martes, 28 de febrero de 2012

Cuidado con lo que deseas


Giordano, era un hombre bueno que jamás se metía en problemas desde que tenía uso de la razón. Siempre hacía lo correcto...a pesar de las burlas de alguno de sus parientes y compañeros. Por su amplio sentido del deber. Él trabajaba en una empresa de seguros, era uno de los empleados más eficentes. Recibió un reconocimiento por ello. Vivía en una calle aledaña al parque “El Carmen”. Su casa, era uno de los chalets que todavía no era devorado por la ola de construcciones de departamentos considerados de mal gusto y mostruosos por Giordano. Le apenaba ver como el paisaje se malograba y los recuerdos del barrio donde pasó su niñez y adolescencia se esfumaban.

Vivía con su esposa que la apodaba “Pinky”, por su carita que se parecía a un ratón. Ella era “un pan de dios” siempre buena con los demás. El matrimonio no tenía hijos y lo postergaban a cada momento. Además no tenían prisa por tenerlos. Su mujer apreciaba a su marido diligente, responsable y casi perfecto como decía la canción de Mirian Hernandez que cantaba en la ducha. El único defecto de su marido es que reaccionaba mal cuando se enteraba por los medios acerca de un tema de corrupción. Se indignaba tanto que ya parecía el Volcán Krakatoa a punto de erupcionar.

Ella se ponía nerviosa con esa actitud, temía que rompiera algún plato por tener tanta frustración acumalada. Bueno a diferencia de su esposa, no lo tomaba muy a pecho. Los seguía esos temas con pasión. No le gustaba complicarse la vida con esas notas, detestaba cuando su marido la obligaba a participar en esas discusiones donde él dominaba la discusión. Además le recriminaba su poco interés intelectual, le decía sin querer ofender “bruta” o “simplista”. A Pinky le parecían cuestiones lejanas y abstractas para ella. Con tal de tener algo rico para camer, el mundo iba en buen camino, ese era su concepto ingénuo de las cosas.

Pero la paz de su hogar, no podía durar mucho. La gota que colmó el vaso fue un reportaje que vio cuando xse hablaba de una crisis ministerial que involucraba un grado de corrupción. Quería golpear el aparato cuando se revelo ese contenido noticioso incómodo con el poder.

como me gustaría que les salieran sapos y culebras por decir tantas mentiras”

La frase que pronunció con tanta vehemencia, le soreprendió un poco. A Pinky le daba miedo de que ese hombre caballeroso y bueno se convirtiera en “El demonio de Tasmania”. Se puso pálida, por la violencia que pronunciaba esas palabras. Quiso concentrarse con la preparación de la cena, pero le era imposible olvidar esa frase. Pensó burlarse un poco de el sentido justiciero de su marido...pero temió una mala reacción por parte de él. Su conyuge apagó el televisor y se mantuvo en silencio . Aquel mutismo, le dio más tranquilidad a Pinky, que pudo cocinar con el amor que le ponía a su sazón.

Logró que cambiara el tema de la conversación hacia temas banales como los que concernían a su relación con una actitud servil. Se ponía pícara cuando cenaban, ta,bién contó chistes picantes. Ambos se rieron muchísimo. Parecía que la política se había difuminado por la sala pequeña, como si el espíritu de su mujer marcado por la bondad y la ingenuidad pudiera convertir a este hombre tan pesimista y furioso...en una persona agradable. Se tocaron las manos, sonriendo con un gesto cómplice. Luego alabó su sazón e hizo odiosas comparaciones odiosas con su madre. Aquello le iluminó el espíritu.

Luego de la comida, se animaron a tener relaciones. Tener sexo era una excelente medicina para el estres que ocasionaba el trabajo que lo convertía “en un Hyde”, a su juicio. También para calmar su frustración por tantas malas noticias. Le encantaba tocarle sus pechos eran más o menos grandes, incluso cuando estaba vestida con sostén. No era como sus compañeros de “la chamba” jactándose de sus aventuras o hablando acerca de las fantasías eróticas más descabelladas. Se sentía incómodo con esas conversaciones. Estar en esa intimidad encontraba la paz, algo que no hallaría ni visitando mil veces el confesionario. Gozaba de esa conversación intima.

Esa noche la pareja pudo dormir plácidamente, olvidando la crueldad que vive el mundo. Él no quería que fuera lunes, no porque fuera día laboral...sino enterarse por parte de los medios acerca de accidentes, asesinatos, masacres y degradación moral que cundía la sociedad. Lo deprimía pensar en eso, mientras acariciaba los cabellos negros de su mujer. Como soñaba con ser un polinesio que nunca ha conocido la civilización ocidental y vive feliz sin ataduras ni prejuicios morales. No quería que la resignación se convirtiera en el ancla de su vida, pero tenía el presentimiento de que encadenaría hasta su muerte (una gran liberación que todavía no quería encontrar)

El despertador sonó a las seís en punto. El hombre se despertó de forma mecánica, sentía el ruido atroz del aparato que jodía sus mañanas. Sufría como millones de seres humanos, el castigo divino a los descendientes de Adan al ganar el pan con el “sudor de su frente”. Su mujer comenzó el día con algo de brusquedad, se veía hermosa con el cabello despeinado, somnolienta, con los mulos bien contoneados y los senos casi al descubierto. Enseguida tuvo que darse una rápida ducha, jamás pudo gozar de la experiencia placentera del baño debido a la prisa que giraba el planeta.

Detestaba los trajes formales, eran una formalidad absurda. Añoraba sus tiempos de adolescente donde imponía su propia moda...pero ya era pasado. Su esposa trabajaba en un horario más cómodo, en una empresa de telemarketing. No sufría tanto como su conyuge, además le ponía amor a las cosas, como acomodándole la corbata o ayudándole a encontrar las llaves de su carro. Pronto tuvieron que prender el televisor,” un miembro más de la familia”, menos cruel que su suegra. Prendió la tele con cierto temor, solo para ver la hora. El noticero aparte de servir como reloj, se mostraban un cúmulo de crueldad, brutalidad y estupidez. Daba una impresión apocalíptica.

Mientras veían el noticiero, un funcionario hablaba de los accidentes terribles que ensangrentaban las carreteras del país. Durante su alocución...hacía muecas horribles e incómodas, como si quisiera arrojar. La pareja vio asombrada e incrédula, como el pobre hombre se retorcía de dolor. Lo asombroso, es que en su boca salía un asqueroso,abyecto, putrefacto y húmedo sapo. Era la representación de la corrupción que axfixiaba a la nación. Pinky se tapó la boca por el grotesco espectáculo que presenciaban su lindos ojos. Mientras que Giordano tuvo un horrible presentimiento de que su pedido se hubiera hecho realidad...empezó a temblar.

Apagó el televisor, besó a su mujer y se apresuró a su trabajo. Condujo su viejo Volvo con prisa, trataba de olvidarse como racional que se consideraba. Lo enmarcó como una maniobra de la prensa para generar rating o distraer a los ciudadanos con psicosociales como” las vírgenes que lloran” o los “pishtacos”. “ seguro que ese tío se hizo para no contestar una pregunta incómoda”. Puso la radio para escuchar música ochentera, pero parecía que los sapos se habían apoderado de los medios.

El tránsito estaba por convertirlo en “Hulk” por tanta rabia acumulada. Detestaba el tráfico de esta podrida ciudad. Tenía ganas de abandonarlo todo e ir con su mujer alguna caleta del norte o una bucólica villa para pasar un año sabático. Temía miedo de que no iba a pasar los 50 años, si seguía viviendo en esta horrible Babilonia donde la gente se comportaba como bestias. Sabía que el asunto de los sapos sería explotado por la prensa por unos días y al fin de cuentas la gente se olvidaría de ello como siempre.

Llegó a su trabajo, justo a tiempo. Su desempeño era notable y sus jefes eran considerados con él. Aunque su actitud era un poco extrema con la dedicación que le ponía a su deber. Parecía que cumplía una misión sagrada al dedicarse cuerpo y alma a la empresa. Al llegar a su trabajo vio como la gente estaba absorta viendo la pantalla plana del televisor, parecían zombis. Verlo le hizo correr electricidad en su cuerpo. No era ninguna alucinación o eso era lo que los medios querían hacerle creer. No le presto caso al asunto, cuando se encontró con su jefe: un hombre gordo, calvo que se parecía a James Gruning. Un tío gringo que lo mencionaban en las clases de la universidad, cuando era un pobre estudiante.

Tenía una personalidad afable bueno de manera excesiva. Ello lo ponía nervioso...nunca se sintió agusto con su jefe que tuviera un caracter tan campechano. Prefería un líder, que viera la organización como una unidad de comando, priorizando la ejecución de la estrategia. Él le gustaba hablar de temas más sencillos que profesionales y no sentir esa pasión obsesiva que tenía Giordano en el trabajo. Esa conducta lo irritaba en secreto.

  • Giordano, he visto que le salen sapos por la boca a nuestros políticos-

  • por las mentiras que han acumulado- respondió tajante

  • espero que sea solo los políticos-

  • ¿ será terrible que sucediera con los simples mortales?- Con un tono de ironia

  • ¿no me diga que tiene algún trapito sucio?- Mirando con cierta incredulidad a su jefe

  • los hombres tienen ciertas necesidades que una mujer oficial no satisface todas las necesidades- lo hablaba como si fuera un científico, agitando el dedo índice, señalándole el culo de una guapa secreataria rubia.

  • Ya veo  ensuciaría su traje- tratando de halagarlo

Tras terminar su trabajo, sin muchos sobresaltos por el momento por el momento. Mientras pasaba en un semáforo, observó unos sapos saltando por el pavimento. Iba a darle un infarto, cuando dio en verde y aplastó con su carro a esos bichos. Matarlos le produjo un alivio, no sentía desde que había hecho malabares para pagar su hipoteca años atras. Quería llegar a su hogar, abrazar a su mujer, tirársela y confesarle que los sapos, eran producto de su fantasia idealista. Al llegar a su casa, como si hubiera escapado de algún monstruo sangriento que iba a devorárselo. Se encontró con su mujer que no explicaba porque su esposa llegaba con esa expresión de miedo.

  • ¿que te ha pasado cariño?- se tocándole los cachetes

  • acaba de ver algo horrible- Con respiración agitada

  • ¿te han querido asaltar o viste un crimen? ¿no me digas que has atropellado a alguien? Con cara de asustada, tocándose el mentón.

  • ¡No nada de eso, vi sapos saltando en la vía pública!- sus ojos estaban a punto de saltar por puro miedo.

  • No me hagas reir, esos bichitos te asustan- con tono sarcástico

  • pensé que era mentira lo que vi en la televisión- señalando al televisor con terror el demonio

  • relájate, amor deja de preocuparte por esas cojudeces y si quieres te preparo tu comida favorita- le respondía como si fuera la mamá que le dice a su hijo que el cuco no existe.

  • Gracias amor, eres un pan de dios-

Las palabras de su mujer se hicieron proféticas, cuando la epidemia de los sapos disminuyó. Inclusive los casos de corrupción empezaron a ser esporádicos, probablemente ese grotesco espectáculo los había hecho remorder la conciencia. Giordano se sentía triunfante en su inconsciente de que algún día sus deseos de justicia fueran satisfechas. “ es increible que se materializaran mis deseos” pensaba mientras tenía sus momentos de insomnio. Por fin lograba hacer un bien para la humanidad.


Pasaron unos meses, su matrimonio pasaba por un mal momento. Desde que terminó la pandemia, el orgullo se le subió a la cabeza. Trataba con menosprecio a su mujer, considerándola inferior por ser poco intelectual, además por su espíritu hogareño y conservador. No soportaba la monotomia de su relación carecía de sorpresas, menos aún el romanticismo idiota de Pinky. La decía estúpida por cualquier equivocación que realizaba. Incluso los actos sexuales ya no eran los mismos, el amor y la ternura fueron remplazados por el mero acto de placer que solo practicaban los animales. Le asqueaba que su esposa quería parecerse a un actor porno.



Giordano empezó a gilear auna chica llamada Alexandra Tomic, una rara mezcla de croata y boliviana. Tenía cabellos rubios tirando para castaño, de contextura delgada y un excelente gusto por la moda. Su personalidad cosmopolita, su altanería y una conversación sofisticada eran cualidades que él apreciaba mucho. Cada una de ellas eran la antítesis del caracter de su esposa, considerándola una persona vulgar y ordinaria.

Le encantaba trabajar con ella, era una profesional altamente competente tanto en la oficina como en la cama. Su sentido de humor le fascinaba y poco a poco construyó su relación ilícita. Comenzaron con roces, luego con mensajitos de texto, chateos y “prolongadas reuniones”. Ella gozaba de ser coquetada por un hombre de su edad, así se burlaba de “James Gruning”, cuando se rumoreaba de que escucharon a Alexandra decir de forma jocosa que su jefe era un impotente. Sabía que su amante estaba casado con una “ fea huachafa”. La conoció de vista durante alguna fiesta que daba la empresa. Desde ese primer momento, le cayó muy mal por su forma de vestir y hasta su acento considerado según su gusto “ muy provinciano”.

