sábado, 8 de septiembre de 2012

Las siete infortunados



Siete es el número de la buena suerte, Siete enanitos, Siete pecados capitales, Siete colinas tiene Roma, Siete el número de la victoria etc. Pero esta cifra maravillosa no salvaría a siete almas del brutal juego de dados que somete la muerte a la gente todos los días. Mostrando una vez más que los números no determinan el sentido el destino de la gente ni siquiera a la hora de partir “al más allá. El primero de ellos era Gleber Saturnino Saavedra Yupanqui, era un mocoso limeño de II generación, cuyos padres provenían del departamento de Puno. Era un chico flacuchento, peinado medio emo, vestía traje estilo rapero.

El adolescente vivía del parque Arcoíris, en una casa de dos pisos con colores ocre y naranja, frente al nido “Pasito a Paso”. Vivía con su madre de nombre Graciela que se había puesto fea y gorda con el devenir de los años, su hermana mayor Imelda vivía de manera independiente y el chico solo pasaba en su vivienda solo para dormir la mayor parte del tiempo. El resto del día lo pasaba en dizque “trabajos de la academia” o fiestas de amigos. Detestaba estar allí, la presencia de su mamá con sus conversaciones aburridas junto a otros parientes tan angurrrientos como ella que hablaban de temas intrascendentes: hablar de problemas judiciales por unos terrenos de X sitio, sobre las desventuras familiares y las quejas de cuán displicente se ha vuelto la juventud.

Gleber escapaba de ese infierno cacofónico yéndose a su cuarto que era un santuario lleno de pósteres de jugadores del Barza, Real Madrid y Manchester. También andaban desparramados por el suelo cientos de DVD piratas...pero el reproductor se encontraba en la sala y ver sus películas favoritas era un martirio para él ya que la presencia de su progenitora le incomodaba bastante con sus preguntas incómodas acerca del tema del filme o algún contenido controversial. Su cultura cinematográfica era bastante convencional en todos los sentidos, eran de tipo mercantil esas olvidables. También en su habitación se veía discos de música tirados en el suelo, mostrando que sus gustos musicales eran mediocres se podía contemplar como latin pop, electrónica, algo de salsa dura, reggaeton y wachiturros. A duras penas había escuchado a los grandes músicos clásicos como Beethoven, Mozart menos de los Beatles o los Roling Stones. Todo se reducía a la moda POP.

Su escasa capacidad intelectual y su mediocridad lo hacía un ser despreocupado, así no se complicaba su existencia con el mundo que lo rodeaba. Era un estudiante promedio que nunca le interesó destacar. No era ni vago ni “chancón”, aunque pasó muchos cursos rozando. Tras terminar la secundaria, iba a engrosar la enorme fila de adolescentes que engrosarían en la “lista de carreras técnicas” que era la moda estudiantil de ese entonces. Deseaba estudiar en un instituto tecnológico de nombre raro para obtener un trabajo de manera rápida aunque sea técnico de alguna cabina de Internet.

Su progenitora no podía darse el lujo de llevarle a una universidad privada para ser alguien en la vida...la opción estatal no le convencía. La situación personal con su antigua pareja que era mala por si impedía que se recaudara algo de dinero para los estudios del joven. Hacía años que su padre Rubén que se había desentendido de los asuntos que tenía pendiente con su ex mujer. Tenía un nuevo compromiso con una chica que era más guapa y menos rollo que progenitora. Muy pocas veces lo veía pero a Gleber jamás le preocupó. Su madre era “mamá y papá” al mismo tiempo. Compartían al afán utilitarista que enfatizaba ganar dinero, buscando estudiar una carrera corta y rentable en vez de estudiar esos cursos de mucho estudio y poco trabajo. Ella tenía sueños de grandeza de que su prole se hiciera millonario de la nada, como en los programas de la TV que veía y mearse por fin sobre “esos pitucos alienados”.

