, mientras más nos
marchitábamos, engordábamos, teníamos hijos, trabajábamos como mulas, nos
divorciábamos una y otra vez y nos salían canas. Ella se mantendría joven por
toda la eternidad, sin llegar a los vicios que conlleva la adultez. Hace tiempo
no había llorado al leer un libro de tamaña naturaleza ni sentía ese enorme
deseo de la eterna juventud. Corina, cada vez se volvía una figura patética por
su rigidez emocional.
Era el 31 de diciembre de 2006,
nuestro auto pasaba por Nazca. Cuando vimos en los titulares de los puestos de diarios
en la ciudad que decían: “Saddam Hussein ahorcado” La noticia me produjo rabia
y desazón por la hipocresía que trajo esa ejecución. A ese texano al igual que todos sus compinches deberían
haberlos colgarlo por haber mentido al mundo para justificar una guerra absurda
para saquear las riquezas petrolíferas de ese atribulado país, decía en mis
pensamientos profundos. El otrora “friend” de Reagan en los 80, ahora era
liquidado por aquellos que decían ser sus más incondicionales aliados. “Corina
debe estar en su nube, mientras el mundo se va al carajo por culpa de ese
texano gilipollas”. O tal vez pensaba como yo pero lo mantenía oculto en su
ser. Celebramos año nuevo en Nazca, fue una bienvenida maravillosa ya que el
entrante era impar. Nos tocó en el patio grande de un hotel. Quizás esos augurios numéricos me podrían
ayudar a reconquistarla a ella por última vez. Pero ella venía a mi mente
cuando estaba en la escuela, fuera de ella su influencia era nula. Me daba
envidia como esos señores bailaban con sus parejas de grandes escotes y tacones
altos. Al final, ebrios los machos se aparearían con las hembras para inaugurar
un nuevo ciclo de vida.
El verano se me ocurrió una gran idea. El día de San Valentín, le
mandaría una tarjeta de felicitación. Pedí a mi hermano que escribiera la
dedicatoria. El verso me inspiré en un musical que hoy me parece un mamarracho.
Gracias al dato de un vecino, supe por donde se encontraba su casa. La vivienda
tenía tres pisos, pintada de un verde nauseabundo. Además contaba con una reja
ploma. Lo peculiar de la casa es que para llamar tenía que golpear el candado.
Pensar en eso me perturbó. Vi en la ventana de arriba a una señora de cabello
recogido y algo teñido. Me miró con mucha desconfianza, como si fuera ese
vendedor impertinente que nadie quiere comprar sus productos.
Pregunté por ella, me contestó con sequedad que su hija no se
encontraba y estaba de vacaciones en su casa de playa familiar. Deduje que era
el sur, causaba envidia saber que ella disfrutaba en un lugar así. Me hubiera
gustado conocer a su mamá en una ocasión menos tensa. Conocer a su familia
sería una oportunidad de poder comprender su carácter. Bueno no insistí más y
me retiré silenciosamente. Fui una segunda vez a esa casa, con la intención de
encontrarme con su hermano. Sería la oportunidad de entrar “el claustro de la
beata”. Golpeé el candado, tuve temor. Justo se asomó su padre: era un señor de
cabellos grises que mostraba cierta vitalidad, su tono de voz era más
campechano. A veces no podía que fuera su padre dado su carácter. Fue una
conversación corta e intensa...decidí ya no entrar en más detalles no quería
que me viera como un intruso. Así que empecé mi segunda retirada.
Comenzaba otra vez el año escolar, ella era promoción y yo pre
promoción. Retomamos nuestras viejas conversaciones pero ya era como antes. Le
pregunté por la tarjeta...para mi sorpresa me contó que no la había visto ni leído.
Empecé a sospechar silenciosamente de su madre. Tuve que disimular mi
decepción. Desde ese momento mis contactos con Corina se volvieron esporádicos.
La esperaba en los recreos pero era en vano. Ya no salía de su salón, se
preparaba para el examen de ingreso a la universidad y no dejaría que nada
perturbase ni siquiera yo para alcanzar su meta.
Volví a mis viejos hábitos: me dediqué a leer en la biblioteca. Allí
surgió un nuevo hobbie: el de donar libros. Me volví muy amigo de la
bibliotecaria, que era una ancianita muy amable. Debieron haberme condecorado
por mis aportes del conocimiento. Cuando no tenía ganas de leer, trataba de ver
si Corina saldría de su encierro. Pero sus salidas se contaban con los dedos.
Verla salir me regocijaba, me llenaba ese vacío emocional que tenía. Me acostumbre a su figura ensoñadora y extraña. También
admiraba su erudición y cierta bondad. La veneraba como una devoto de una virgen
puesta en pedestal de oro. No me fijaba en la transición física que tenía que
afrontar una mujer como ella. No la veía como un objeto sexual...sino un ser
inmaculado, superior y sublime. Representaba su figura un romanticismo ingenuo.