Se preguntaba ¿como un hombre tan inteligente puede casarse con esa campesina piojosa?. Pero le encantaba que hubiera recapacitado al buscar sus caricias. Daba la impresión de que ella era la mala de esas telenovelas lacrimógenas. Pero en esta serie no existían guiones ni un salón de grabación...ellos los protagonistas de su propia miniserie retratando su adulterio. Giordano empezó a olvidar ese deseo de que la mentira fuera castigada. Bueno eso se lo merecían los políticos siempre corruptos no los ciudadanos de a pie.

Muchos compañeros del trabajo celebraban la relación con la sex simbol de la empresa. Era una victoria sobre su jefe en el liderazgo amatorio. El sexo entre ellos era intenso, se consideraba un verdadero macho. Le avergonzaba recordar que hizo el amor a Pinky. Pero no todos sus colegas no les causaba gracia que Giordano le pusiera los cuernos a una mujer tan bondadosa, no se merecía esto. Pero uno se atrevió a contarle el escabroso secreto. Pinky todavía no sospechaba que su marido la engañaba, aunque su actitud desdeñosa era preocupante. Su matrimonio no iba por buen camino y temía lo peor. Su “príncipe azul” se había convertdo en un ogro tirano. Lloraba cuando se encontraba sola...pero tenía la fuerza suficiente para soportar sus humillaciones y seguir adelante.


Para desahogar su frustración, veía harta televisión especialmente las series de comedias de situación americanas. Pero cuando pasaba siquiera un breve momento ese comercial del programa “amas de casa deseperadas”, lo apagaba o cambiaba en un santiamén, como si estuviera en un duelo del salvaje oeste. También empezó a ser fanática del chat y las redes sociales. Durante esas conversaciones virtuales se contactaba con una amiga del trabajo de su esposo. Se conocían desde la secundaria y el tiempo le permitió ser confidentes. Su nombre era Carolina, era una chica gordita. Chata, cabellos cortos y llevaba gafas. Nadie se fijaba en ellas. Pero se sentía feliz de estar soltera y sin compromiso.

Carolina no quería arruinar la amistad con Pinky, al ocultarle por mucho tiempo la terrible verdad. No deseaba destrozar a su amiga, la consideraba una hermana. Sentía culpa de no decírselo, sentía una rabia asesina cuando los encontraba infraganti a los dos amantes. Verlo toqueteándole el culo a Alexandra le daba ganas de vomitar. Tras muchas idas y vueltas, se animo a hacerlo al recordar una frase cébebre: “ más vale el amigo que hiriere que él que besa”.

Ya no aguantó y decidió actuar ya. Un buen día en que Giordano estaba en uno de sus amarres con la chava...Carolina jugó al paparazi tomando fotos en su celular. Le tomó una semana para reunir evidencia incriminatoria, además su pequeña cámara no tenía mucha nitidez ni zoom otra razón por la demora. Trataba de pasar desapercibida para registrar los encuentros furtivos del marido de su amiga. Lo hacía con tanta entereza moral, como si estuviera guiando una cruzada contra el adulterio.

Tras una minuciosa investigación, decidió enviarle por el facebook. Sabía que provocaría un terremoto de proporciones bíblicas...pero era por el bien de Pinky. Esa tarde, la mujer se encontraba entretenida en las redes sociales cuando recibió la información delicada en un santiamén, hubiera sido lo correcto de que su amiga se lo presentara personalmente pero las circunstancias lo impedían. Marcó un antes y un después la revelación, al ver estupefacta las imágenes donde su “principe azul”le sacaba la vuelta. Nunca sospechó de que tuviera otra, conocía a Alexandra solo de vista...le deagradaba su orgullo narcisista con toda esa moda fashion que se ponía.

Comprendió dolorosamente el porque del desprecio de su cónyuge, tanto ninguneo. Al revivir una u otra vez esas imágenes donde aparecía la rubia, que le arrebataba a su marido. Empezaron a enjuagarse los ojos de lágrimas, era por descubrir que vivía una gran mentira. Carolina le quito esos anteojos donde solo veía las cosas en color de rosa. Se sentía asqueada, humillada y destrozada de ser engañada de manera vil. Su matrimonio se derrumbaba como un castillo de naipes.

Del llanto empezó a cambiar por la rabia, era una bomba termonuclear a punto de reventar contra ese canalla traidor. Le rechinaban los dientes, buscó en youtube música metalera para simbolizar esa furia.Deseaba romperse los tímpanos con esa música furiosa y brutal. Lo hacía como para prepararse para una batalla donde correría mucha sangre derramada .

Pinky fue a preparar la maleta, quería sorprenderlo, mostrarle ya no iba a aguantar esa mentira que durante tantos años le taparon los ojos y oidos. Miraba el reloj, quería que llegara....la impaciencia ls carcomía. Tenía unas ganas de destriparlo, destrozarlo, llenar sus vísceras la sala y bañarse en su sangre como esa condesa húngara que se creía vampiro. Gozaba como nunca antes de esos pensamientos mórbidos. Pero era mejor torturarlo lentamente hasta morir junto a esa puta babilónica. La bondad e ingenuidad que alguna vez la caracterizaron eran parte del pasado. Planeaba el guión de su macabro plan en su mente y destruir a esa rata.

Al atardecer, Giordano llegó a casa silbando una marcha popular. Tenía la corbata desaprovchada y llevaba en los hombros su saco. Iba a decirle “ amor ya llegué ”, cuando vio horrorizado la maleta en el sofá. Sospechó de que algo malo sucedería. Escuchó la voz de su cónyuge que provenía de una habitación oscuro. Su piel se erizó por el ambiente de terror sacado de alguna novela gótica.

  • ¿ amor no me digas que es una de tus bromas? ¿oye que hace mi maleta en el sofá- tratando de minimizar el miedo, riéndose de manera artificial

  • -¿encima me preguntas que hace allí?- Su tono se asemejaba a Medusa cuando iba a convertir a sus víctimas en piedras.

  • -Dejata de vainas, sal de ese agujero- se agarraba la cabeza

  • ja ja ja, aún no te has dado cuenta de que te he descubierto grandísimo canalla- riéndose como una de esas villanas que aparecen en las películas

- ¿que has descubierto amor, una fórmula para el cancer o archivos secretos del estado? -Poniéndose burlón

  • ¡no te hagas el tonto, porque he descubierto que me pones los cuernos con esa rubiecita llamada Alexandra!- gritando como una energúmena

  • ¿Alexandra? Bueno solo fue una cosa pequeña sin importancia amor- balbuceando

Entonces su estómago sintió unos ácidos que lo carcomía hacía muecas espantosas por el dolor. Recordaba de manera dolorosa cuando vio a ese funcionario gubernamental cuando sufría la misma suerte que el. Ahora probaba su propia medicina, se tumbó al suelo para tratar de mitigar su propio sufrimiento. Pinky en cambio se reía de manera cruel como su marido sufría retorciéndose. Luego un sapo asqueroso salío de su boca y cuando empezaba a saltar vió con horror como este era aplastado con sangre fría por una bota de tacón puntiaguda. Giordano se veía patético hasta los tuétanos.

  • ¡a ja has caído en tu propia trampa! Me da risa tu patetismo pero te lo mereces pendejo-mientras caminaba en círculos alrededor de la víctima. 

  • por favor perdóname, solo fue un desliz mío yo te quiero de verdad...

  • dícelo a tu abuela- mostrándole un palo 

Mientras lo amenazaba con un palo, el hombre se encontraba debilitado por los contínuos vómitos y resbalaba continuamente. No podía oponer resistencia...sin pensarlo dos veces ella atacó a su esposo con saña y brutalidad sin límites. Eliminando a esa alimaña que alguna vez fue “su príncipe azul”. Apenas terminó de matarlo, prendió la computadora y en el muro de su amiga puso “ ya terminé, aunque se me pasó la mano.

lunes, 20 de febrero de 2012

Campo de tiro


G, era un chico como cualquiera, acababa de terminar su secundaria, se sentía “el amo del mundo”. Luego de cinco años de sangre, sudor y lágrimas en la secundaria, por fin podía mostrar el signo de la victoria. Para el mes de diciembre ya había ingresado a la universidad, también se preparaba para la fiesta de promoción y para las vacaciones de fin de año. También es encontraba complacido del reciente triunfo de su candidato favorito que le hacían volver las esperanzas en el país del norte, por fin se iba a re-encaminarse en el camino de la democracia y la cordura. Arreglando la situación desastrosa que “texano, hijo de la chingada”, dejaba en su mandato. G se sentía orgulloso de presenciar un momento histórico.


El adolescente quería despedirse de esta etapa de manera espectacular, lo hizo con una broma pesada con la profesora de geometría, al fingir una rebelión cuando se negó a realizar un ejercicio matemático. Salió inmune, bueno quien querría castigar a un muchacho a portas de terminar el colegio. Aunque supo que la maestra quería castigarlo por tamaña osadía, aquello lo asusto un poco. El chico siempre había sido una persona correcta a veces llegaba a los extremos. Pero esa imagen se volvía pesada y hacía algunas travesuras que no hacían mal a nadie.


Ahora quqería hacer una broma más divertida, influenciada por su afición por los vídeojuegos de guerra en primera persona. Para ese momento los jugaba de vez en cuando. Adoraba Counter-strike, Wolfestein, Call of Duty y Medalla de Honor, donde vivía su fantasia de manera real. Conocía la II guerra mundial gracias a ellos jugando que en las clases de historia. Cuando estaba en el colegio “matando el tiempo” se imaginaba en escenarios de combate ese enorme patio cuadrado celeste y azul. Las ideas le fluían pensando en niveles, heroes y villanos. Soñaba a veces que hubiera una encarnizada batalla entre terroristas y policías. Todo lo veía como un vídeojuego, se alucinaba un rangers que destruía a sus enemigos.

Esos días planeaba, G planeaba hacerle una broma pesada a uno de sus amigos apellidado O. Era un chico de cabello negro, más o menos de su tamaño y le apodaban “ Jhon Travolta” por su peinado. Durante cuatro años, ambos tenían tenido una gran amistad tan poderosa como el acero. Compartían éxitos, fracasos, alegrías y tristezas. Además tenían una gran estimación, en su yo más profundo lo consideraba su único amigo, esto había creado una terrible dependencia. Una chica en son de broma “parece que estás enamorado de él”. No es que fuera un rosquete, sino que percibía que tenía un enorme vínculo que bordeaba un sentimiento de fragilidad.

Jamás le hizo una broma a su amigo, quería aventurarse a hacer algo incorrecto. Y descubrir su reacción si le hacía la broma. Aunque probablemente no lo tomaría a mal. A pesar de su duradera amistad, tenían grandes diferencias. G era una persona intelectual hasta hacerse antipático. Tenía una manía por los detalles históricos y geográficos que una persona le daba admiración y extrañeza. Siempre se mantenía al día con la situación que ocurría en el mundo...parecía una versión masculina de Mafalda.

En cambio su amigo, era de personalidad sencilla, prefería una vida apacible y mediocre donde no se haría complicaciones en los años venideros. G le irritaba a veces esa actitud tan complaciente por parte de él. Tampoco le gustaba la excesiva aficción a los juegos de estrategia que tanto le gustaba su amigo, a veces lo consideraba un transtornado. El tenía cuidado de no mostrar esa desagradable conducta. A veces le decía “siempre apuntas a algo, en tu guerra imaginaria”. En su defensa G decía que solo jugaba a los vídejuegos en tiempo real.

En ese momento había llegado Víctor, uno de los tíos de G, que regresaba al Perú desde Bélgica para pasar la navidad con ellos. Viajaba solo nunca supo los motivos de hacerlo en solitario, su familia se quedaba en Europa . Su tío, era una persona alta, de contextura terriblemente robusto, le hacía recordar al personaje de Pedro Picapiedra, lo único que le faltaba su troncomóvil. G Se sentía augusto por la venida de su pariente, amaba las visitas realizadas desde el extranjero. Le encantaba recibirlos como reyes. Propia de un ambiente diplomático. Pero sentía que algo faltaba algo en este engranaje llamado familia.


G nunca le gustó la navidad que se avecinaba, salvo por los regalos y la comida que compensaban esta tediosa fiesta. Más le vacilaba la llegada del año nuevo, tan pagana y verdadera que la falsa y cristiana que emanaba la celebración anterior. Pero justo el 8 de diciembre, un feriado en honor a una celebración extraña llamada “la inmaculada concepción”, en la cual la virgen Mario salió embarazada de manera divina o es que la embarazó el angel Gabriel, la opción más lógica.

Allí salió el bichito de la improvisación, bueno sin apresurarnos tanto. Ese día pensaba en visitar a una amiga llamada A, que hacía unos años se le declaró y rechazó sus propuestas sentimentales de manera cortez . Ahora de manera improvisada querría verla para poder invitarle para que fuera su pareja en la fiesta de promoción. Era una mañana gris pero no hacía tanto frío, mientras se dirigía a la casa de la chica, ese pequeño departamento de tres pisos, que quedaba a la vuelta de la esquina del colegio del que iba a egresar.

Aunque él no era amigo de las fiestas, su asistencia a “las parrandas reggaetoneras” de sus amigos se contaban con los dedos. Pero como esa celebración simbolizaba el fin de una época llamada colegio, se tenía que cerrar “con broche de oro”. G tenía la vana esperanza de poder persuadirla para que la acompañara en su despedida triunfal del escenario escolar. Quería impresionar a sus amigos de que tenía una chica a quien exhibe como un trofeo, ese era su loca idea.