Pero Gleber, no tenía interés en construir castillos sobre el aire, sino en coordinar con su novia de extravagante nombre Kerly Reinafarque. Sus fotos que veía en la pantalla del ordenador se mostraba una chica desenfadada y mostrando cierto histrionismo con su poses. Su conversión en mujer se había realizado de manera temprana, además se destacaba por tener una voz aniñada. Le encantaba vestirse con pantalones apretados, faldas cortas y zapatos de tacón alto color rosa. Era agraciada y su cabello ondulado lo cuidaba como si fuera una reliquia sagrada. Tenía un carácter algo frívolo pero tenía un sentido más práctico en cuanto a ambiciones y retos profesionales...más que Gleber. La pareja tenía sus grandes momentos de placer, yéndose a “hostalitos” donde a costa de ahorros y a préstamos donde mentía descaradamente. El condón era al amigo cuasi infaltable aparte de la cerveza para calmar los nervios que eso conlleva. Los encuentros eran óptimos y era mejor que recurrir a una puta que no le interesa que el cliente sea bueno o malo... sino cuanto dinero aportaba.

Pero presentían que su relación iba a terminar apenas ingresaran a estudiar sus respectivas carreras: ya que la distancia, el trabajo y otros chicos/chicas harían imposible que ello continuara. Él lo aceptaba casi con resignación contemplar el final de todo esto. Pero había servido como experiencia para futuras relaciones más duraderas. Entretanto, el par de “tortolitos” chateaban y arreglaban el momento para reunirse en el cine Garzón para ver alguna película tonta que estuviera dando en la cartelera. Bueno el encuentro no terminaría en sexo como en otras ocasiones. El chico había ahorrado para pasarla bien con su novia...pero este encuentro no se daría debido a un brutal capricho del destino.

María Eugenia Larraín Bordoni, se sentaba en el asiento del copiloto de un auto Daewoo de reciente fabricación. Era una joven con cuerpo de señora, era un poco gorda y su cabello lo tenía medio teñido de rubio, además le encantaba hacerlo lacio. Mantenía una mirada distraída en su cara. Llevaba puesto una casa negra que la hacía parecer la novia extraviada de un “Hell Angels”. Vestía botas de tacón alto y una falda de jeans apretada que no le caía bien. Sus tetas se balanceaban sin gracia. Le acompañaba su novio, “un cholo recio”, que hacía que se le aguara la boca.

Su nombre era Alfonso Reyes, era de contextura fuerte que usaba pectorales y tenía unos tatuajes en su torso. Tenía un carácter más sencillo y sus respuestas eran ágiles. Le encantaba vestirse con ropa supuestamente de marca para lucirse con sus pares. Era el alter ego de una masculinidad que hacía sentir protegida a María Eugenia, no era un ser humano sino descendientes de aquellos dioses que crearon el mundo mágico de la Pachamama. Le deleitaba comer esa carne ítalo-criolla en los íntimos encuentros que tiene toda pareja. Estaban de novios desde hacía tres años, cuando comenzaban sus carreras respectivas: Comunicaciones y Turismo en la “Harvardtin”. La pareja se dirigía al cumpleaños de un “nerd” que había hecho la convocado la reunión por medio de facebook teniendo gran acogida.

El homenajeado, Guillermo Hilares ,era uno de los estudiantes más cultos y un poco irreverente de la clase. Se destacaba por su gran memoria, recordaba fechas, personajes ilustres, obras y hasta frases célebres. También le vacilaba usar palabras rebuscadas y usar agudas metáforas. Aunque para la vida diaria era un patán de primera. Podía acordarse con lujo de detalles la batalla de Ayacucho...pero le era imposible recordar algún encargo de su madre o el cumpleaños de alguno de familiares. Pero este genio tenía muchas limitaciones sociales, debido a su intolerancia e irritación con las personas que no compartieran su amor por la sabiduría ..pero en el fondo era una buena persona. A veces sin querer podía dejarlos mal parados a sus colegas cuando los ametrallaba sin piedad con alguna de sus brutales preguntas, le decían que era una “enciclopedia humana”.