Una vil mentira que ella sintiera algo por mí, tal vez un cierto aprecio pero
nada más.
Ni el terremoto que sacudió nuestro país no ayudó en unirnos. Mientras
la gente invocaba la solidaridad para ayudar a nuestros sufridos hermanos del
sur. No tocamos ese tema, apenas mencionamos como nos afectó el sismo, bueno su
poco atención hacia mi tremebunda historia de cómo sobreviví al sismo hizo que
mi relato perdiera intensidad. Desde finales del año nuestras conversaciones
fueron improductivas. Al mismo tiempo empecé a coquetear tímidamente con otras
chicas, que eran muy extrovertidas. Especialmente con Cecilia, la chica más
codiciada del colegio. Me la encontraba en los exámenes y empezábamos a
conversar alegremente acerca de varios temas, le ponía la silla cuando se
sentaba en mi carpeta de manera extremadamente amable. Así también de olvidar
la tensión que causaban los exámenes, especialmente los de matemáticas. Tonto
de mí, hubiera sido mejor aprovechar su amistad cuando tenía todo el tiempo del
mundo y las cosas habrían sido más interesantes entre nosotros.
Pero esa breve felicidad, se terminó en unos meses. Eso me apenó un
poco, ya no podría ver a esa chica que pasé buenos momentos. Ella fue como una
bocanada de aire fresco. A finales del año, me despedí de Corina de manera
breve. La maravillé con mi discurso, se notaba en su mirada. Jamás la besé
durante todo el tiempo que Corina estuvo en el colegio ni siquiera en el
cachete. Supe también que ella no asistió a la fiesta de su promoción, aquella
verdad no me impresionó. Nunca había oído que hubiera ido a una fiesta o
quinceañero, jamás la imagine con llevara algún vestido o usara zapatos de
charol dada su modestia. Nunca tuve esperanzas de que alguna vez rompiera su
estricto carácter puritano. Su despedida fue solitaria y ya no tuve noticias de
ella.
El año entrante, terminaría la secundaria. El colegio ya sería
historia, eran mis últimas vacaciones escolares. Las pasé en Andahuaylas, una
pequeña ciudad donde es proveniente mi familia por rama materna y paterna. Era
mi segunda vez que viajaba a la región, la primera vez fue con mis abuelos,
viajando en un vetusto Antonov ucraniano. El viaje por tierra fue espantoso
porque el bus se volteaba por las constantes curvas y tenia miedo por que
podría llevarme a vomitar como un buitre asqueado de comer carroña. Pero lo que
mas me encanto de volver otra vez a la tierra donde es origen de mi familia fue
conocer en medio de un intrincado camino de tierra roja el pueblo natal de mi madre que me conto en varias ocasiones y
este se llamaba Ocobamba y que viajaban a Talavera a lomo de bestia en
travesías homéricas con mis tíos que eran muy pequeños en ese entonces. Justo
esa aldea había sido el centro de las noticias hacia tres semanas cuando la
comisaria del lugar fue atacada por narcoterroristas. Como el hecho era muy
reciente tuve cierto temor y esto se acrecentó mas cuando en el camino observe
una base militar a medio construir, parecía que el glorioso ejercito del Perú
se embarcaba a conquistar ese rincón irreductible e inhóspito de la patria. Al
llegar al sitio me sentí en un sitio mágico como si estuviera descubriendo el
nuevo mundo al igual que los exploradores europeos del siglo XVI.
Lo primero que me llamo la atención fue la destrucción de la
comisaria: una cabaña con su techo quemado y desplomado. Pero también eran interesantes
las muestras de relajo a pesar del terrible incidente ya que había un solo
agente en todo el pueblo, sentí que habíamos visitado Ocobamba en el momento equivocado,
era como visitar “este Afganistán peruano” sin ningún tipo de protección ni
garantía. En medio de ese ambiente sombrío pude conocer la casa donde nació mi
progenitora a finales de los años 50, era un pequeño edificio de dos pisos con
pintura ocre. Hacia tiempo que la morada era ocupada por otras personas que
ignoraban la historia de sus anteriores inquilinos.
Me contaron como mi abuelo fue
el sacrificado partero que ayudo a mí sufrida abuela en medio de los dolores
del parto a que mi madre llegara al mundo, ya que el lugar no tenía hospital ni
posta médica siquiera. El relato de dicha hazaña siempre me ha conmovido acerca
de vencer a la adversidad. No había cambiado desde ese entonces, mi madre nos
la señalaba con cierto orgullo el lugar como si fuera en cierto en sentido el
lugar donde nació la virgen María o algo por el estilo solo faltaba que hubiera
un letrero con la frase “Aquí nació la madre de…”. Bueno fue la parte del viaje
que tuve más miedo pero también la que
me trajo unos recuerdos imborrable, mas tarde con en el transcurrir del camino
pude estar mas tranquilo.