Tocó el timbre, sus piernas se ponían nerviosas, el sudor le corría por la espalda y se frotaba las manos. Miraba a la ventana del tercer piso parecía que iba invocando a “los reyes del Olimpo” para que le dieran suerte. Quería que no apareciera una persona incómoda a malograrle su improvisado plan. Una mujer mayor de cabellos negros o castaños con una expresión indiferente, le habló con una amabilidad importada como si el muchacho fuera algún charlatán evangélico o vendedor de productos de dudosa calidad.

El chico le dijo que buscaba a C, necesitaba hablarle de un asunto muy importante. La señora al principio atendió su llamado y fue a buscarla. Las esperanzas salieron a flote, sus ilusiones de volver a ver a la chica de un año sin haberse visto, se estaba por hacerse realidad en unos minutos. Trataba de improvisar su discurso cuando viniera. Esperaba y nada. Empezó a sospechar de que la muchacha se encontraba en su domicilio y no quería verlo. “ algo malo se cocinaba n esas habitaciones” se incomodaba G.



Por fin llegó la respuesta...fue una cantinflada de principio a fin, sin mucha gracia. Supo que su plan fracasó sin pena ni gloria. Sin ningún objetivo de por medio decidió vagar sin rumbo, no deseaba volver a la casa temprano. Atravesó el parque Chavín, como aludía su nombre se encontraban muchas esculturas clavas y un monumento a Julio C Tello. Le gustaba pasear por ese lugar, sentir la brisa, los árboles y contemplar a los niños que jugaban con cometas. Le hacían recordar esas imágenes, una época que ya no regresaría. A medida que pasaba los años su futuro se veía más y más sombrío.

Le hacía recordar ese paisaje cuando veía el ocaso, a la película “Fantasía”, donde había una escena en que unos hipopótamos cansados de bailar y comer se dedican a tomar una siesta en medio de un precioso atardecer. Como quería estar en ese lugar imaginario, tal vez en la otra vida prometía aquello. Tras esas idílicas cavilaciones, recorrió otro parque más grande que el anterior, llamado “El Carmen”. Allí se encontra un árbol que fue plantado por el libertador San Martín allá en 1821, según la leyenda.

Contemplaba durante su recorrido como los chalest que adornaban las calles contiguas, sufrían una una metamorfosis arquitectónica siniestra, al convertirse en moles de cemento sin tono ni gracia, pintados de colores que n o combinaban. Esa transformación le apenaba mucho. G se dirigió al mercado (un edificio medio laberíntico) que estaba a unas pocas cuadras del parque Chavín. Era un sitio que sus abuelos y padres compraban cosas antes de la moda de los supermercados. Ya había estado en algunas ocasiones. El lugar era un universo lleno de colores, olores y televisores siempre encendido. G no le agradaba mucho el interior del recinto, por ejemplo al ver pollos colgados en un gancho, le hacía recordar con repugnancia el destino atroz de los conspiradores que intentaron matar a Hitler. Además los olores eran fuertes le daban nauseas y otros lo dejaban mareado.


Quería comprar alguna baratija con el dinero que tenía, su mente batallaba brutalmente con la duda a si debía comprar esto o aquello. Pasó a la tienda de juguetes, donde se encontraban desde figuras de acción de los ochenta a armas estilo Rambo. Le encantaba todo lo relacionado a la guerra, desde que era niño por ejem le fascinaban los soldaditos de plomo, que tenían las banderas de Paraguay y Bolivia que peleaban una guerra mundial. Por ese motivo se decidió comprar una pistola de juguete “made in China”. Era un juguete que llevaba un láser y tenía una mira. Parecía que “Terminator" las había usado alguna vez. G comtemplaba su nueva adquisición cono si hubiese hallado “el santo grial”. También le llamó la atención de que la vendiera sin ningún problema un niño de 10 u 11 años. Vio en el que le esperaba un futuro brillante en el mundo de los negocios,

Con su nuevo juguete se sentía muy feliz. Como soñaba hacerle esa broma pesada a su amigo y también a su profesora de geometría, además incluía balines de color anarajando, fáciles de perder. Hacía unos años se había comprado un arma de juguete menos estranbótica que el anterior. La tuvo unos meses...después se le mlogró y la botó a la basura. Empezó a jugar con ella, se sentía un nuño de nuevo, disparando con una felicidad enorme a los árboles para afinar su puntería. Para él “ las balas tenían más peso que lo votos”, al pensar sobre la importancia del objeto en sus manos.

Volvió al parque Chavín, donde la estatua de “Sharuko” y los lanzones prehispánicos eran unos excelentes blancos para probar tiro. Para hacer su broma pesada para mañana, tenía que probar su puntería, si estaba apto. La adrenalina de disparar, era como la fuerza de una bomba atómica. Pero quería que el balín sonara cuando daba al blanco, aquello lo decepcionaba mucho. Buscar esas pequeñísimas piezas, era estúpido...pero entendía que sin ellas no podía jugar.

Se dio cuenta de que estas armas no servían para el combate de larga distancia. Al final G concluyó que una corta distancia era adecuada para usarlas. La lucecita roja de la pistola tampoco le servía de gran ayuda, ya que delataba su posición. Analizaba las ventajas y desventajas, como si estuviera dando clases de anatomía. Mientras seguía en sus cavilaciones oyó el sonido de un patrullero, eso lo dejó pasmado. El vehículo se acercó a él e incluso cruzó las veredas. G tuvo horribles escalofríos, él era una persona respetuosa de la ley y procuraba evitarse problemas de cualquier índole a diferencia de sus compañeros.

Sin querer, una de sus pesadillas se hacía realidad, por una travesura. Solo faltaba que su odiosa maestra de geometría se bajara del patrullero y lo arrestara por alguna de sus fechorías, se bajaron un par de policías, uno de edad madura y el otro un joven casi de su edad, parecía un niño. G le temblaban bien feo las piernas. No sabía como iban a reaccionar los policías, sin demasiados tapujos les entregó el arma a los agentes. Además dio sus pocas pertenencias para mostrarles que no tenía otro tipo de arma: consistía en una llave, algo de dinero y nada más. Se sentía como esos ilegales mexicanos o centroamericanos que eran atrapados por la “migra” de EEUU, cuando lo veía en los noticieros.

Después vino otro patrullero, parecía una camioneta. Se bajó “otro tombo” que vestía un traje tipo militar verde oscuro y una boina roja. Era un tío de contextura gruesa y se veía imponente con ese uniforme que le hacía recordar “al brutal comando Flippy”. Hubo una breve discusión discusión entre ambos oficiales por la posesión del detenido. G se cagaba de miedo no quería terminar en las manos equivocadas.

Quiso zafarse del problema que se había metido, contándoles el motivo por la cual compró el arma. Diciéndoles que era para una broma...parecía que su historia los había convencido a los oficiales. Peroo no le impidió ser invitado de forma amable al patrullero. Era como subirse a “una jaula rodante”, se sentó en la parte de atrás. El joven policía mostraba una actitud jocosa con el arma incautada al relacionarlo con “ Terminator”, de X saga, cuando hablaba con su jefe. Esta travesía corta a su casa se asemejaba a los desfiles triunfales romanos en que los líderes enemigos eran paseados encadenados para ser humillados. Aquello era una metáfora moderna de la vergüenza. Se sentía Vergincetorix, siendo paseado en las calles de Roma.

No les mintió en ningún motivo, les dijo su dirección de su casa. De que carajo servía mentir en este momento aciago como este. Tenía unas ganas de de que “se lo tragara la tierra” o despertar de esta pesadilla. Bueno no daría sus huesos en algún siniestro penal, pero seria humillado de la peor manera por su familia. (sobretodo por su conservadora madre que lo regañaba por cualquier tontería). La imagen de chico bueno quedaría hecho añicos por una idiotez. Lo único que podía hacer era aminorar su caída, pidiéndoles ser misericordiosos y ya no complicar el escenario. Deseaba que no le avisaran a su “viejo”, sino este asunto se jodería más. Tenía la vana esperanza de que los “tombos” le pidieran “una gaseosita” y así librarse del enrollo.

Cuando el patrullero llegó a su casa...su piel se erizó. Era como ser llevado “al tribunal de la inquisición” donde no saldría vivo. La presencia del carro generaría preguntas de propios y extraños en el vecindario. Tenía que enfrentarse con lo inevitable, tomó su llave y abrió la puerta de su casa, huyendo de “una presencia maligna”. Cuando llegó a la habitación de su madre le dio un terror extremo. Al verla llamando por teléfono o viendo telenovelas. ¡ Dios mio no quería malograrle ese agradable momento ! Para él era como un pecado mortal. Además el patrullero, le conminaba que le dijera la verdad. Tuvo que respirar profundamente, se sentía un suicida a punto de volarse en pedazos.

Al entrar en su habitación, tuvo que quitarle la sonrisa al contarle de manera pausado y minimizando su culpa. Su progenitora reaccionó de manera grotesca al principio pero recuperó la calma y fue a cambiarse. G bajó a la calle donde se encontró con los oficiales, diciéndoles que su madre bajaría en unos instantes. La presencia curiosa de su abuela, empeoró más el escenario. Ella tenía un buen concepto de su nieto, su estima se reforzaba con su reciente ingreso a la universidad. Siempre se jactó de que sus nietos fueran profesionales. Su relación se pondría a prueba con la intervención policial, solo esperaba que su tío no se entérese del asunto.

Detestaba dar explicaciones acerca de asuntos desagradables, siempre los hablaba de manera confusa, trabándose y con un tono apresurado. Le gustaba terminarlos lo más inmediato posible, también aprovechó ese momento para mostrarles sus documentos de identidad. La presencia de su tío cuando se entero de que su sobrino fuera indicado como “un delincuente juvenil” por la policía. Eso debió causarle una gran desazón se notaba en su rostro, cuando oía las palabras del oficial más experimentado. El hablaba acerca del incidente de manera calma y sencilla. Tenía la intuición de que había tratado con jóvenes que se metían en líos.

Tenía la suerte de que aún lo trataran como un menor de edad. A pesar de que ya era un adulto un año después. También hizo algunas preguntas a su mamá: acerca si ¿era normal?. Tras terminar el locuaz interrogatorio, dio un breve discurso acerca de que los jóvenes no deben meterse en líos ni tampoco portar armas como los raperos que salen en las películas. “los tombos” se retiraron en su patrullero...pero eso era la mitad del suplicio que estaba viviendo.

Al entrar en la sala, donde se veían grandes ventanas, algunos cuadros paisajísticos, un jardín trasero y una que otra foto familiar. Se encontraba amueblada con sofás recién adquiridos, pero detrás de su bonita apariencia se hallaba dentro de una sala de interrogación del tribunal del Santo Oficio. Tanto su madre como su abuela se convirtieron en la versiones femeninas de Torquemada. Su tío parecía ser un miembro del jurado. G sentía como una fuerza maligna y sobrenatural tapaba su voz para que no pudiera defenderse. Pero la maldición no tuvo efectos y comenzó a hablar en su defensa, lo contaba apasionadamente de como se metió en el problema de manera inocente, como “el chavo del 8”. sus familiares solo le interrumpían para que les precisaran algunos detalles o que diera un pausa en su relato. Su mamá, empezó sin acusarlo de ir por los caminos desviados o que se hubiera juntado con malas personas. Más que consejos les parecían reproches,en cierto modo odiaba que le dieran recomendaciones.



Pero lo que le dio miedo, fue que sería la última vez que lo protegerían “del largo brazo de la ley”. También resaltó de la terrible inseguridad...incluso le contó que un tío político suyo fue asesinado en terribles circunstancias por tíos vestidos como policías. Escucharlo le aterró mucho, se quedó reflexionando o trató de hacerlo. Le rogó a su madre de que no le contara del incidente a su padre. Por lo menos tuviera un poco de piedad por su descarriado hijo. Ella seguiría en su obstinación honesta de no ahorrarle sufrimiento, aquello era crueldad absoluta.

Suspiró y subió al cuarto piso. Se encerró en su biblioteca, leyendo sus libros o haciendo el intento. Daba vueltas en círculo como un tigre en enjaulado o se “pajeaba” al estilo de un orangután que no tiene nada que hacer en la jungla. Pasó una hora, cuando fue llamado a comer. Aquello electrizó todo su cuerpo, esperaba no encontrarse con su padre. Le encantaba comer solo viendo su programa favorito , le incomodaba hacerlo acompañado...sobretodo ahora en este momento tan terrible.

Bajó por las escaleras lentamente, como si bajara a enfrentarse al Minotauro. Oyó la voz de su papá, lo que no quería escuchar en este momento. Al entrar hizo un gesto disimulado , manteniéndose en silencio, caminó con solemnidad a la mesa. Tenía la intuición de que sabia el hecho y le daría una sorpresa desagradable. Se sentó y lo saludó con una amabilidad demasiado formal, como si se tratara de una visita importante. Ambos se estrecharon la mano y le dijo la terrible frase “ has tenido líos con la policía”, eso lo dejó “helado” como un cadáver ”Quería que se lo tragara la tierra” como si no fuera suficiente tanta humillación por esta falta de compasión. “solamente he tenido un incidente con los tombos y me tratan peor que la peste bubónica” pensaba, mientras rechinaba sus dientes.