En el auto que conducía Alfonso, se escuchaba con estruendo la música de “Pitbull”, un rapero cubano-americano cuyos canciones brotaban lujo, poder y lujuria que no se veía desde los tiempos de Heliogábalo. Ese era el himno religioso que acompañaba sus fiestas tipo discoteca. En la parte trasera del vehículo se sentaban tres chicos que conversaban de manera ruidosa y revisaban sus Blackberry y Iphones para ver sus mensajes o la dirección correcta de la casa del “nerd”.


Entre ellos se encontraba Tatiana Alexandrovna Gonzáles Petroyev, hija de un coronel de la FAP que estuvo piloteando aviones mig 29 cuando todavía existía la URSS como super potencia y una rusa amante de las muñecas matrioskas. Se destacaba por el carácter dicharachero de los peruanos y no la melancólica idiosincrasia de los habitantes de la patria de Tostoil. Era una chica de cabellos rubios y largos, tenía contextura delgada que la hacía parecer un ser delicado como el baile grácil de Ana Palovna. Su apariencia también reflejaba la bondad representad en las heroínas de las novelas de Fedor Dostoyesky.

A su derecha se encontraba otra de las amigas extrovertidas del grupo: María Paz Ocampo, mujer volupuosa, de cabellos de intensa negrura, piel canela y unos ojos morenos intensos. Tenía unas piernas espectaculares que le encantaba ponerlas descubiertas cuando iba a las grandes fiestas que se celebraban en las casa de sus amigos. Trabajaba como camarógrafa de una programa de la TV, que combinaba la seriedad con la comedia irreverente de sus conductores. En las redes sociales publicaba fotos con gente famosa que pertenecía a la decrépita farándula local, era una testigo privilegiado del mundo del espectáculo que se veía cara a cara con las estrellas de Choliwood.

Miguel Luna Mouriño, era un joven de cabellos medio ondulados y piel oliva. Le decían cariñosamente “señor Moon” y gastaban bromas acerca de su virilidad ya que no proyectaba una imagen de macho, su carácter era un poco amanerado tenía una voz delicada. . Era un disyokey de las discotecas más exclusivas del sur de Lima, la música que nublaban la mente a las personas que se entregaban al baile frenético. En las clases se quedaba dormido por quedarse hasta altas horas de la madrugada ere preferible convivir con esa bulla que aprender conceptos aburridos.

Tenía un polo de un grupo metalero más una casaca negra, se reía estruendosamente de la conversación que emitían las “cotorras humanas”. Lo gracioso es que hablaban poco del cumpleaños que iban a celebrar ya que estarían de paso ya que era una especie de “bocadillo” . El plato fuerte estaba en las grandes discotecas de Lima Sur. Pero el momento no llegaría porque la fatalidad les cerraría el paso...el vehículo que se paseaba orondo por la avenida se dirigía a la intersección mortal de la calle Lincoln.

Carlos Villaroel, regresaba del gimnasio del BCR tras una maratónicamente jornada de entrenamiento físico que había culminado relajándose en el sauna, luego de darse un ducha fría. Era un hombre maduro que pertenecía a la clase media, alta, de cabello medio crespo y de contextura mas o menos musculosa. Llevaba en su brazo izquierdo un bolso de color gris que llevaba sus ropas. Vivía en el condominio que se hallaba prácticamente al frente donde se encontraba. Deseaba darle un beso a su mujer, saludar a su retoño, comer algo y ver que partido estaban dando en la tele.

Aprovechaba sus vacaciones de un mes para ejercitar su cuerpo y darse un merecido descanso luego de su arduo trabajo como periodista deportivo del diario “El Comercio”. Cubría los partidos del alicaído campeonato descentralizado, donde las tribunas se hallaban casi vacías. Era un espectáculo triste ser testigo de la mediocridad y falta de seriedad que representaba el torneo de balompie. A pesar de este patético panorama y presenciar las mil y un eliminatorias en que la selección nacional jamás podía clasificar a un mundial ni siquiera de fulbito de mesa o que alguno de los clubes que tenía el esperpéntico fútbol peruano podía ganar la copa libertadores...seguía siendo su sufrido hincha número uno. Además leía las columnas con pasión de Philip Butters acerca de lo pésimo que iba nuestra selección, la corrupción de la federación, cuán incompetentes eran los técnicos y la vida disoluta de los jugadores que solo les interesaba la parranda. Esas lecturas era una manera interesante de analizar la situación del país.