Pasamos el año nuevo en el local municipal en medio de estruendosos
fuegos artificiales y brindis que simbolizaban el porvenir. Ser testigo de
aquello me lleno nuevamente de energías para el desafío que estaba por llegar,
la piel se me erizaba por solo pensarlo. La travesía me dio esperanzas en el
porvenir, al volver a mis raíces. Unos días después, nos embarcamos a Huamanga
en medio de un camino accidentado y que daba vértigo con solo asomarse por la
ventana. Los paisajes cambiaban a medida que el bus se encaminaba al sur
pasando de verdes valles a resecas quebradas, asemejándose de una manera
extraña a la provincia argentina de Jujuy. A veces conversaba con mi padre
acerca de cómo debió ser esta maltrecha carretera en la época del terrorismo y
todo el miedo que esa época conllevo a Ayacucho. Lo destacable de esa breve
estadía fue visitar “La pampa de la Quinua”, donde se libro una batalla que
decidió el destino de América, me llamo la atención las placas conmemorativas
que algunos ejércitos extranjeros pusieron
en honor al magno acontecimiento.
En medio de ese lugar lleno de historia, me creí una especie de
narrador de esos documentales estilo “BBC” al contarle a mi padre y hermano los pormenores de los hechos
históricos y lo comparaba con Waterloo. En medio de ese lugar desolado y con un triste
monumento que era el único acompañante de esa pampa solitaria, donde corría un
fuerte ventarrón, era feliz al estar en un lugar lleno de historia. Pero
también visitamos algunos parientes para mí ya lejanos, propio de una familia
estilo “bíblico”. Especialmente una tía abuela, perteneciente a la familia de
mi padre, que alguna vez nos alojo en su casa cuando viajamos en aquella lejana
ocasión…mientras empezaba a entrar en la adolescencia, ella fallecería unos
meses más tarde después de nuestro último encuentro. Dar ese viaje, me daba la
fuerza espiritual que la necesitaría mas que nunca para enfrentar la gran
batalla que se aproximaba con el transcurrir del calendario.
Cuando entré a mi último año de formación, me dediqué a los estudios
como si fueran un dogma incuestionable. Además empecé a tener una gran
metamorfosis personal: consumí pornografía como si fuera beber Inca Kola. Fue
una gran liberación del yugo del moralismo. Había sido un estúpido idealizando
a una chica y considerar la castidad como un valor supremo...ya parecía Víctor
Hugo que durante su juventud romántica llegó virgen al matrimonio según su
biografía bueno sin ir más lejos: Kaká realizó el mismo proceso. El mayor error
de mi vida. Podía haber jalado todos los cursos y no me hubiera sentido mal por
ello…pero esto fue una oportunidad perdida por tener una novia en mi
adolescencia y contar esa experiencia a mis hijos.
Al principio traté de ingresar a La Católica por medio de la academia,
me dedicaba horas a entender los complicados procedimientos matemáticos...pero
era un esfuerzo inútil. Era una analogía de mi desastre sentimental con Corina,
por más que lo intentara, nunca lo lograría. Había escuchado que ella estaba en
la Agraria ¿ella nunca mostró interés en la ciencia o la botánica públicamente?
Me contó que quería estudiar administración. Yo apoyé su brillante idea de
manera entusiasta hasta el punto de la adulación para que me tomara en cuenta y
aceptara tener una relación conmigo por mostrar afinidad.
Ahora estaba en un hueco que le llamaban aula: todos apretados, en
sillas incómodas y pequeñas. Para mi era un suplicio. Tuve que traer una silla
de plástico de mi casa. Poner atención me costaba, “llegaba matado a mi casa” a
pesar de que vivía a una cuadra de la academia…yo tenia un colega que vivía en
Trapiche, una zona del Cono Norte para mi representaba el fin del mundo conocido, pero lo mas gracioso del
asunto eran sus mejores calificaciones sobre mis exiguas notas. Me sentí
desbordado por el nuevo sistema de la academia. Tratar de aprender en cuatro
meses lo que no aprendiste en una década en el colegio era una tarea hercúlea. Los
simulacros de examen, era como si me mandaran al paredón todo el tiempo.
Siempre salía en los últimos puestos...por lo menos me consolaba en que hubiera
gente que estuviera peor que yo cuando revisaba la lista de los primeros
lugares. Aquello me desesperaba terriblemente Envidiaba a los chancones de aire
despreocupado. Parecían que no se hubieran cortado el pelo en siglos y daban la
impresión de poseer sobrenaturales para sortear ese nivel de dificultades.