Quería escaparse del comedor, huir de esta sala de tortura mental. Se defendía como podía, le daba razón a su padre y asumía su responsabilidad. Siempre quería quedar bien con los demás por más estúpida fuera la situación. Esperaba que sus padres no fueran tan severos con él. Le encantaba negociar algo que pudiera beneficiar. Tras terminar de almorzar  se encerró en su cuarto. La rabia lo carcomía por haber provocado el incidente y que sus padres fueran tan severos por su primer encontronazo con la ley. 17 años de vida intachable se hicieron añicos como un “castillo de naipes”. Deseaba refugiarse en su habitación y no salir de allí para siempre.

G empezó a escuchar la radio para olvidar la vergonzosa situación que vivía. Se sentía un recluso en “esta jaula de oro” sentenciado por sus padres. Escuchaba la música en inglés sin entenderla para nada, matando el tiempo y así olvidarse del suceso. Como si nada hubiera pasado. Pasaron los días, parecían eternos mientras G trataba de rehabilitarse de este infortunado episodio. Empezó a tener pesadillas horribles de los policías que lo arrestaban una y otra vez por cualquier estupidez .


Aquello lo aterraba y a veces despertaba sobresaltado de su cama, pero los pesadillas se empezaron a disipar a medida que trascurrían las noches. Sus fantasías volvieron a la normalidad, su gusto por los vídeo juegos y películas violentas tuvo que ocultarlos como si hubiera contraído la lepra. Lo amargaba y avergonzaba al mismo tiempo. . Ahora debía pasar la página, justo en ese momento se preparaba para la fiesta de promoción.

Seguía como al principio, descartó que una de sus primas fuera su pareja, además ya no le interesaba ese asunto tras el fracaso de su cita improvisada. La celebración se realizó el 20 de diciembre, no fue como lo esperaba. No pudo bailar con alguna de las chicas presentes ni gastar en alcohol, el dinero era hostil con su reciente despilfarro. Pudo fumar algunos cigarrillos para olvidarse de su tremenda frustración. La musíca era una cacofonía, lo irritaba aún más. Se sentía prisionero de un escenario absurdo. Daba vueltas, trataba de conversar con sus compañeros infructuosamente y trataba de engalanar a las chicas inútilmente.

Sintiendo como el fracaso se burlaba de él y le arrebataba su triunfo en esta fiesta que despedía una época que nunca volvería. Se retiró sin despedirse de nadie, caminó por la desierta avenida Bolívar como un sonánbulo. Llegó al parque arcoiris, el sitio estaba bien iluminado de luces color naranja. Se veía un extraño monumento rojo en el centro del parque. No se encontraba “algún alma” en ese lugar. Se sentó en una banca y empezó a meditar, haciendo un balance del camino recorrido en todos estos años. Tenía un aire triunfal al evocar esos pensamientos acerca del porvenir , mañana sería otro día.

sábado, 18 de febrero de 2012

La beata

Autor: Gustavo Hermoza



Ya había estado dos años en el colegio, cuando me enamoré por primera vez así decirlo. Antes no tenía algún papel resaltante en la escuela aparte de de aprobar cursos, sobretodo los jodidas materias de matemáticas, inglés y biología. En este tiempo, ya no tenía que angustiarme por mis notas como ese personaje de Mafalda, Felipe. Además no era un chico de poco salir, los estudios me enclaustraron…Bueno no tanto. Con la mayoría de mis compañeros, no tenía nada en común. Aparte de los cursos y renegar de los profesores. Tener tamaña cultura comenzó ese aislamiento que va durar toda mi vida. Una cosa que detestaba de ellos, era la porquería de música que le llamaban Reggaetón, ese odio lo lleve adentro para no quedarme completamente solo. Por eso considero que mi adolescencia fue agridulce con otros periodos de mi vida porque hubo frustración, temor y una moral cerrada.

Tampoco les interesaba un rábano investigar, leer o saber lo que ocurría alrededor. O enterarse porque el metro de Madrid fue dinamitado y las consecuencias para la historia por ejemplo.  Vivían encerrados en una “burbuja”. A mi me encolerizaba esta apatía intelectual por no poder cambiar las cosas o combatir la injusticia que escuchamos por los medios. Había unas cuantas personas rescatables en esta maraña de adolescentes que salían tan analfabetos como entraron a la escuela. Trataba de mostrarme tolerante con sus fallas y mostrar una teatral amabilidad. En el fondo eran buenas personas que disfrutaban de su poco interés intelectual. A veces me gustaba seguir un poco esa simpleza que los estudios me alejaban cada vez de la gente que estimaba y me volvían una persona sombría.


El colegio donde estudiaba, un enorme cubo de cemento que tenía cuatro pisos y un patio interior. Coronada por un asta de bandera blanco. No había muchos lugares donde recorrer en los recreos como en el liceo naval, donde estudié primaria que tenía patios gigantes. Me hacía sentir como “un tigre enjaulado”, que solo da círculos en el mismo lugar. Sin ninguna cosa que hacer...salvo comer chatarra en la cafetería, participar de vez en cuando en los extraños juegos de mis compañeros o leer en la biblioteca. Ir a este espacio era como entrar a un templo sagrado y estar en paz con mi conciencia. La lectura me mantenía la idea de que la vida todavía tenía sentido por ahora. Cuando me aburría de mi rutina, me iba a conversar con alguien. Los diálogos que mantenía con la gente eran rápidos y lleno de perogrulladas. Hablaba más con los profesores que tenía más cosas en común. Aunque a veces tenía que soportar la parquedad de una y otra persona, me daba a veces ganas de gritarle de que me hablara aunque sea de alguna estupidez o lo que sea. Un buen día de Octubre, cuando la mañana se manifestaba soleada, me encontré con una persona que cambiaría mi vida. Marcaría un antes y un después. Durante dos años, no tuve o siquiera intentar hablar con una chica de manera íntima.


Se llamaba Corina Schulls. Su apellido teutón sugería que era una “Valkiria”, protagonista de las óperas de Wagner, admiradas por mí. La adolescente era tan peruana como “el rocoto relleno”. Lo único de alemana que tenía era su apellido. Su abuelo ya fallecido era alemán, hijo de un cónsul. No vivió el horror de la guerra. Me lo imaginaba luchando a su abuelo en las calles derruidas de Berlín, destruyendo tanques rusos con su panzerfaust, como en la película “La Caída” que la vi unos meses después de nuestro primer encuentro y me impacto por su inmensa brutalidad y locura megalómana por parte de un tirano que veía como su fantasioso imperio wagneriano era devastado por las hordas del este. En se filme a veces parecía que se me acercaba su celebre ancestro de la chica, mientras era condecorado por luchar por una causa perdida. Ver este tipo de cine donde se podía contemplar la brutalidad que conlleva jugar a ser dios me daba un aura de superioridad moral ante mis amigos que solo veían “chiquilladas taquilleras”. Deberían ver estos filmes para concientizarse y ser mejores personas.


Era una chica de cabellos negros como “la selva negra de Baviera”. Era de piel oliva, tenía una sonrisa fresca, siempre mantenía recogido su pelo. Aunque de vez en cuando mostraba su frondosa cabellera. Vestía el uniforme de manera impecable. Su carácter era serio, no era como las demás chicas: que hacían “chongo”, vestirse de manera estrafalaria e imitar a sus estrellas que aparecían en las telenovelas o una que otro programa de TV olvidable. Corina se mantenía al margen de ese mundo tan caótico. La veía siempre en las premiaciones, concursos de cualquier índole. Era una alumna aplicada del Jorge Polar...a pesar de su carácter aislado. Su conducta era demasiado correcta...en si asfixiante. Eso si era raro, lo cual aumentaba mi interés por ella. Tenían dos hermanos Katherine y Kurt. Su hermana mayor había terminado la secundaria hacía dos años. Cuando ella culminaba yo comenzaba mi educación media. Con el otro me llevaba bien, a diferencia de Corina, él era más extrovertido. No tenía el nivel académico de sus hermanas, no era centro de sus preocupaciones. Además disfrutaba de su compañía y el de los demás. Ambos apenas se intercambiaban palabra, bueno no en público.


La saludé cortésmente y me presenté. Observé en su mirada que le gustaba mi manera formal de saludo. Fue una entrevista más o menos halagüeña. Un intercambio de cosas comunes como nuestro interés por alguno de los cursos relacionado con ciencias sociales o dando nuestros datos personales de manera sucinta. Parecía que la había sacado de su aislamiento. Solo la vi conversar con dos o tres amigas que eran “chanconas”, pero no tan introvertidas como ella. Creo que era la única compañía que tendría en toda la secundaria. Desde ese momento, hubo una química entre nosotros. Aunque tuve sospechas de que coqueteaba con otros chancones como Eleazar Muñoz, el arquero de nuestro equipo rival al que todos lo apodábamos “Neutrón” aparte de tener una cabeza gigante también por ser una pared cuando atacaban su cancha. También la vi junto con otro llamado Kenya, un chico robusto de origen nipón que era uno de los mejores de su clase. O eso era lo que creía. Poco tiempo después de esta conversación volvía a mi rutina. Algunos compañeros me molestaban por el asunto, sobretodo un chico menudo y rubio que se apellidaba Schaus. Yo respondía de manera tímida, torpe e improvisada. Aquello me provocaba escozor porque no estaba preparado.


De manera rara me olvidé de ella, seguí con mis estudios. No nos despedimos cuando terminó el año académico. Creo que debí pedirle más datos, saber más sobre ella y conocerla profundamente. Fue el primero de los errores que cometería en el porvenir. Diciembre pasó volando, bueno lo más destacado de ese momento era la celebración de las bodas de oro de mis abuelos maternos en un gran hotel cerca del Country Club. Recuerdo aparte de la aburrida misa solemne en la iglesia “San Juan Apóstol” cerca de de mi casa por el aniversario, también comí como un “dios” un rica culinaria oriental. Vinieron mis tíos del extranjero; su presencia de ellos me daba fuerzas y alegría. Me gustaba intercambiar experiencias y buenas nuevas de Bélgica. Hacía una década que vivía en el Perú y extrañaba Europa. Mis familiares eran mi fuente de noticias, más abundante que todas las cadenas de informaciones del mundo. Justo conocí a mi flamante tía llamada Madeleine, que era muy buena onda. En mis pensamientos no se me cruzó el nombre de Corina, era como si la celebración la hubiese borrado de mi mapa mental.


En verano me inscribí en un curso para mejorar mis niveles de inglés en mi colegio. Para mi era una cuestión de práctica. En esas clases improvisadas, me encontré con un viejo compañero llamado Walter: un chico flaco digamos demasiado, moreno y de gran agilidad atlética. Su vulgaridad y poco interés en la clase me causaban molestia. Era un chico que siempre estuvo en “cuerda floja” en la parte académica y sobrevivió dos años prácticamente. Empecé a extrañar a Corina, a Carlos y a Ana Lupe mis mejores amigos. Pero extrañaba más a la primera. Quería hablar desesperadamente con ella aunque sea de una tontería, pero hablar a fin de cuentas. Lo acompañaba un buscapleitos llamado Lurita que me daba miedo y asco su procacidad. Jamás se destaco en los estudios y en conducta ni hablar. Una vez un amigo me contó que blanqueó una mesa con todos los liquidpapers que robó. El despilfarro es un delito terrible, un atentado mismo contra el sentido común.

El panorama político tampoco era agradable, se acercaban las elecciones. La oferta electoral no era muy buena que digamos. Reemplazar a un presidente frívolo, dilapidador y borracho por otro que no “daba buena espina “, me daba rabia por no poder hacer nada aunque fuera una acción heroica pero inútil como los combatientes de Arica que lucharon contra un enemigo superior. Eso si era jodido. Mi amor y nostalgia por ella aumentaban cada vez más. Ella era un calmante psicológico entre tanta adversidad y frustración por el lúgubre panorama político. Hubiera podido visitarla en el verano, pero no lo hice. Su casa quedaba a unas cuadras de la escuela junto a un parque llamado Chavín. Esos datos lo supe más tarde. Creo que ese era mi peor error, no visitarla en vacaciones. Cuando tenía más tiempo. Pero no conocía a sus padres y sabía como reaccionarían.


Marzo, mes de ilusiones y caras nuevas. Me encontré con ella, nos saludamos de manera tímida. Era un día caluroso como si nuestra relación tuviera buenos augurios. Yo cursaba tercero de media, ella en cuarto. Para mi eran diferencias baladís. El optimismo crecía como las encuestas favorables a uno u otro candidato. No conversé mucho con ella, mis recuerdos son poco claros. Quiero desentrañar esa maraña de datos, pero mi mente está obstruida ante tanta cantidad de datos. Todo se me bloquea. En el mes de abril, mis encuentros con ella se incrementaron.  Hablábamos de los mismos temas: nos jactábamos de nuestras buenas notas, los cursos que más nos gustaban o cuales eran los que más probabilidades teníamos de aprobar. Esas conversaciones estaban llenas de vida. A pesar de las elecciones...no tocamos el tema político, ni le pregunté por quien votarían sus progenitores. Parecía que la política era un tema demasiado susceptible para una señorita tan delicada como ella, no soportaría la vulgaridad que eso conlleva.