Le encantaba jugar “pichanguitas” con su amiga en la cancha del parque Arcoíris, era un medio campista más o menos bueno que metía unos golazos como “Foquita Farfán”. A veces organizaba fiestas en su hogar y veían los partidos en medio de unas “chelas heladas”. Su esposa Vanessa con quien tenía un hijo de cinco meses, trataba de no molestarse por la afición digamos excesiva que tenía su marido por el deporte rey. Saturaba las conversaciones con fútbol y cuando no hablaban de deportes Carlos se quedaba mustio o decía perogrulladas. Deseaba que le prestara más atención...pero comprendía el trabajo sacrificado que hacía por el bien de ella y el de su pequeño. Llegaba muy tarde por su trabajo arduo e inclusive tenía que viajar a provincias o al exterior, lo cual incrementaba su sentimiento de cierta ausencia por él. Pero el hombre ya volvería para darle un abrazo.

Los siete infortunadas víctimas que la muerte elegía para engrosar el día se aproximaban a su mortal encuentro que se daría en la intersección de Lincoln con Bolívar, dicha zona estaba conformada por la salida de un vetusto almacén donde salían y entraban enormes camiones del tamaño de brontosaurios de la época moderna. Una pequeñez haría que el desastre sacudiera la tranquilidad del barrio y conmocionaría a la prensa por unos días nuestra cabizbaja situación moral. Sus nombres posteriormente quedarían en las frías estadísticas de decesos que producen los accidentes de tránsito. Todos los planes que estos individuos alegremente cotejaban en sus mentes se iban a ir al carajo.

Gleber, estaba sentado en el asiento del copiloto o apodada siniestramente “la cabina del bombardero” ya que en la II guerra mundial era un sitio vulnerable a los ataques del fuego enemigo, debido a que estaba hecha de cristal. Pero el no era consciente del riesgo y absorto en su celular revisando nerviosamente los mensajes que puede estar enviándole Kerly. La puntualidad no era uno de sus virtudes pero por “su amada Dulcinea” era capaz de madrugar. También lo ponía tenso las paradas que daba el carro por más breves que fueran...daba la impresión de que era perseguida por el gobierno o la mafia.

Trataba de ocultar su nerviosismo tocándose las rodillas que le temblaban. El chico le tenía un extraño temor por esa “niña mujer” que lo regañaba al igual que su madre por pequeñeces: llegar tarde a un compromiso, faltar de manera imprevista a una reunión pactada por facebook o no tener el suficiente dinero para divertirse como si ello fuera penado con la cárcel. Este último aspecto recordaba una obra teatral de Berthold Brecht llamada “Mahagonny “ que era una metáfora moral, financiera y social del muchacho. Esa dependencia emocional era el combustible de su pintoresca relación. Su extraña novia era el mal menor frente a su madre que fungía de tirana. Pero un destino peor que alguna humillación que le haría Kerly por alguna de sus equivocaciones...quedaría empequeñecido por el llamado de la muerte.

El nerd, estaba dentro de la sala de su casa por la Calle Luís Galvan. Ya caía la noche, cuando revisaba con cierto detallismo como iba a ser la celebración de su onomástico. Tenía el aspecto del protagonista “raro” de la película “Super Cool” que mostraba con sarcasmo y realismo la decadencia moral de la juventud yanqui. Vestía un chaleco que lo hacía parecer al personaje de Aladino y llevaba unos anteojos grandes. Aunque el anfitrión deseaba que vinieran más sus compañeros de promoción con quienes había pasado ratos memorables en la secundaria. Él no los veía con mucha frecuencia y este era el momento para reforzar esos grandes lazos de amistad.