Tenía la intuición de que no saldría vivo de esta prueba de fuego.
Estaba condenado de antemano a perder por mis bajos resultados en matemáticas.
Mi salvación cayó como maná en la opción de entrevista. Además de ser fácil,
podía explayarme e impresionar a todos. Ya lo había hecho en exposiciones
sobretodo los de historia, la improvisación era mi mejor recurso que hacía que
las palabras brotaran. Tras una fácil prueba de conocimientos y cultura general
para estar en la entrevista, pude cumplir mi meta. Representaba una prueba de
iniciación donde uno se convertiría en hombre. Me hubiera gustado que Corina
estuviera presente para que me diera ánimos. Extrañaba su figura fantasmagórica
en mis momentos melancólicos. O siquiera le interesaba mi suerte como amigo, la
amistad estar por las buenas o por las malas. Aunque le hubiera dado mi correo
creo que no me hubiera hecho algún tipo de llamada. Sospechaba de su
indiferencia.
Tras una angustiante espera, donde faltaban mis nervios de acero. Salí
invicto de esa gran batalla. Mi única arma que utilicé fue la palabra, la más
dulce de las virtudes humanas. Sentí que me había quitado de un peso de encima.
La entrevista hizo que mi oratoria tuviera un papel brillante parecía el pre
adolescente Jesús cuando impresiono con sus conocimientos a los maestros de la
ley en el templo. Mi plan B de ingreso funcionó. Lo festejé como si hubiera ganado
el mundial o salvado a la humanidad de una catástrofe nuclear. Mi madre soltó
unas lágrimas de emoción...cuando dio las palabras alusivas por tener el
orgullo de que su primogénito ingresara a la universidad. Festejamos mi triunfo
en una pizzería bonita en la intersección de las avenidas Sucre y Bolívar.
Quizás en el fondo de su corazón, Corina estaría feliz de saber que su amigo ha
obtenido el éxito.
Unos meses después, comencé mi debut universitario en una tarde de
marzo. La travesía a mi alma máter fue chocante al ir en micro. Durante cuatro
años iba a pie al Jorge Polar, el recorrido era de unas cuadras. Ese recorrido
me hacía feliz, pero en el autobús fue horrible mi primer viaje con esa música
atorrante que me daba mareos, el calor sofocante del verano y tanta vulgaridad.
También me daba escalofríos cuando se llenaba y tenias que pagar en una
´posición humillante mientras te asfixiabas en “esa lata de sardinas móvil” .El
aspecto calamitoso de los vehículos me horrorizaba...no creí que iba a aguantar.
Una vez cuando veíamos “El Pianista” le dije a mi madre que “las combis” eran
similares a los vagones de ganado que los nazis usaban para transportar a los
judíos a Treblinka…ella pego un grito de incredulidad por tamaña comparación
que le pareció una exageración, bueno en el fondo tenia razón. Salir de las fauces de esos monstruos
metálicos era como desafiar a la muerte.
La universidad San Martín, cuando la vi era un conjunto de bloques de
apartamentos gigantes que se manifestaban imponentes. Como si mostraran el
poder omnipresente de la sabiduría. También la pequeña estatua del santo patrón
San Martin de Porres que nos daba la bienvenida a los recién llegados. Corina y
su recuerdo melancólico no acecharon mi mente. Con las ilusiones que hice, no tenía
cabida para las frustraciones del pasado. Al entrar en mi aula...descubrí un
universo diferente. Sentí que volvía a nacer. Las chicas vestían provocadores
shorts, mostrando esas gloriosas columnatas. Parecía que iban a la playa y no a
las clases...parecía que iba a entrar en el paraíso. Lo más fascinantes de
ellas era que se pintaran las uñas, especialmente de color rojo, aquello
despertaba el libido. Era un hombre libre en ese instante.
Descubrí una tribu nueva no contactada que tenía grandes ideas,
careciendo de los grandes prejuicios de mis compañeros de escuela. La religión
y el la educación cívica que nos asfixiaban con peroratas y
perogrulladas eran historia. Rompía varios tabúes e incluso jugaría a ser
iconoclasta. Creí que iba yendo a Oxford o a Cambridge en medio de una visión
que idealizaba la sabiduría en medio de esos primeros días. Ahora podía vomitar mi gran rebeldía,
inconformismo y creatividad. Parecía que soñaba estar en mi propio Edén, creado
por mis ideales. Estaba con la gente que siempre quise estar. Tratando de cosas
más profundas, dejando de al lado el simplismo que caracterizó las amistades de
la secundaria.