Fue otra oportunidad desaprovechada por mi falta de tino. No averigüé su teléfono ni su correo electrónico. Aunque hubiera sido mala educación ante tanta confianza y eso no era bueno. No lo calificaría de error, todo tiene su momento. El mes de mayo fue glorioso, pudimos hablar de cosas menos académicas y más íntimas. Era un avance de nuestra relación. Una vez le pregunté por la talla de su zapato. Parecía una pregunta tonta pero tal vez la hubiera convertido en una magnífica jugada de ajedrez. Tal vez unas botitas o zapatos de esa talla. ¿Pero le gustará que haga esa pregunta? ¿Funcionaría esa relación o me contestaría con su amable timidez? Su sencillez la hacia bella en todos los aspectos que le daba un aura de superioridad ante los simples mortales. También por ser de poco hablar le daba candidez a su carácter.


Su forma de vestir y de comportamiento tan puritanos tan decentes, me irritaban a veces. Tenía muchas ganas de que hiciera una travesura o algún pequeño desliz...aunque sea una sola vez en su vida. Parecía que el destino la vacunó con una “buena dosis del manual de Carreño”. A veces me hacia recordar a la esposa de Ned Flandes del programa “The Simpson” que se destacaba por su odiosa moralidad que ni el  mas religioso de Springfield toleraba como el reverendo Alegría. Empecé a apodarla secretamente “la beata” porque daba la impresión de que estaba predestinada a “vestir santos” y llevar una vida tan virtuosa que la llevaría a ser canonizada como Santa Rosa de Lima. Yo me veía a veces como el caballero que la sacaría de ese encierro en esa torre controlada por la bruja “virtud” y viviríamos la vida al máximo.


Quería con ansiedad que nuestra conversación fuera más intimista: hablar de sus hobbies, que tipo de música escuchaba. Supe por algunas personas por puro ido que le gustaba oír a un grupo argentino de pop que salía hacía tiempo en la TV llamado “ERREWAY”. Aquello me sorprendió un poco, no esperaba que una chica chancona y de carácter tranquilo le gustara la música pop, por lo menos no tenia ese interés malsano por el reggaetón que adoraban sus otras colegas que mas les interesaba estar en fiestas. La gente tiene sorpresas guardadas. Jamás llegué adivinar sus pensamientos ni siquiera lo intenté. Creo que fue un error garrafal. Debí ser más audaz o seguir apaciguando mis ímpetus. Buscar otros amigos, hablar con los profesores, reforzar mis amistades o dedicarme al campo de la investigación para no distraerme en el campo de Venus o leer las noticias de lo que sucedía en aquellos lugares lejanos donde la gente común y silvestre no puede ubicar en los mapas ni deletrearlos como Iraq, Afganistán o Líbano. Conseguía información de ella de terceras personas pero era el mismo rollo. El misterio de las facetas de su vida me fascinaba ya que le daba cierta magia que la apartaba de lo común, lo vulgar y lo cotidiano. Por eso también la veneraba como una figura inmaculada, superior, sublime y universal.


Mis compañeros que eran un poco más brutos que yo, tenían enamoradas y al toque. Eso me sorprendía y daba envidia. Antes no les prestaba importancia, lo consideraba estúpido ya que era chabacano y teatral. No existía una realidad emocional debido a la inmadurez que estos presentaban en un momento tan serio. Sus historias amorosas eran para reír y llorar según las circunstancias que venían al caso. Debí mantener en secreto lo que sentía por ella, pero en este cubo de cemento era imposible guardar un secreto de tamaña naturaleza. Soy pésimo para mantener un secreto y llevármelo a la tumba aunque sea “una mentira blanca”. Extrañaba a veces mi antiguo colegio, con sus patios enormes, donde uno podía refugiarse de las miradas indiscretas.


Si lograba que ella se convirtiera en mi chica quizás mi posición en la escuela mejoraría y ya no sería reconocido por ese alumno obsesionado por sus notas. Sino estar con una de las “chavas” más chancones del Jorge Polar, de belleza moderada pero resaltable. Ya no parecía amarla por un sentimiento como el amor, sino por un tener un elevado estatus. No tenía ninguna experiencia en esta materia, no le había pedido algún asesoramiento a alguien, tampoco pedí consejos ni siquiera a mis mejores amigos, bueno ellos no tenían enamoradas o algo por el estilo. En ese momento los sentimientos eran los conductores de mi vida. Pero el que mas resaltaba era mi egoísmo por tener ese estatus especial si Corina aceptaba estar conmigo.


A finales del mes de mayo, en los talleres de cocina, le pedí consejos a la persona equivocada. Se llamaba Estefanía Scheffino, una chica pelirroja, flaca como Oliva Olivo (la novia de Popeye) y ojos claros. Su nombre me hacía recordar a una princesa de Mónaco famosa por su díscola vida personal. Me caía bien, así que le pedí consejos. Me dijo que debía declararme frente a ella, seguir sus propuestas fue un monumental yerro. No hacer un trabajo de campo en esa materia...ni pensé acerca de un hipotético fracaso. ¡Como he podido ser tonto! Un chico que declaraba partidario de la ciencia y la planificación absoluta. Las mujeres son el punto débil de los hombres por igual sean pobres o rico, tarados subnormales o eminencias eruditas. Si cuando tenía un examen me preparaba como para asaltar las playas de Normandía. Vivía pendiente de los resultados, si la había hecho bien o no. Pero en esta prueba sentimental, me comportaba como un grandísimo patán, una conducta que desaprobaba. Tomé esa infausta decisión sin medir las consecuencias “jugando todo o nada”. Los buenos estrategas no hacen jugadas riesgosamente innecesarias.


Fue el viernes 2 de junio, lo recuerdo como si fuera ayer, de una manera que yo mismo ni me explico. Declararme de manera improvisada por primera vez, fue uno de las estupideces más grande que cometí en mi vida. Tal vez creí que la providencia me favorecería con un golpe de suerte o algo por el estilo. Justo ese día me tocaba clases de inglés. Corina estaba en los niveles altos de la enseñanza del idioma anglosajón, era como si le hubieran ordenado una poderosa fuerza cósmica ocupar ese escalafón. Le tenía mucha envidia por esto, como deseaba estar cerca de ella. Jamás me gustó ese curso...me tocaban la gente más detestable y despreciable de la secundaria. Me sentía condenado a vivir encerrado en ese pozo sin salida.


Pensaba en ella, mi corazón palpitaba de emoción. No le prestaba atención a las clases, yo luchaba por un fin supremo. Además no me caía bien la profesora, era antipática y era la antítesis de ese momento de mi “razón de mi vida”. Para colmo me dejaba muy mal parado en su clase. Aunque a veces me caía bien si estaba de buen humor y terminábamos hablando de literatura inglesa o nórdica. Pero sus bemoles eran superiores a ella. Veía con ansiedad los minutos, la paciencia jamás fue mi virtud. Me desesperaba más que nunca en la clase. Me animé a declararme, era como dispararle a un tigre en plena oscuridad.


Apenas terminó la clase de inglés, por si aburrida, empecé a buscarle. No tardé mucho en hallarla, se encontraba hablando con el profesor de historia. Eso fue otro error estúpido ya que no debí interrumpirlos en ese momento...bueno con lo chancona que era. Le pedí que quisiera hablar en privado con ella, craso error amigo. Creía que algo andaba mal, me preguntó con calma y un poco de soltura. Sin muchos tapujos le dije “que me gustaba”, sin tanta ceremonia. Malogré el efecto sorpresa. Corina calmadamente y sin reaccionar mal me contestó tranquilamente con la misma calma que la precedía me dijo “solo amigos”. Esa pequeña frase se quedo pegado a mi mente como un chicle que ponen los chicos en sus carpetas, siendo difíciles de sacar. Más que el resultado sentí que marqué un hito en mi vida, un antes y un después.


La chica se retiró a su salón a seguir hablando con el profesor o alguna amiga ¿que pensaba? ¿Tal vez se lo contaría a sus compañeras? Bueno no sé, era una persona muy reservada. Tras las negativas...deambulé por los pasillos. Parecía un zombi. Me encontré con una amiga flaca que tenia fama de rebelde anarquista y le conté sobre mi primer y fallido intento de declararme a una chica. Ella más bien se encontraba feliz de escuchar mi patético relato y hasta lo tomo con gracia. Era como si celebraran en EEUU con fuegos artificiales su retirada ominosa de Saigón. Pero decirle a Corina fue como quitarme una pesada armadura.

A la mañana siguiente le conté a mi madre sobre mi aventura. Me sonrió y habló de su maravillosa adolescencia setentera, que me fascinaba. Mencionó de los conqueteos inocentes de su época, Corina a su lado era una chica circunspecta. Sus anécdotas eran hilarantes y deleitables. Con esas historias comprendí poco a poco que el amor es una falacia. Esta etapa de mi vida es un campo de Venus tan inestable como la gelatina. Fracasar en un amor ingenuo de chiquillos es preferible a un matrimonio adulto infeliz.  Fue en medio de esa reflexión de como aprendí a la mala acerca del amor idealizado y sus consecuencias.

Con el transcurrir de los días, retomé mis conversaciones con ella. Tenían un tinte surrealista, no hablamos del incidente ni lo mencionamos. Todo era absurdo, como si sobrevivir a un accidente aéreo y no tener ningún recuerdo traumático. Estando feliz como si nada. Al principio estuvieron alturadas pero después insistí en hablar más de cosas personales. Quería estar junto a ella...aunque no fuéramos enamorados. Empecé a sentir celos anteriormente lo habría criticado veladamente, lo consideraba propio de gente insegura o paranoica. Al final me convertí en lo que tanto critiqué.  Sentía celos cuando se juntaba con Kenya al parecer tenían mayor cercanía o confianza. Eran blancos de mis sutiles sospechas, pero mi olfato detectivesco me llevaba a ninguna parte. Esto se hizo más patente cuando en la exposición de ciencias, hacían trabajo en grupo, cuando busqué indicios de que andaban juntos. Otra de mis tonterías en nombre del amor. El sentimiento ha estupidizado a la humanidad.


A finales de julio llegaron mis ansiadas vacaciones. Fui con mis padres, hermano y abuelo que en paz descanse a Tarapoto vía aérea fue un gran calmante emocional que me hacían olvidar de Corina por un tiempo. En ese viaje, me olvidé de mi vida capitolina y los vaivenes políticos en medio de la transición gubernamental que todos nos tenía en ascuas. Disfruté plenamente de mi vida. Remé junto con mi padre en una canoa en la laguna azul, rodeada de vegetación y sonidos selváticos. Dicen las leyendas de que este sitio es hembra y solo se ahogan hombres. Además me han contado que hay sirenas. Aquel relato me asustaba cuando recorríamos el lugar. Me llenó de una nueva energía espiritual. También conocí en mi recorrido a los Lamas, un pueblo quechua hablante, que es descendiente de los chankas originario de Apurímac. Aquello enriqueció mi visión sobre esta bella patria.


Tras regresar de mi viaje, pude ver el cambio de mando. Allí estaba ese señor orondo y grande que hacía 21 años exacto había asumido la presidencia y al final tiró al país por el balcón. Con estas lúgubres reflexiones acerca de la podrida política que jode el Perú, más me refugiaba en la espiritualidad santa de Corina. Era una isla de pudor en medio de un océano  de inmoralidad que inundaba nuestra podrida sociedad. No quería concebir en mi mente que él era presidente de la nación. Durante muchos años consideraba que nunca volvería a gobernar este jodido país pero en este jodido país ocurren situaciones súper jodidas que escapan a toda lógica, Como si sus triquiñuelas, demogogía, descalabros y demás cojudeces suyas no fueran suficientes. Nunca aprenderemos la lección.


Otra vez volví al colegio y retorné el vicio por Corina. Quería conversar cualquier cosa, la molestaba con coqueteos y preguntas impertinentes. Espantoso yerro como estrategia para reconquistarla, ¡dios mío este relato es una suma de grandes estupideces que se repiten una y otra! Quería constantemente mostrarle mis logros...pero ella no se convencía. Me la encontraba a veces en la cafetería: era un cuarto pequeño, que tenía una puerta enrejada. Solo cabían tres mesas, el sitio frecuentemente se sobrepoblaba con comensales ansiosos que esperaban una larga cola que nunca iba a terminar como en los 80. En ese bullicioso ambiente, le contaba sobre mi gran viaje que hice a Tarapoto. Ella se mantuvo interesada en mi relato de aventuras o eso me hacía creer. Corina no era de mucho viajar según algunas intuiciones mías dado su carácter. Durante dos meses nuestra relación tuvo un matiz surrealista.


En septiembre ocurrió una terrible, marcada por una premonición. El alumnado presenciaba el concurso de matemáticas, la competencia me aburría hasta los tuétanos, tenía que apoyar a mi salón. Todas las pruebas se desarrollaban en varios pizarrones acrílicos. Mientras se desarrollaba el tedioso duelo...vi que en la antena del colegio se posaba un gallinazo. Siempre se les ha achacado ser aves de malagueños, pero sin ninguna connotación fúnebre. Después de las clases, en la noche. Mi madre invitó a unas amigas. Fue una velada magnífica, donde se sirvió vino. Yo disfruté de la conversación...mientras más bebía mi lengua fabricaba cosas maravillosas. Al terminar la velada me fui a dormir con una gran felicidad en el pecho.