Se mostraba tenso al estar atento por el sonido del timbre, lo esperaba con cierta angustia y alegría para recibir con cierta teatralidad a sus primeros invitados. Ensayaba las frases de bienvenida que iba a dar viendo si debía usar un tono grave o falsete. Hilares deseaba ver a Tatiana, por su gusto por la geografía especialmente de Europa Oriental. Le fascinaba todo lo referente a la cultura rusa, especialmente su atribulada historia y su maravillosa música representada en Piotr Ilich Chaikovsk un afamado compositor gay que hizo grandes obras musicales que tanto a Guillermo como a Tatiana les fascinaba oír “El lago de los cisnes”, “El cascanueces” y “Obertura 1812”. Aunque este último trabajo musical para la chica no era de su conocimiento musical. Ella englobaba la larga lista de amores platónicos que a lo largo de su vida iba acumulando. Siempre decía “si la responsabilidad/ lectura fuere una mujer me casaría con ella”. Eso mostraba que prefería las relaciones idealizadas que las reales para no tener una vida llena de sufrimiento sentimental.

Mientras que el chico esperaba a sus invitados, un camión que salía del almacén como los monstruos que salen de las entrañas del Averno. Su tamaño era de temer entre los automovilistas, debido a que tenía que redoblar esfuerzos para hacer un simple movimiento. Esto dificultaba el tránsito por unos cinco minutos que se hacían interminables. Su colores eran el rojo como la sangre y blanco como la dulzura  El vehículo iba a voltear para dirigirse a la Universitaria...cuando ocurrió el plan macabro de la muerte.

Un tico amarillo se cruzó con el “mamut rodante” y para evitar atropellar a este “ratón de cuatro ruedas” se estrelló contra el suelo al carecer con la maniobrabilidad que tanto esfuerzo le tocaba hacer. Ahora se desencadenaba el brutal caos en la Bolívar. El volquete que tenía los contenidos llenos de productos industriales destrozó los árboles y se estrelló con el auto Daewoo, que intentó frenar pero era demasiado tarde y se empotró brutalmente. Convirtiendo el vehículo último modelo en mera chatarra inservible en unos pocos minutos, se convirtió en una aplanadora brutal.

Entre tanto el micro bus que llevaba al infortunado adolescente tampoco tuvo mejor suerte. Gleber al verlo aproximarse violentamente por instinto se tapó los ojos como si ello por su solo fuera suficiente para detener la avalancha metálica que se avecinaba. Se oían gritos espantosos por parte de los pasajeros...asimismo el cobrador vestido con un uniforme esperpéntico trataba de salvar su vida tirándose al pavimento.

Carlos veía absorto el choque del titan de acero, se quedó pasmado ante la violencia que veía. Parecía que ello lo dejaba hipnotizado hasta sintió que los vidrios rotos que salían del custer silenciado le afeitaban la garganta. Empezó a tocarse suavemente contemplando con horror la sangre que fluía a borbotones por su cuello como si el hombre invisible lo hubiese acuchillado o algo por el estilo. No podía gritar ante tanto horror que experimentaba su cuerpo...se sentía aprisionado por tanto líquido rojo que lo hizo caer por el pavimento. Su mochila gris también estaba manchada de sangre al igual que la cera. El pobre hombre murió irónicamente en la calzada donde se hallaba la fábrica de su alma máter “El Comercio” sin mucho dolor ni sufrimiento.

La madre de Gleber, veía “Al fondo hay sitio” su programa favorito. A pesar de la mediocridad y simplismo de la serie lo consideraba una cuestión sacrosanto tan igual como ser devota “al Señor de Muruhuay” o “la Virgen del Carmen”. No le importaba las despiadadas críticas de su hijo que lo consideraba estúpido o hacerla sentir con sus palabras hirientes tildándola de idiota infantil. Su vástago prefería en cambio ver series policiales como las temporadas de la “Gran Sangre”, donde su personaje favorito era “Mandril”, además también le gustaba ver programas de cable como “Futurama”, “Los Simpson” y “Jersey Shore” este último le hacía explotar su libido por ver esa deliciosa carne ítalo-americana. Para Graciela esa “bazofia infantil” la hacia un ser feliz que que le distraía por una hora y media de su miserable vida personal que llevaba. Las desventuras, patinadas, alegrías y sufrimientos, patinadas y amores de los personajes de los personajes los asimilaban como si fueran suyos. Lo absurdo de ello era la felicidad ante la soledad espiritual que vivía.