También aprendí a ser más independiente, a gozar de la libertad. Lo
único que jodía mi idílica vida universitaria eran los exámenes, me quitaban
tiempo valioso para seguir estudiando esta nueva tribu en la cual me creía un
afamado antropólogo. Entre tanto empecé a incursionar en las redes, me sentía
un descubridor de la teoría de la relatividad, cuando me inserté a ese mundo
virtual donde uno manejaba su destino. Aunque al principio lo hice para jugar
un videojuego vicioso llamado “Crazy Combi” a la que sometía mis nervios a una tensión
máxima. Pude enterarme la vida y milagros de mis viejos camaradas. Comentando
sus fotos, supiendo sus extravagancias, manías entre otras cosas. También ver
como sus cuerpos y mentes cambiaban por el paso del tiempo y encontraba cosas
sorprendentes. Podía revolver el pasado al identificar las caras que uno ha
conocido en la vida.
Cuando me hartaba del mundo virtual, me reunía con mis viejos colegas
para saber que fue de sus vidas tras terminar el colegio. Mencionábamos las
anécdotas que hicimos, también preguntábamos por algún compañero que se supiera
algo de su existencia por más modesto que fuera el indicio. Corina apareció
mencionada en esas conversaciones llenas de nostalgia. Me contaron que ella era
una modelo vestida “en tanga”. Me sorprendió mucho saber la transformación de
una puritana a una top model. Tuvo una breve y gran metamorfosis. Pensé que era
un rumor y me di aires de investigador en este caso. Así podría corroborar si
ella tuvo una gran transformación, en el fondo de mi corazón me sentí
escandalizado de que ella se volviera una odalística. Pero quedó en palabras y
como dice el refrán “las palabras se las lleva el viento”. Aunque de vez en
cuando visitaba mi colegio quizás para saber alguna información de ella.
Aprovechaba cualquier pretexto para hablar con mis maestros para saber de algún
ex alumno que los haya visitado. Conversaba con mi antigua profesora de
geometría, cuyo curso se asemejaba a la “tortura del submarino de Guantánamo”.
Siempre me decía amigo. Era una mujer menuda digamos bastante, me llegaba a la
cintura. El contraste entre nosotros era impresionante.
Me gustaba el nivel de confianza que teníamos. Hacía poco se casó con
el profesor Curioso que me enseñaba historia, mi curso favorito, teniendo un
par de gemelos. El maestro que me revelo la verdad acerca de que el
neoliberalismo era una aberración moral, cuando hablamos en una clase acerca de
los TLC que firmaba Perú a diestra y siniestra. La docente también había
enseñado a Corina en la secundaria, parecía que según presencié se llevaban muy
bien ambas. No pude evitar preguntar por ella.
Tal vez me aportaría algún dato nuevo, por más mísero que fuera. Ella me dijo
que no sabía mucho de su pupila favorita. Tampoco sabía el rumor o noticia casi
confirmada que Corina ahora desfilaba en bikini. Le daría un infarto por tamaña
verdad o reaccionaría con calma considerándolo un capricho pasajero. Hay cosas
que me gustan dejarlo en el misterio. La verdad a veces es mejor no saber.
También le pregunté por otro de sus ex alumnos que la visitaban, me respondió
con melancolía y satisfacción que si pero eran muy pocos. Aquella respuesta me
dio una cierta desazón.
En mis ratos libres, me dedicaba a resolver crucigramas haciéndolos
con pasión religiosa. Mi abuelo que en paz descanse, heredé ese hobbie. Así
podía ejercitar mi mente, haciéndole hacer mil planchas y pesas. Por ello tengo
una excelente memoria. Parecía que bailaba con la dificultad en medio de
descubrir autores de obras que nunca leí, frases celebres, regiones que solo
viajaría por la imaginación y conocer a los personajes que moldearon la
historia. Y si no podía por lo complicado que era recurría a mi amigo que
siempre fue mi compañero de batallas “El Google”. Al acabarlos me dirigía al
puesto de crucigramas, tenía la vana esperanza de ganar algún premio. Tal ve no
lo obtendría...pero hay que intentarlo. Lo mismo me pasaba con las chica, algún
día una de ellas se volvería mía.
Pasaron dos años, ya cumplía 20 años. Tenía un buen tiempo en la
universidad, tenía al mundo entre mis manos. Pero quería hacer cosas más
íntimas y novedosas. Durante mucho tiempo mis amigos me contaban acerca de sus
hazañas sexuales en las cuales fingía fascinación ya que en el fondo eran
fanfarronadas o exageraciones de todo tipo. Yo era más humilde en ese
aspecto...pero la edad me apuraba para que diera “el gran salto adelante”. La
archiconocida canción de “Los Prisioneros”. Cuya melodía pegajosa resumía ese
deseo latente. Perdí cuatro años valiosos de
mi adolescencia por perseguir una bella utopía, sin intentar explorar buceando
los mares de Venus. Ahora me ponía al día en todo lo que fuera concerniente al
sexo. Revisaba todo material que tuvieran posturas eróticas, pubis peludos sin
afeitar y mostraran senos. Empecé a coleccionar como un naturalista, al
principio en un folder donde pegaba fotos recortadas de los diarios.