A la mañana siguiente, fui a la escuela. Era una mañana gris, como las que hay en esta fea ciudad. Apenas llegue al aula cuando vino Michael, una chica de cabellos negros y que le decíamos “Pocohontas”. Bueno creo uno le ponía el apodo. Llegó con una expresión apesadumbrada, cosa que era antítesis de su carácter alegre e ingenuo. Anunció que nuestra amiga Fanny falleció, el cáncer la asesinó vilmente. Aquella noticia me entristeció y salí al patio a deambular como un zombi, asimilando la pérdida. Me encontré con Corina, le di la mala noticia ella lo tomo con calma. Me sorprendió un poco su reacción, ya que iban juntas en las clases de inglés tenían un nivel sofisticado. Me dijo que ya le habían contado de la tragedia. La conversación murió en ese momento. Me sentía derrotado por el silencio que ella emanaba, siendo una persona muy conversadora hasta los tuétanos aquello me inquietaba hasta la incomodidad.


Mis profesores que le tenía un alta estima a esa niña, menuda, de cabellos negros y magnánima ternura. La conocían desde que comenzamos la secundaria, tras regresar de su estadía en gringolandia tratando de curarse de esa maldita enfermedad. Fue una alumna aplicada...sobretodo en ingles´. Todos la querían. Una vez fue a mi cumpleaños, por primera y única vez. Hasta recuerdo que vestía un lindo traje azul. Su fe cristiana era admirable, a pesar de que no profeso religión alguna. Puede decir que ella se fue en paz de este mundo cruel que le toco vivir. Una parte de nosotros falleció espiritualmente con ella. Cuando su mal se agravó, fuimos a visitarla en su casa primero y luego en el hospital Stella Maris, donde nunca saldría. Todos la entreteníamos, incluso canté ese rap electoral “Este es el APRA” causando risa a todo el mundo, sobretodo a su hermana mayor. Verla en ese estado me desgarraba profundamente. Recordaba así los últimos días que ella pasó en la tierra con nosotros. A veces le mandaba cartas y su hermana las leía en voz alta para Fanny


La muerte de Fanny me hizo olvidar a Corina, se repetía la historia una y otra vez. No pude ir a su entierro, pero si asistir a su velorio a la mañana siguiente de su deceso junto con mi madre. El velatorio se llevaba en una iglesia evangélica ubicada en la Avenida Benavides. Entramos al sitio en una mañana fría y el ambiente era muy conmovedor. Contemple el féretro blanco donde se hallaban un montón de fotos  con sus padres y hermanas cuando vivió un tiempo en EEUU a los costados del ataúd, eran imágenes de una felicidad breve pero maravillosa. Nos mantuvimos en silencio viendo   el ataúd blanco…mientras que mi madre que solo la vio un par de veces lloro de manera silenciosa en cambio no podía hacerlo, sentir impotencia de no sentir el dolor. Ella falleció un mes antes de cumplir 15 años. Creía que aguantaría su menudo y delicado cuerpo pero con su alma de hierro...pero no fue así. Nos tomó un buen tiempo recuperarnos del shock que causó su muerte. Yo ya no volvería a molestar a la “beata”. Se encerraba más que nunca en los estudios. Yo también estaba absorto en mis pensamientos. Fue una separación sutilmente dolorosa.


A finales de diciembre, me fui de viaje con mis padres a Ica. Otra vez me olvidaba por un tiempo de la chica. Para entretenerme en medio de la travesía por esos paisajes desérticos yo leía una novela llamada “Peter Pan en color escarlata”. Le regalaron a mi hermano, pero este no lo leyó. Así que aproveché, me fascinaba ese personaje que nunca crecía...mientras que sus compañeros de aventuras se marchitaban como las rosas al hacerse adultos. Wendy Darling era un personaje trágico que me llamaba la atención en cierto sentido al hacerse mujer y madre mientras que Peter la seguía invitando a jugar. La trama me hizo llorar, mientras más nos marchitábamos, engordábamos, teníamos hijos, trabajábamos como mulas, nos divorciábamos una y otra vez y nos salían canas. Ella se mantendría joven por toda la eternidad, sin llegar a los vicios que conlleva la adultez. Hace tiempo no había llorado al leer un libro de tamaña naturaleza ni sentía ese enorme deseo de la eterna juventud. Corina, cada vez se volvía una figura patética por su rigidez emocional.


Era el 31 de diciembre de 2006, nuestro auto pasaba por Nazca. Cuando vimos en los titulares de los puestos de diarios en la ciudad que decían: “Saddam Hussein ahorcado” La noticia me produjo rabia y desazón por la hipocresía que trajo esa ejecución. A ese texano  al igual que todos sus compinches deberían haberlos colgarlo por haber mentido al mundo para justificar una guerra absurda para saquear las riquezas petrolíferas de ese atribulado país, decía en mis pensamientos profundos. El otrora “friend” de Reagan en los 80, ahora era liquidado por aquellos que decían ser sus más incondicionales aliados. “Corina debe estar en su nube, mientras el mundo se va al carajo por culpa de ese texano gilipollas”. O tal vez pensaba como yo pero lo mantenía oculto en su ser. Celebramos año nuevo en Nazca, fue una bienvenida maravillosa ya que el entrante era impar. Nos tocó en el patio grande de un hotel.   Quizás esos augurios numéricos me podrían ayudar a reconquistarla a ella por última vez. Pero ella venía a mi mente cuando estaba en la escuela, fuera de ella su influencia era nula. Me daba envidia como esos señores bailaban con sus parejas de grandes escotes y tacones altos. Al final, ebrios los machos se aparearían con las hembras para inaugurar un nuevo ciclo de vida.


El verano se me ocurrió una gran idea. El día de San Valentín, le mandaría una tarjeta de felicitación. Pedí a mi hermano que escribiera la dedicatoria. El verso me inspiré en un musical que hoy me parece un mamarracho. Gracias al dato de un vecino, supe por donde se encontraba su casa. La vivienda tenía tres pisos, pintada de un verde nauseabundo. Además contaba con una reja ploma. Lo peculiar de la casa es que para llamar tenía que golpear el candado. Pensar en eso me perturbó. Vi en la ventana de arriba a una señora de cabello recogido y algo teñido. Me miró con mucha desconfianza, como si fuera ese vendedor impertinente que nadie quiere comprar sus productos.


Pregunté por ella, me contestó con sequedad que su hija no se encontraba y estaba de vacaciones en su casa de playa familiar. Deduje que era el sur, causaba envidia saber que ella disfrutaba en un lugar así. Me hubiera gustado conocer a su mamá en una ocasión menos tensa. Conocer a su familia sería una oportunidad de poder comprender su carácter. Bueno no insistí más y me retiré silenciosamente. Fui una segunda vez a esa casa, con la intención de encontrarme con su hermano. Sería la oportunidad de entrar “el claustro de la beata”. Golpeé el candado, tuve temor. Justo se asomó su padre: era un señor de cabellos grises que mostraba cierta vitalidad, su tono de voz era más campechano. A veces no podía que fuera su padre dado su carácter. Fue una conversación corta e intensa...decidí ya no entrar en más detalles no quería que me viera como un intruso. Así que empecé mi segunda retirada.


Comenzaba otra vez el año escolar, ella era promoción y yo pre promoción. Retomamos nuestras viejas conversaciones pero ya era como antes. Le pregunté por la tarjeta...para mi sorpresa me contó que no la había visto ni leído. Empecé a sospechar silenciosamente de su madre. Tuve que disimular mi decepción. Desde ese momento mis contactos con Corina se volvieron esporádicos. La esperaba en los recreos pero era en vano. Ya no salía de su salón, se preparaba para el examen de ingreso a la universidad y no dejaría que nada perturbase ni siquiera yo para alcanzar su meta.


Volví a mis viejos hábitos: me dediqué a leer en la biblioteca. Allí surgió un nuevo hobbie: el de donar libros. Me volví muy amigo de la bibliotecaria, que era una ancianita muy amable. Debieron haberme condecorado por mis aportes del conocimiento. Cuando no tenía ganas de leer, trataba de ver si Corina saldría de su encierro. Pero sus salidas se contaban con los dedos. Verla salir me regocijaba, me llenaba ese vacío emocional que tenía. Me acostumbre a su figura ensoñadora y extraña. También admiraba su erudición y cierta bondad. La veneraba como una devoto de una virgen puesta en pedestal de oro. No me fijaba en la transición física que tenía que afrontar una mujer como ella. No la veía como un objeto sexual...sino un ser inmaculado, superior y sublime. Representaba su figura un romanticismo ingenuo. Una vil mentira que ella sintiera algo por mí, tal vez un cierto aprecio pero nada más.


Ni el terremoto que sacudió nuestro país no ayudó en unirnos. Mientras la gente invocaba la solidaridad para ayudar a nuestros sufridos hermanos del sur. No tocamos ese tema, apenas mencionamos como nos afectó el sismo, bueno su poco atención hacia mi tremebunda historia de cómo sobreviví al sismo hizo que mi relato perdiera intensidad. Desde finales del año nuestras conversaciones fueron improductivas. Al mismo tiempo empecé a coquetear tímidamente con otras chicas, que eran muy extrovertidas. Especialmente con Cecilia, la chica más codiciada del colegio. Me la encontraba en los exámenes y empezábamos a conversar alegremente acerca de varios temas, le ponía la silla cuando se sentaba en mi carpeta de manera extremadamente amable. Así también de olvidar la tensión que causaban los exámenes, especialmente los de matemáticas. Tonto de mí, hubiera sido mejor aprovechar su amistad cuando tenía todo el tiempo del mundo y las cosas habrían sido más interesantes entre nosotros. 


Pero esa breve felicidad, se terminó en unos meses. Eso me apenó un poco, ya no podría ver a esa chica que pasé buenos momentos. Ella fue como una bocanada de aire fresco. A finales del año, me despedí de Corina de manera breve. La maravillé con mi discurso, se notaba en su mirada. Jamás la besé durante todo el tiempo que Corina estuvo en el colegio ni siquiera en el cachete. Supe también que ella no asistió a la fiesta de su promoción, aquella verdad no me impresionó. Nunca había oído que hubiera ido a una fiesta o quinceañero, jamás la imagine con llevara algún vestido o usara zapatos de charol dada su modestia. Nunca tuve esperanzas de que alguna vez rompiera su estricto carácter puritano. Su despedida fue solitaria y ya no tuve noticias de ella.


El año entrante, terminaría la secundaria. El colegio ya sería historia, eran mis últimas vacaciones escolares. Las pasé en Andahuaylas, una pequeña ciudad donde es proveniente mi familia por rama materna y paterna. Era mi segunda vez que viajaba a la región, la primera vez fue con mis abuelos, viajando en un vetusto Antonov ucraniano. El viaje por tierra fue espantoso porque el bus se volteaba por las constantes curvas y tenia miedo por que podría llevarme a vomitar como un buitre asqueado de comer carroña. Pero lo que mas me encanto de volver otra vez a la tierra donde es origen de mi familia fue conocer en medio de un intrincado camino de tierra roja el pueblo natal de  mi madre que me conto en varias ocasiones y este se llamaba Ocobamba y que viajaban a Talavera a lomo de bestia en travesías homéricas con mis tíos que eran muy pequeños en ese entonces. Justo esa aldea había sido el centro de las noticias hacia tres semanas cuando la comisaria del lugar fue atacada por narcoterroristas. Como el hecho era muy reciente tuve cierto temor y esto se acrecentó mas cuando en el camino observe una base militar a medio construir, parecía que el glorioso ejercito del Perú se embarcaba a conquistar ese rincón irreductible e inhóspito de la patria. Al llegar al sitio me sentí en un sitio mágico como si estuviera descubriendo el nuevo mundo al igual que los exploradores europeos del siglo XVI.


Lo primero que me llamo la atención fue la destrucción de la comisaria: una cabaña con su techo quemado y desplomado. Pero también eran interesantes las muestras de relajo a pesar del terrible incidente ya que había un solo agente en todo el pueblo, sentí que habíamos visitado Ocobamba en el momento equivocado, era como visitar “este Afganistán peruano” sin ningún tipo de protección ni garantía. En medio de ese ambiente sombrío pude conocer la casa donde nació mi progenitora a finales de los años 50, era un pequeño edificio de dos pisos con pintura ocre. Hacia tiempo que la morada era ocupada por otras personas que ignoraban la historia de sus anteriores inquilinos.

 Me contaron como mi abuelo fue el sacrificado partero que ayudo a mí sufrida abuela en medio de los dolores del parto a que mi madre llegara al mundo, ya que el lugar no tenía hospital ni posta médica siquiera. El relato de dicha hazaña siempre me ha conmovido acerca de vencer a la adversidad. No había cambiado desde ese entonces, mi madre nos la señalaba con cierto orgullo el lugar como si fuera en cierto en sentido el lugar donde nació la virgen María o algo por el estilo solo faltaba que hubiera un letrero con la frase “Aquí nació la madre de…”. Bueno fue la parte del viaje que tuve más miedo pero  también la que me trajo unos recuerdos imborrable, mas tarde con en el transcurrir del camino pude estar mas tranquilo.