Pero justo cuando iba a ver como se desenvolvía el capítulo, fue interrumpida por una noticia que salía del telediario que sacudiría su mediocre universo al anunciar que ocurrió un aparatoso accidente en la avenida Bolívar. Contemplaba con horror esa imágenes tan violentas que habían sido extraídas de algún lugar de Bagdad o Kabul afectado por las bombas. Sus manos apretaban fuertemente el sillón, era como si esa barbarie que emitía la caja boba lo viviera en HD. Ya estaba acostumbrada a este tipo de informaciones que mostraban asesinatos,violencia y paranoia apocalíptica. En medio de este espectáculo que celebraban la muerte con unas maravillosas cifras de rating pudo atinar un grito “Gleber”. Corrió para ponerse su abrigo...su instinto maternal le decía que se encontraba allí.

No imaginaba la suerte que había corrido su prole, no se preguntaba aún si estaba ileso, herido o en el peor de los casos...muerto. Solo corría como una endemoniada al sitio que parecía que hubiera sido devastado por un misil drone. Daba la impresión de que la sangre iba a reventáserle en los pies.al detenerse dio un respiro, se agachó y se cogió las rodillas para tomar descanso, daba la sensación que corría mil y un maratones olímpicos. Respiraba con mucho dolor por todo el esfuerzo que hizo. Vio el turbulento panorama donde afloraba una gran multitud de sonidos, personas y vehículos.Todo era confuso e irreal como si fuera tele transportada por la TV a su siniestra realidad.

En la pista se podía ver los cuerpos ensangrentados de algunas personas que los bomberos sacaban dentro fierros retorcidos de los autos que se hicieron añicos. Alguno de ellos les faltaban sus extremidades y otros no tenían zapatos. Estaban cubiertos de manera improvisada con diarios que apenas ocultaban cuán espantosas fueron sus muertes. Era como “tapar a un elefante con un pañuelo”. Graciela vio un detalle conocido: una zapatilla blanca con rayas rojas tal vez de marca Addidas que le eran muy familiares. Gleber las usaba con mucha frecuencia ese tipo de calzado deportivo. Se tapó la boca con horror por imaginar que podía ser su muchacho pero también pensaba que podía ser otro infortunado adolescente que usaba ese modelo.

Pero el sentimiento de incertidumbre le carcomía el alma. Era momento de saber la espantosa verdad de como fue la suerte de su hijo que representó el amor y el odio al mismo tiempo. Se acercó de manera lenta pero segura y le preguntó al hombre de rojo que descansaba luego de una agotadora faena.

-creo que se es mi hijo- con ademán infantil señalándole ese frágil cuerpecito tendido

-¿ como lo sabe señora? -Mirándole con brusquedad

  • es por una zapatilla que tiene- señalando su pierna izquierda

  • ¿ segura que quiere verlo porque el accidente lo ha despedazado?- respondiéndole con una pregunta angustiosa

  • si salga lo que salga- dando un fuerte respiro y sosteniendo su puño fuertemente

Al sacarle los periódicos que lo cubrían se observaba una escena horrible sacado del alguna película de horror como “Saw 5” o que hubiera sido descuartizado por Jayson con su moto sierra eléctrica. El cuerpo del joven era un desastre asqueroso: perdió su pierna derecha en su totalidad, sus intestinos estaban salidos, su ropa manchada de sangre en su totalidad, su garganta le había rebanado Sweeney Todd, el barbero diabólico y su cara mostraba una expresión de horror ante el destino final.