Especialmente de Madonna cuando tenía veinte abriles y desfloraba una gran
sensualidad, cuando todavía era una anónima ítalo-americana en busca de su
destino. Luego de la adquisición de la laptop puede explorar mis fantasías que
mantenía oculto en mí ser.
Si esto hubieses ocurrido en el tiempo que conocí a Corina, lo hubiera
considerado un sacrilegio, una de las más viles traiciones a mi ideal. Cada vez
me iniciaban el aspecto de la iniciación. Como si ese proceso me convertía en
un ser superior. A pesar de la libertad, no lograba concretar alguna relación
apenas unos coqueteos. Pero en mis suelos fantaseaba con algunas chicas en
varios aspectos. Con tanta psicodelia sexual, no podía fantasear con Corina, ni
como le habían crecido las tetas, si sus caderas estaban ensanchándose o si se
masturbaba en la transición para ser mujer. Los hombres a veces les gusta
recordar a sus ex novias, pero yo no lo lograba recrear esa imagen mental.
Jamás intenté jugar a ese juego donde exploraba la sexualidad de “la beata”. En
sentido ético había traicionado mis ideales de encontrar a una chica casta y
pura. Era quijotesca mi utopía.
Llegué a una terrible conclusión, tenía que ira una casa de citas. No
porque fuera un acto inmoral sino gastar el dinero ahorrado, fruto de vueltos o
el regalo generoso de mis tías. Pudiendo con ello comprar revistas, DVD o más
pornografía. Las películas han sido influencias en mi vida para tomar esa
decisión una de ellas: “La ciudad y los perros”, en donde el protagonista se
inicia con una “mujer alegre” que puede ser su madre. Ese sutil incesto me
excitaba muchísimo. La lección era que “un hombre debía lanzarse a la
piscina”. Siempre tuve una visión
rocambolesca de los burdeles, llenos de música y colores estrambóticos como “el
Huatica”. Ese que Manco Capac enseñaba a los parroquianos, ávidos de aventuras
libidinosas. Un amigo me contó que se fue al “Cucardas”, que se encontraba en
la AV Argentina. Escuchar ese nombre, me causaba pavor. Escuché historias de
que era un sitio muy peligroso por los asaltos. Eso daba más miedo que contraer
sífilis o gonorrea. Barajé la idea de incursionar al “Trocadero”, otro en el
Callao. Pero el temor a lo desconocido me dominaba.
Los diarios chicha me ayudaron en mi búsqueda angustiante de no morir
virgen, como esos soldados casi niños que mueren en la guerra sin probar mujer.
Me mostraban las direcciones más cercanas a mi casa: eje Lince o Jesús María.
La mayoría se situaban lejos, solo pude encontrar unos sitios que se contaban
con los dedos. Encontré uno que se ubicaba en la AV Arenales a unas cuadras de
una importante galería comercial, donde matábamos junto a un amigo el tiempo en
las cabinas de internet: jugando a ser asesinos como los integrantes del “Grupo
Colina”. Se podía encontrar mangas y figuras de acción. Con él
iba a las cabinas, le apodaba “Señor Rusia” por el personaje de un anime
llamado Hetalia. Era un chico rubio y de ojos celestes que se asemejaban a los
soldados de la Waffen SS y tenia un
amplio sentido del humor que me fascinaba cuando daba su opinión acerca de
temas de la absurda realidad nacional. No era partidario de ir a lupanares, ni
sentía el deseo apremiante de satisfacer su libido. A pesar de que le vacilaba
el hentai...su conducta era rara, siendo tres años menor que yo. No quería
sospechar que era gay, pero tenía otros amigos apoyando mi idea.
El 1 de julio, hacía una semana salía
de vacaciones. Decidí a gozar comenzando a decir adiós a mi castidad. Tenía que
pasar de la teoría la práctica. Tenía un poco de miedo...pero sentirlo daba
importancia a mi misión, cogí el dinero guardado en mi cofre e inventé una
coartada perfecta para que no sospecharan. Cogí el microbús destartalado y de
colores rimbombantes llevándome por la Bolívar llena de huecos. No me
encontraba nervioso ni excitación, era un sentimiento raro.