Pasamos el año nuevo en el local municipal en medio de estruendosos fuegos artificiales y brindis que simbolizaban el porvenir. Ser testigo de aquello me lleno nuevamente de energías para el desafío que estaba por llegar, la piel se me erizaba por solo pensarlo. La travesía me dio esperanzas en el porvenir, al volver a mis raíces. Unos días después, nos embarcamos a Huamanga en medio de un camino accidentado y que daba vértigo con solo asomarse por la ventana. Los paisajes cambiaban a medida que el bus se encaminaba al sur pasando de verdes valles a resecas quebradas, asemejándose de una manera extraña a la provincia argentina de Jujuy. A veces conversaba con mi padre acerca de cómo debió ser esta maltrecha carretera en la época del terrorismo y todo el miedo que esa época conllevo a Ayacucho. Lo destacable de esa breve estadía fue visitar “La pampa de la Quinua”, donde se libro una batalla que decidió el destino de América, me llamo la atención las placas conmemorativas que algunos ejércitos extranjeros  pusieron en honor al magno acontecimiento.


En medio de ese lugar lleno de historia, me creí una especie de narrador de esos documentales estilo “BBC” al contarle a mi padre  y hermano los pormenores de los hechos históricos y lo comparaba con Waterloo.  En medio de ese lugar desolado y con un triste monumento que era el único acompañante de esa pampa solitaria, donde corría un fuerte ventarrón, era feliz al estar en un lugar lleno de historia. Pero también visitamos algunos parientes para mí ya lejanos, propio de una familia estilo “bíblico”. Especialmente una tía abuela, perteneciente a la familia de mi padre, que alguna vez nos alojo en su casa cuando viajamos en aquella lejana ocasión…mientras empezaba a entrar en la adolescencia, ella fallecería unos meses más tarde después de nuestro último encuentro. Dar ese viaje, me daba la fuerza espiritual que la necesitaría mas que nunca para enfrentar la gran batalla que se aproximaba con el transcurrir del calendario.


Cuando entré a mi último año de formación, me dediqué a los estudios como si fueran un dogma incuestionable. Además empecé a tener una gran metamorfosis personal: consumí pornografía como si fuera beber Inca Kola. Fue una gran liberación del yugo del moralismo. Había sido un estúpido idealizando a una chica y considerar la castidad como un valor supremo...ya parecía Víctor Hugo que durante su juventud romántica llegó virgen al matrimonio según su biografía bueno sin ir más lejos: Kaká realizó el mismo proceso. El mayor error de mi vida. Podía haber jalado todos los cursos y no me hubiera sentido mal por ello…pero esto fue una oportunidad perdida por tener una novia en mi adolescencia y contar esa experiencia a mis hijos.


Al principio traté de ingresar a La Católica por medio de la academia, me dedicaba horas a entender los complicados procedimientos matemáticos...pero era un esfuerzo inútil. Era una analogía de mi desastre sentimental con Corina, por más que lo intentara, nunca lo lograría. Había escuchado que ella estaba en la Agraria ¿ella nunca mostró interés en la ciencia o la botánica públicamente? Me contó que quería estudiar administración. Yo apoyé su brillante idea de manera entusiasta hasta el punto de la adulación para que me tomara en cuenta y aceptara tener una relación conmigo por mostrar afinidad.


Ahora estaba en un hueco que le llamaban aula: todos apretados, en sillas incómodas y pequeñas. Para mi era un suplicio. Tuve que traer una silla de plástico de mi casa. Poner atención me costaba, “llegaba matado a mi casa” a pesar de que vivía a una cuadra de la academia…yo tenia un colega que vivía en Trapiche, una zona del Cono Norte para mi representaba el fin del  mundo conocido, pero lo mas gracioso del asunto eran sus mejores calificaciones sobre mis exiguas notas. Me sentí desbordado por el nuevo sistema de la academia. Tratar de aprender en cuatro meses lo que no aprendiste en una década en el colegio era una tarea hercúlea. Los simulacros de examen, era como si me mandaran al paredón todo el tiempo. Siempre salía en los últimos puestos...por lo menos me consolaba en que hubiera gente que estuviera peor que yo cuando revisaba la lista de los primeros lugares. Aquello me desesperaba terriblemente  Envidiaba a los chancones de aire despreocupado. Parecían que no se hubieran cortado el pelo en siglos y daban la impresión de poseer sobrenaturales para sortear ese nivel de dificultades.


Tenía la intuición de que no saldría vivo de esta prueba de fuego. Estaba condenado de antemano a perder por mis bajos resultados en matemáticas. Mi salvación cayó como maná en la opción de entrevista. Además de ser fácil, podía explayarme e impresionar a todos. Ya lo había hecho en exposiciones sobretodo los de historia, la improvisación era mi mejor recurso que hacía que las palabras brotaran. Tras una fácil prueba de conocimientos y cultura general para estar en la entrevista, pude cumplir mi meta. Representaba una prueba de iniciación donde uno se convertiría en hombre. Me hubiera gustado que Corina estuviera presente para que me diera ánimos. Extrañaba su figura fantasmagórica en mis momentos melancólicos. O siquiera le interesaba mi suerte como amigo, la amistad estar por las buenas o por las malas. Aunque le hubiera dado mi correo creo que no me hubiera hecho algún tipo de llamada. Sospechaba de su indiferencia.


Tras una angustiante espera, donde faltaban mis nervios de acero. Salí invicto de esa gran batalla. Mi única arma que utilicé fue la palabra, la más dulce de las virtudes humanas. Sentí que me había quitado de un peso de encima. La entrevista hizo que mi oratoria tuviera un papel brillante parecía el pre adolescente Jesús cuando impresiono con sus conocimientos a los maestros de la ley en el templo. Mi plan B de ingreso funcionó. Lo festejé como si hubiera ganado el mundial o salvado a la humanidad de una catástrofe nuclear. Mi madre soltó unas lágrimas de emoción...cuando dio las palabras alusivas por tener el orgullo de que su primogénito ingresara a la universidad. Festejamos mi triunfo en una pizzería bonita en la intersección de las avenidas Sucre y Bolívar. Quizás en el fondo de su corazón, Corina estaría feliz de saber que su amigo ha obtenido el éxito.


Unos meses después, comencé mi debut universitario en una tarde de marzo. La travesía a mi alma máter fue chocante al ir en micro. Durante cuatro años iba a pie al Jorge Polar, el recorrido era de unas cuadras. Ese recorrido me hacía feliz, pero en el autobús fue horrible mi primer viaje con esa música atorrante que me daba mareos, el calor sofocante del verano y tanta vulgaridad. También me daba escalofríos cuando se llenaba y tenias que pagar en una ´posición humillante mientras te asfixiabas en “esa lata de sardinas móvil” .El aspecto calamitoso de los vehículos me horrorizaba...no creí que iba a aguantar. Una vez cuando veíamos “El Pianista” le dije a mi madre que “las combis” eran similares a los vagones de ganado que los nazis usaban para transportar a los judíos a Treblinka…ella pego un grito de incredulidad por tamaña comparación que le pareció una exageración, bueno en el fondo tenia razón.  Salir de las fauces de esos monstruos metálicos era como desafiar a la muerte.


La universidad San Martín, cuando la vi era un conjunto de bloques de apartamentos gigantes que se manifestaban imponentes. Como si mostraran el poder omnipresente de la sabiduría. También la pequeña estatua del santo patrón San Martin de Porres que nos daba la bienvenida a los recién llegados. Corina y su recuerdo melancólico no acecharon mi mente. Con las ilusiones que hice, no tenía cabida para las frustraciones del pasado. Al entrar en mi aula...descubrí un universo diferente. Sentí que volvía a nacer. Las chicas vestían provocadores shorts, mostrando esas gloriosas columnatas. Parecía que iban a la playa y no a las clases...parecía que iba a entrar en el paraíso. Lo más fascinantes de ellas era que se pintaran las uñas, especialmente de color rojo, aquello despertaba el libido. Era un hombre libre en ese instante.


Descubrí una tribu nueva no contactada que tenía grandes ideas, careciendo de los grandes prejuicios de mis compañeros de escuela. La religión y el la educación cívica que nos asfixiaban con peroratas y perogrulladas eran historia. Rompía varios tabúes e incluso jugaría a ser iconoclasta. Creí que iba yendo a Oxford o a Cambridge en medio de una visión que idealizaba la sabiduría en medio de esos primeros días.  Ahora podía vomitar mi gran rebeldía, inconformismo y creatividad. Parecía que soñaba estar en mi propio Edén, creado por mis ideales. Estaba con la gente que siempre quise estar. Tratando de cosas más profundas, dejando de al lado el simplismo que caracterizó las amistades de la secundaria.


También aprendí a ser más independiente, a gozar de la libertad. Lo único que jodía mi idílica vida universitaria eran los exámenes, me quitaban tiempo valioso para seguir estudiando esta nueva tribu en la cual me creía un afamado antropólogo. Entre tanto empecé a incursionar en las redes, me sentía un descubridor de la teoría de la relatividad, cuando me inserté a ese mundo virtual donde uno manejaba su destino. Aunque al principio lo hice para jugar un videojuego vicioso llamado “Crazy Combi”  a la que sometía mis nervios a una tensión máxima. Pude enterarme la vida y milagros de mis viejos camaradas. Comentando sus fotos, supiendo sus extravagancias, manías entre otras cosas. También ver como sus cuerpos y mentes cambiaban por el paso del tiempo y encontraba cosas sorprendentes. Podía revolver el pasado al identificar las caras que uno ha conocido en la vida.


Cuando me hartaba del mundo virtual, me reunía con mis viejos colegas para saber que fue de sus vidas tras terminar el colegio. Mencionábamos las anécdotas que hicimos, también preguntábamos por algún compañero que se supiera algo de su existencia por más modesto que fuera el indicio. Corina apareció mencionada en esas conversaciones llenas de nostalgia. Me contaron que ella era una modelo vestida “en tanga”. Me sorprendió mucho saber la transformación de una puritana a una top model. Tuvo una breve y gran metamorfosis. Pensé que era un rumor y me di aires de investigador en este caso. Así podría corroborar si ella tuvo una gran transformación, en el fondo de mi corazón me sentí escandalizado de que ella se volviera una odalística. Pero quedó en palabras y como dice el refrán “las palabras se las lleva el viento”. Aunque de vez en cuando visitaba mi colegio quizás para saber alguna información de ella. Aprovechaba cualquier pretexto para hablar con mis maestros para saber de algún ex alumno que los haya visitado. Conversaba con mi antigua profesora de geometría, cuyo curso se asemejaba a la “tortura del submarino de Guantánamo”. Siempre me decía amigo. Era una mujer menuda digamos bastante, me llegaba a la cintura. El contraste entre nosotros era impresionante.


Me gustaba el nivel de confianza que teníamos. Hacía poco se casó con el profesor Curioso que me enseñaba historia, mi curso favorito, teniendo un par de gemelos. El maestro que me revelo la verdad acerca de que el neoliberalismo era una aberración moral, cuando hablamos en una clase acerca de los TLC que firmaba Perú a diestra y siniestra. La docente también había enseñado a Corina en la secundaria, parecía que según presencié se llevaban muy bien ambas. No pude evitar preguntar por ella. Tal vez me aportaría algún dato nuevo, por más mísero que fuera. Ella me dijo que no sabía mucho de su pupila favorita. Tampoco sabía el rumor o noticia casi confirmada que Corina ahora desfilaba en bikini. Le daría un infarto por tamaña verdad o reaccionaría con calma considerándolo un capricho pasajero. Hay cosas que me gustan dejarlo en el misterio. La verdad a veces es mejor no saber. También le pregunté por otro de sus ex alumnos que la visitaban, me respondió con melancolía y satisfacción que si pero eran muy pocos. Aquella respuesta me dio una cierta desazón.


En mis ratos libres, me dedicaba a resolver crucigramas haciéndolos con pasión religiosa. Mi abuelo que en paz descanse, heredé ese hobbie. Así podía ejercitar mi mente, haciéndole hacer mil planchas y pesas. Por ello tengo una excelente memoria. Parecía que bailaba con la dificultad en medio de descubrir autores de obras que nunca leí, frases celebres, regiones que solo viajaría por la imaginación y conocer a los personajes que moldearon la historia. Y si no podía por lo complicado que era recurría a mi amigo que siempre fue mi compañero de batallas “El Google”. Al acabarlos me dirigía al puesto de crucigramas, tenía la vana esperanza de ganar algún premio. Tal ve no lo obtendría...pero hay que intentarlo. Lo mismo me pasaba con las chica, algún día una de ellas se volvería mía.


Pasaron dos años, ya cumplía 20 años. Tenía un buen tiempo en la universidad, tenía al mundo entre mis manos. Pero quería hacer cosas más íntimas y novedosas. Durante mucho tiempo mis amigos me contaban acerca de sus hazañas sexuales en las cuales fingía fascinación ya que en el fondo eran fanfarronadas o exageraciones de todo tipo. Yo era más humilde en ese aspecto...pero la edad me apuraba para que diera “el gran salto adelante”. La archiconocida canción de “Los Prisioneros”. Cuya melodía pegajosa resumía ese deseo latente. Perdí cuatro años valiosos de mi adolescencia por perseguir una bella utopía, sin intentar explorar buceando los mares de Venus. Ahora me ponía al día en todo lo que fuera concerniente al sexo. Revisaba todo material que tuvieran posturas eróticas, pubis peludos sin afeitar y mostraran senos. Empecé a coleccionar como un naturalista, al principio en un folder donde pegaba fotos recortadas de los diarios. Especialmente de Madonna cuando tenía veinte abriles y desfloraba una gran sensualidad, cuando todavía era una anónima ítalo-americana en busca de su destino. Luego de la adquisición de la laptop puede explorar mis fantasías que mantenía oculto en mí ser.