Al contemplar el cuerpo destrozado de Gleber, parecía que lo hubiera destrozado una bomba y no producto de un accidente. Cayó de rodillas con violencia y quiso llorar por tamaña pérdida pero no podía hacerlo. Sentía miedo e impotencia de no hacerlo...tal vez era por el shock inicial de ver tanta brutalidad, ruido y cosas que no comprendía como la presencia de los periodistas. También sintió que su cuerpo se transformaba en una estatua de sal, como la mujer de Lot al mirar por última vez como era destruida la pecaminosa ciudad de Gomorra. Parecía que le era imposible moverse de su sitio.

Un fotógrafo ,que vestía de manera informal, pasaba por el lugar del siniestro observó lo escena con cierto cuidado. Con sus manos empezó a cuadrar la escena como si fuera la estética de Man Ray. Sin tanta prisa le tomó la foto unas cuatro y cinco veces a la pobre señora que no se daba cuenta de que la imagen de su dolor contenido sería la portada de los diarios más importantes y vendería millones. Parecía que las imágenes tomadas tanto por los paparazzis o los corresponsales de guerra eran eclipsadas por la foto de esta mujer rechoncha, cuyo único mérito era estar en el momento indicado de la noticia.

En la casa de Hilares, se podía escuchar las sirenas de las ambulancias. El joven no se preocupó demasiado al principio ni le tomó mucha importancia. Justo en ese momento conversaba alegremente con uno de sus invitados que era un compañero de aspecto regordete que pertenecía a su antigua promoción de colegio. Compartían las anécdotas que protagonizaron en la escuela, como les iba en sus carreras universitarias y esbozaban planes a futuro. La charla era amena y lo atizaba el vino más los pisco sours. No se preocupaba aún por la llegada de sus demás invitados, ya que tenían la costumbre de llegar un poco tarde a la hora establecida. El nerd parecía que había nacido en el país equivocado, ya que exhibía un cierto comportamiento alienado tirando por lo inglés. Tenía esa manía flemática por el orden, el sentido común y la puntualidad.

Deseaba hablar más que nunca con Tatiana, coquetearla un rato y versar más sobre Rusia (la gloriosa patria de los AKM 47). pero no se hallaba desesperado, deseaba conservar la calma...pero su tranquilidad se vio interrumpida cuando llegó su tía con un aire perturbador. Parecía que había visto con horror a Mister Hyde o a Bin Laden cuando empezó a contar de manera tremebunda que ocurrió un grave accidente en la avenida Bolívar y por eso era la razón de su demora. También dijo que vio por la ventana de su coche cuerpos cubiertos con diarios...además de observar una señora al lado de un cadáver que parecía ser algún conocido, manteniéndose en una posición estática. La tensión afloraba en el rostro de Guillermo cuando su pariente narraba el espeluznante relato, las manos agarraban fuertemente el sofá donde se hallaba sentado. No quería pensar que los chicos que se dirigían a su casa hubieran sido arrastrados por el infortunio.

Se tranquilizaba que todavía aún no llegaban a la zona y por este incidente desafortunado los hacía demorar su trayecto a su casa, así que no se preocupó. En su cabeza no concebía que sus colegas estuvieran entre las víctimas del luctuoso suceso. Con el devenir de las horas, llegaron más gente entre parientes y amigos pero de la gente que esperaba ni rastro...algo sucedía pero todavía no lo sospechaba.

Vanessa se preparaba para ver su telenovela favorita “ Al fondo hay sitio”. Organizaba la cena también como si fuera un ritual ancestral. Ya pudo dormir al bebe y acababa de darse un baño placentero. Se peinaba con parsimonia su lacio cabello castaño, era uno de sus hobbies predilectos aparte de ver esa serie de televisión. A su esposo no le vacilaba mucho el programa y se burlaba de ella por ello, pero no era para un tema de una discusión. A veces Carlos por complacerla lo veía junto a su querida esposa. Incluso veían “ Los Simpson” para cagarse de risa con las idioteces de Homero. A veces sin querer veía la metáfora de su propia relación: porque su amor a veces se comportaba como ese obeso americano cuasi alcohólico que solo le interesaba dormir, comer y dormir. Se identificaba con Marge. La sufrida y diligente ama de casa que siempre pone orden.