Llegué a la
Arenales, ese era mi principal referente. Empecé a preguntar a
los transeúntes donde se encontraba la dirección, sobretodo a los
dueños de las tiendas que conocían mejor la zona y así no perderme. Mi corazón
latía a mil por hora por cada paso que realizaba, sentía que una sombra asesina
iba tras mis pasos. A veces tenía ganas de desistir y dar marcha atrás. El
ambiente callejero me daba lástima y temor por su lamentable estado. Pero de
pronto supe que me era familiar el sitio, cuando divisé el cuartel de la FAP:
antes una mansión destinada para alojar al pingaloca rey español Alfonso XIII
de Borbón para visitar el alguna vez virreinato que gobernaron sus
antepasados...frustrada por una revolución popular, ahogada en sangre y fuego
por “el Capitán Chapatín”. Pero eso ya es otro tema.
Al llegar a la dirección, me sorprendió que estuviera tan calmada la
calle. Solo vi el letrero que decía “hostal”. Me contaron historias morbosas
acerca de lo que ocurría adentro...ahora era parte de esa historia. Era
increíble que sitios como este estuviera delante de todo el mundo y este
actuara como si nada. Colindaba el sitio con una tienda y yo como un tarado
pregunté al bodeguero, como si espérese su aprobación entrar allí. Al confirmarme la naturaleza del sitio, me animé a
explorar lo desconocido. Al entrar tuve que subir por unas escaleras que me
daban vértigo por estar demasiado inclinadas. En vez de subir iba bajando a una
catacumba donde no saldría vivo. Como quería que los peldaños nunca
se acabasen, mi temor se acrecentaba por el silencio.
Ni en ese momento tan vital pensé en porno para
prepararme para “la madre de todas las batallas del campo de Venus”. Luego de un angustiante ascenso, llegué a la recepción.
Se encontraba un señor flaco, con una barba rala, vestimenta deportiva que daba
la impresión de esperar a mi u otra persona. Pregunté si tenían alguna
habitación disponible o cuanto debía pagar. Me señaló una cuyo número no me
acuerdo, mis piernas temblaban de miedo creí que habitaba “Medusa” u otro
monstruo mitológico que me iba a comer “mi pajarito “o algo peor. Toqué la
puerta con suavidad y escuché una voz ronca que me hizo estremecer.
Abrió la puerta, lo hizo con una amabilidad extraña. A la puta apenas
reconocí su rostro, tenía el pelo oxigenado, como las meretrices que se ven en
las películas. Aunque juzgué la poca originalidad que tenían- vestía como una vedette
que había sido abucheada en el escenario, llevaba unas botitas negras de tacón.
El cuarto era oscuro, contaban con una cama y un televisor encendido con
volumen fuerte. Supuse que era para que no se oyeran los gemidos. “La caja
boba” trasmitía una telenovela colombiana, lo supe por el dejo que hablaban los
protagonistas. Puse el dinero sobre una pequeña mesa, me sentí un poco aliviado
de que no me pidiera una cantidad mayor. El ambiente del cuarto no ayudaba
mucho a incitar el deseo erótico. No tenía escenas del kamasutra ni algún color
excitante...si hubiera estado en los burdeles de Pompeya mi libido explotaría
como el Volcán Vesubio que destruyó esa ciudad pecaminosa. Bueno yo me quité
toda mi ropa salvo mis calcetines y un polo. A veces me pregunto si es de mala
suerte, hacer el sexo con las medias puestas. Dicen que traen mala suerte.
Me senté al borde de la cama y le pedí de manera caballerosa a la
trabajadora sexual tocarle sus tetas...es que era lo único destacable que
tenía. Su pelo teñido de rubio le quitaba erotismo. No pude reconocer bien su
rostro al sentirme tan ruborizado por ser la primera vez. Me hubiera gustado que usara pantis para
incitar el deseo. Ella insistió en que le obedeciera...yo dejé de insistir para
evitar una mala reacción ya que era mi primera vez. A veces sería bueno que las
meretrices siguieran los consejos de sus clientes, sobretodo “los cachimbos”.
Parecía que le vacilaba más tirar con “tipos experimentados” que con novatos
bobalicones como yo.
Yo me tumbé en la cama y ella se recostó sobre mí. Toqué por primera
vez las tetas de una mujer, era un excelente pedazo de carne que masticaba con
placer. Pero “el órgano vital” no participaba en la fiesta, ella empezó a
advertírmelo...Pero yo seguía empecinado a tocarle “las toronjas”. Cambiamos
luego de postura: una de ellas era la del perrito” donde comenzó mi fiasco. La
puta me dijo con voz melancólica y de reproche dulce que “mi pajarito no
volaba”, lo cual me decepciono mucho. Me hubiera gustado seguir aprendiendo pero
mi patetismo libidinosa era demasiado para ella. Me cambié rápidamente, le
pagué y salí como si estuviera huyendo de alguna plaga, comparable a las que
sucedían en la edad media. Me crucé en la entrada con un joven bien vestido que
se dirigía a otra habitación.
Caminé cabizbajo como si hubiera sido derrotado mil veces en Waterloo.