Si esto hubieses ocurrido en el tiempo que conocí a Corina, lo hubiera considerado un sacrilegio, una de las más viles traiciones a mi ideal. Cada vez me iniciaban el aspecto de la iniciación. Como si ese proceso me convertía en un ser superior. A pesar de la libertad, no lograba concretar alguna relación apenas unos coqueteos. Pero en mis suelos fantaseaba con algunas chicas en varios aspectos. Con tanta psicodelia sexual, no podía fantasear con Corina, ni como le habían crecido las tetas, si sus caderas estaban ensanchándose o si se masturbaba en la transición para ser mujer. Los hombres a veces les gusta recordar a sus ex novias, pero yo no lo lograba recrear esa imagen mental. Jamás intenté jugar a ese juego donde exploraba la sexualidad de “la beata”. En sentido ético había traicionado mis ideales de encontrar a una chica casta y pura. Era quijotesca mi utopía.


Llegué a una terrible conclusión, tenía que ira una casa de citas. No porque fuera un acto inmoral sino gastar el dinero ahorrado, fruto de vueltos o el regalo generoso de mis tías. Pudiendo con ello comprar revistas, DVD o más pornografía. Las películas han sido influencias en mi vida para tomar esa decisión una de ellas: “La ciudad y los perros”, en donde el protagonista se inicia con una “mujer alegre” que puede ser su madre. Ese sutil incesto me excitaba muchísimo. La lección era que “un hombre debía lanzarse a la piscina”.  Siempre tuve una visión rocambolesca de los burdeles, llenos de música y colores estrambóticos como “el Huatica”. Ese que Manco Capac enseñaba a los parroquianos, ávidos de aventuras libidinosas. Un amigo me contó que se fue al “Cucardas”, que se encontraba en la AV Argentina. Escuchar ese nombre, me causaba pavor. Escuché historias de que era un sitio muy peligroso por los asaltos. Eso daba más miedo que contraer sífilis o gonorrea. Barajé la idea de incursionar al “Trocadero”, otro en el Callao. Pero el temor a lo desconocido me dominaba.


Los diarios chicha me ayudaron en mi búsqueda angustiante de no morir virgen, como esos soldados casi niños que mueren en la guerra sin probar mujer. Me mostraban las direcciones más cercanas a mi casa: eje Lince o Jesús María. La mayoría se situaban lejos, solo pude encontrar unos sitios que se contaban con los dedos. Encontré uno que se ubicaba en la AV Arenales a unas cuadras de una importante galería comercial, donde matábamos junto a un amigo el tiempo en las cabinas de internet: jugando a ser asesinos como los integrantes del “Grupo Colina”. Se podía encontrar mangas y figuras de acción.  Con él  iba a las cabinas, le apodaba “Señor Rusia” por el personaje de un anime llamado Hetalia. Era un chico rubio y de ojos celestes que se asemejaban a los soldados de la Waffen SS  y tenia un amplio sentido del humor que me fascinaba cuando daba su opinión acerca de temas de la absurda realidad nacional. No era partidario de ir a lupanares, ni sentía el deseo apremiante de satisfacer su libido. A pesar de que le vacilaba el hentai...su conducta era rara, siendo tres años menor que yo. No quería sospechar que era gay, pero tenía otros amigos apoyando mi idea.


El 1 de julio, hacía una semana salía de vacaciones. Decidí a gozar comenzando a decir adiós a mi castidad. Tenía que pasar de la teoría la práctica. Tenía un poco de miedo...pero sentirlo daba importancia a mi misión, cogí el dinero guardado en mi cofre e inventé una coartada perfecta para que no sospecharan. Cogí el microbús destartalado y de colores rimbombantes llevándome por la Bolívar llena de huecos. No me encontraba nervioso ni excitación, era un sentimiento raro.

  


Llegué a la Arenales, ese era mi principal referente. Empecé a preguntar a los transeúntes donde se encontraba la dirección, sobretodo a los dueños de las tiendas que conocían mejor la zona y así no perderme. Mi corazón latía a mil por hora por cada paso que realizaba, sentía que una sombra asesina iba tras mis pasos. A veces tenía ganas de desistir y dar marcha atrás. El ambiente callejero me daba lástima y temor por su lamentable estado. Pero de pronto supe que me era familiar el sitio, cuando divisé el cuartel de la FAP: antes una mansión destinada para alojar al pingaloca rey español Alfonso XIII de Borbón para visitar el alguna vez virreinato que gobernaron sus antepasados...frustrada por una revolución popular, ahogada en sangre y fuego por “el Capitán Chapatín”. Pero eso ya es otro tema.


Al llegar a la dirección, me sorprendió que estuviera tan calmada la calle. Solo vi el letrero que decía “hostal”. Me contaron historias morbosas acerca de lo que ocurría adentro...ahora era parte de esa historia. Era increíble que sitios como este estuviera delante de todo el mundo y este actuara como si nada. Colindaba el sitio con una tienda y yo como un tarado pregunté al bodeguero, como si espérese su aprobación entrar allí. Al confirmarme la naturaleza del sitio, me animé a explorar lo desconocido. Al entrar tuve que subir por unas escaleras que me daban vértigo por estar demasiado inclinadas. En vez de subir iba bajando a una catacumba donde no saldría vivo. Como quería que los peldaños nunca se acabasen, mi temor se acrecentaba por el silencio.

Ni en ese momento tan vital pensé en porno para prepararme para “la madre de todas las batallas del campo de Venus”. Luego de un angustiante ascenso, llegué a la recepción. Se encontraba un señor flaco, con una barba rala, vestimenta deportiva que daba la impresión de esperar a mi u otra persona. Pregunté si tenían alguna habitación disponible o cuanto debía pagar. Me señaló una cuyo número no me acuerdo, mis piernas temblaban de miedo creí que habitaba “Medusa” u otro monstruo mitológico que me iba a comer “mi pajarito “o algo peor. Toqué la puerta con suavidad y escuché una voz ronca que me hizo estremecer.


Abrió la puerta, lo hizo con una amabilidad extraña. A la puta apenas reconocí su rostro, tenía el pelo oxigenado, como las meretrices que se ven en las películas. Aunque juzgué la poca originalidad que tenían- vestía como una vedette que había sido abucheada en el escenario, llevaba unas botitas negras de tacón. El cuarto era oscuro, contaban con una cama y un televisor encendido con volumen fuerte. Supuse que era para que no se oyeran los gemidos. “La caja boba” trasmitía una telenovela colombiana, lo supe por el dejo que hablaban los protagonistas. Puse el dinero sobre una pequeña mesa, me sentí un poco aliviado de que no me pidiera una cantidad mayor. El ambiente del cuarto no ayudaba mucho a incitar el deseo erótico. No tenía escenas del kamasutra ni algún color excitante...si hubiera estado en los burdeles de Pompeya mi libido explotaría como el Volcán Vesubio que destruyó esa ciudad pecaminosa. Bueno yo me quité toda mi ropa salvo mis calcetines y un polo. A veces me pregunto si es de mala suerte, hacer el sexo con las medias puestas. Dicen que traen mala suerte.


Me senté al borde de la cama y le pedí de manera caballerosa a la trabajadora sexual tocarle sus tetas...es que era lo único destacable que tenía. Su pelo teñido de rubio le quitaba erotismo. No pude reconocer bien su rostro al sentirme tan ruborizado por ser la primera vez.  Me hubiera gustado que usara pantis para incitar el deseo. Ella insistió en que le obedeciera...yo dejé de insistir para evitar una mala reacción ya que era mi primera vez. A veces sería bueno que las meretrices siguieran los consejos de sus clientes, sobretodo “los cachimbos”. Parecía que le vacilaba más tirar con “tipos experimentados” que con novatos bobalicones como yo.


Yo me tumbé en la cama y ella se recostó sobre mí. Toqué por primera vez las tetas de una mujer, era un excelente pedazo de carne que masticaba con placer. Pero “el órgano vital” no participaba en la fiesta, ella empezó a advertírmelo...Pero yo seguía empecinado a tocarle “las toronjas”. Cambiamos luego de postura: una de ellas era la del perrito” donde comenzó mi fiasco. La puta me dijo con voz melancólica y de reproche dulce que “mi pajarito no volaba”, lo cual me decepciono mucho. Me hubiera gustado seguir aprendiendo pero mi patetismo libidinosa era demasiado para ella. Me cambié rápidamente, le pagué y salí como si estuviera huyendo de alguna plaga, comparable a las que sucedían en la edad media. Me crucé en la entrada con un joven bien vestido que se dirigía a otra habitación.


Caminé cabizbajo como si hubiera sido derrotado mil veces en Waterloo. Mi debut fue un fracaso miserable, no me sentía mal por trasgredir alguna ley moral, ni sería ni la primera ni última vez que lo cometía. Las calles llenas de vida, me hicieron recobrar  con su bulla y anuncios de neón ánimos ante mi derrota miserable. Me hubiese gustado comprar un DVD o por último una gaseosa...pero solo tenía un miserable sol para regresar a mi casa…que rabia sentía no solo por fracasar en mi primera vez sino por no tener dinero. Pero este episodio me dejó grandes lecciones que aprendí prácticamente a “cocachos” en sentido figurado como decía Nicomedes de Santa Cruz. Por lo menos tuve el privilegio de tocarle “las teteras” a una chica de la calle...me hubiera gustado hacérselo a alguna compañera bonita si tuviéramos la oportunidad de intimar. La experiencia en el burdel me liberó del yugo sentimental de Corina. La maldición parecía que se iba a romperse.

Regresé a casa sin muchos ánimos, tuve suerte de que mi madre no me hiciese muchas preguntas incómodas. Jamás me gustó que las hiciese hacen recordar a veces a la niñez donde tus padres controlaban todos tus movimientos. Yo no sé mentir bien, como lo hacen los políticos o los adúlteros en ese aspecto he fallado miserablemente. En la noche mientras escuchaba canciones que hablaban del amor en la radio, me sentí extraño, idiota y un poco mal. Había tratado de acostarme con una puta, pagando por el servicio y oía canciones que alababa el sublime sentimiento del amor desinteresado. Aquello tenía tintes surrealistas. Me sentía como un cura que había violado su juramento de castidad y meditaba amargamente acerca de sus actos, mientras rezaba mil avemarías y cien padrenuestros para arrepentirse del hecho.


Me tomó unos días olvidarme de aquella frustrada experiencia. También de no sentirme culpa de hacerlo con una “dama de compañía”. Odio sentirme culpable de mis actos, soy partidario de la idea del “súper hombre” o “Ubermench” como predicaba Nietzsche. Que había superado el bien y el mal, para él solo existe el poder y nada más. Yo deseaba a veces en mis sueños más locos evolucionar en ese concepto. Volví a mis investigaciones históricas, a esbozar varias ideas literarias, pensando en los futuros escenarios donde ejercería mi profesión como periodista, historiador y novelista. Me imaginaba que cubría una guerra civil en UK que se había convertido en un califato islámico allá por el 2038 0 2039 como mi héroe “Tintín” o sentirme como los personajes de esa novela de Hemingway “Por quien doblan las campanas”.

Incursionaba con más frecuencia en las redes sociales, navegar por ese universo...hasta me di el lujo de coquetear de manera inocente y sutil con la novia de un amigo por este nuevo medio. No la deseaba de  tenerla conmigo…sino como una metáfora de un sueño incansable. Ya la había visto el culo  y sus senos no tan grandes una vez. Tenía un cuerpo agraciado, unos ojos gitanos penetrantes, piel canela y un pelo esponjado pero no era de mi tipo en sentido espiritual. Fantaseaba a veces como ese dios rubio la hacia perder la virginidad en medio de un placer exuberante, como era la intensidad de su gemido, cuantas veces le tocaba sus muslos o las teteras…entre otras fantasías sexuales. Me comportaba como un adolescente obsesionado con el sexo y probar con curiosidad científica

Cuando vi a Corina, transformada en otra persona. Tuve que luchar contra mi incredulidad. La chica que conocí como “una beta” tan santa como “Santa Teresa de Jesús”. Ahora era todo lo contrario que vestía un bikini de rojo fulgurante, con una sonrisa importada, tacos altos, pantis de coco y cabello suelto que se veía en la revista deportiva tipo sensacionalista “Depor”. Su metamorfosis me parecía cómica porque no me cuadraba en mi mente. Nunca vi a Corina interesarse por los deportes, no destacaba mucho en educación física, ni leer siquiera de casualidad alguna revista aunque sea la del supermercado. A la chica que veía vestida con ese traje fascínate era otra persona que había suplantado su identidad. Le mandé una solicitud de amistad para que se agregue a mi larga lista de conocidos virtuales…bueno hasta no me lo responde pero yo sigo esperando que le interese mi caso. Tal vez tenga miedo no sé o le haga recordar un pasado excesivamente recatado a la que extirpo apenas termino el colegio. Con Corina descubrí que el amor es una estupidez. Aprendí a valorar mi libertad y no dejarme esclavizar por los sentimientos. Corina fue mi primera utopía, producto de una mitificación e idealización ridícula, que lo soporté y sobreviví para contarlo.