Mi debut fue un fracaso miserable, no me sentía mal por trasgredir alguna ley
moral, ni sería ni la primera ni última vez que lo cometía. Las calles llenas
de vida, me hicieron recobrar con su
bulla y anuncios de neón ánimos ante mi derrota miserable. Me hubiese gustado
comprar un DVD o por último una gaseosa...pero solo tenía un miserable sol para
regresar a mi casa…que rabia sentía no solo por fracasar en mi primera vez sino
por no tener dinero. Pero este episodio me dejó grandes lecciones que aprendí
prácticamente a “cocachos” en sentido figurado como decía Nicomedes de Santa
Cruz. Por lo menos tuve el privilegio de tocarle “las teteras” a una chica de
la calle...me hubiera gustado hacérselo a alguna compañera bonita si tuviéramos
la oportunidad de intimar. La experiencia en el burdel me liberó del yugo
sentimental de Corina. La maldición parecía que se iba a romperse.
Regresé a casa sin muchos ánimos, tuve suerte de que mi madre no me
hiciese muchas preguntas incómodas. Jamás me gustó que las hiciese hacen
recordar a veces a la niñez donde tus padres controlaban todos tus movimientos.
Yo no sé mentir bien, como lo hacen los políticos o los adúlteros en ese
aspecto he fallado miserablemente. En la noche mientras escuchaba canciones que
hablaban del amor en la radio, me sentí extraño, idiota y un poco mal. Había
tratado de acostarme con una puta, pagando por el servicio y oía canciones que
alababa el sublime sentimiento del amor desinteresado. Aquello tenía tintes
surrealistas. Me sentía como un cura que había violado su juramento de castidad
y meditaba amargamente acerca de sus actos, mientras rezaba mil avemarías y
cien padrenuestros para arrepentirse del hecho.
Me tomó unos días olvidarme de aquella frustrada experiencia. También
de no sentirme culpa de hacerlo con una “dama de compañía”. Odio sentirme
culpable de mis actos, soy partidario de la idea del “súper hombre” o
“Ubermench” como predicaba Nietzsche. Que había superado el bien y el mal, para
él solo existe el poder y nada más. Yo deseaba a veces en mis sueños más locos
evolucionar en ese concepto. Volví a mis investigaciones históricas, a esbozar
varias ideas literarias, pensando en los futuros escenarios donde ejercería mi
profesión como periodista, historiador y novelista. Me imaginaba que cubría una
guerra civil en UK que se había convertido en un califato islámico allá por el
2038 0 2039 como mi héroe “Tintín” o sentirme como los personajes de esa novela
de Hemingway “Por quien doblan las campanas”.
Incursionaba con más frecuencia en las redes sociales, navegar por ese
universo...hasta me di el lujo de coquetear de manera inocente y sutil con la
novia de un amigo por este nuevo medio. No la deseaba de tenerla conmigo…sino como una metáfora de un
sueño incansable. Ya la había visto el culo y sus senos no tan grandes una vez. Tenía un
cuerpo agraciado, unos ojos gitanos penetrantes, piel canela y un pelo
esponjado pero no era de mi tipo en sentido espiritual. Fantaseaba a veces como
ese dios rubio la hacia perder la virginidad en medio de un placer exuberante,
como era la intensidad de su gemido, cuantas veces le tocaba sus muslos o las
teteras…entre otras fantasías sexuales. Me comportaba como un adolescente
obsesionado con el sexo y probar con curiosidad científica
Cuando vi a Corina, transformada en otra persona. Tuve que luchar
contra mi incredulidad. La chica que conocí como “una beta” tan santa como
“Santa Teresa de Jesús”. Ahora era todo lo contrario que vestía un bikini de
rojo fulgurante, con una sonrisa importada, tacos altos, pantis de coco y
cabello suelto que se veía en la revista deportiva tipo sensacionalista “Depor”.
Su metamorfosis me parecía cómica porque no me cuadraba en mi mente. Nunca vi a
Corina interesarse por los deportes, no destacaba mucho en educación física, ni
leer siquiera de casualidad alguna revista aunque sea la del supermercado. A la
chica que veía vestida con ese traje fascínate era otra persona que había
suplantado su identidad. Le mandé una solicitud de amistad para que se agregue
a mi larga lista de conocidos virtuales…bueno hasta no me lo responde pero yo
sigo esperando que le interese mi caso. Tal vez tenga miedo no sé o le haga
recordar un pasado excesivamente recatado a la que extirpo apenas termino el
colegio. Con Corina descubrí que el amor es una estupidez. Aprendí a valorar mi
libertad y no dejarme esclavizar por los sentimientos. Corina fue mi primera
utopía, producto de una mitificación e idealización ridícula, que lo soporté y
sobreviví para contarlo.