Mientras meditaba acerca de la TV...escuchaba un ruido horrible , espantoso, brutal violento, inmisericorde y cruel. Era como si esa cacofonía hubiera invadido su dulce hogar, la chica gritaba aterrada por ese monstruo que iba a devorarla. Se tapó los oídos con fuerza y suplicaba silenciosamente que no despertara a su bebe. Pasada esa conmoción, se quedó inmóvil  daba la sensación de que estuviera afectada por un shock fulminante. Poco a poco empezó a recuperar sus sentidos que la explosión cacofónica le fueron privados. Volvió a respirar con más tranquilidad, disminuyendo la tensión.


Una fuerza misteriosa le conducía a la ventana para contemplar la realidad. Era un grotesco espectáculo de luces rojas intermitentes, bocinas y un enjambre de personas que parecían simples hormigas. Era contemplar la destrucción de Pompeya viéndolo desde una cómoda villa. Como deseaba en estos momentos tener binoculares para poder observar el desolador panorama. No quería imaginarse a Carlos fungiendo como periodista para trasmitir este horrible suceso que sería explotado de manera mediática. Ya que se encontraría con sus colegas y tendría la obligación de ayudarlos. Era otra noche donde se él se hallaba otra vez ausente, detestaba que se postergara otra vez por el maldito trabajo. Tenía la virtud de no tener celos enfermizos, ya que la “chamba” de su marido era sacrificada y no podía ser una mal pensada, debido a la presencia de compañeras en el gremio.

Luego se dio cuenta que existía su bebe, tras ese trance que lo hizo olvidarlo por ver lo que ocurría afuera. Al entrar en la habitación, vio como esa criatura hermosa dormía plácidamente mientras el mundo era sacudido por la tormenta. Se sintió regocijada y se acercó lentamente a la cuna. Deseaba acariciar a ese cuerpo rechoncho y rosado que la hacía feliz. Era un alivio maravilloso que su hijo no fuera afectado por tremenda bulla y por ello Vanessa volvió a cerrar la puerta con lentitud para no perturbar el sueño angelical de su niño. Por unos segundos ella carecía de preocupaciones ni pensaba que el horror de la muerte le tocaría en carne propia.

De repente empezó a oír otro sonido perturbador como el anterior. Era el ruido más detestable de todos: se trataba de nada más ni nada menos que el jodido teléfono. Desde que era una adolescente, que vivía en un departamento en Lince con su hermana, madre y abuela, lo odiaba como quien aborrece a la tediosa profesora de Biología o los testigos de Jehova con su estrafalaria doctrina. El siniestro aparato la hacía sentir un ser solitario donde no tenía voz ni voto. Se comportaba un modo arbitrario que la convertía en una esclava de la pesada de su mama. Tenía unas ganas enormes de asesinarlo como si fuera Ceucescu. Siempre le había aguado momentos felices: Cuando le interrumpía al escuchar a Cindy Lauper en la radio o veía su capítulo de serie favorito como “ALF”.

Pero a medida que crecía la tecnología cuando aparecieron los celulares. Aquella evolución tecnológica la hizo un ser independiente y feliz. Pero cuando se mudó y casó con Carlos a un departamento hacía unos cuantos años tuvo que verse obligada a poner un trasto similar, pero su odio hacía él evolucionó de una forma más amable. Esto se hallaba menguado debido a que le hallaba una cierta utilidad...pero prefería hablar cara a cara con sus conocidos que usar ese “artilugio” que hace balbucear o decir tonterías. Pero esa noche “la creación de Graham Bell” decidió atormentarla con una noticia infausta. La mujer corrió hacía el aparato y contestó de manera apurada como si quisiera desembaarze de un asunto embarazoso.

  • ¿ hola ¿ que ha pasado?- tratando de ocultar su temor

  • ¿ este es el número de la casa de Carlos Villaroel?- contestó una voz chillona

  • ¿ como sabe que es su número?- Con un tono grave

  • bueno hemos encontrado su celular y documento en su chaqueta y queríamos confirmar su identidad. Los bomberos lo han encontrado en la esquina de Bolívar con Lincoln- lo decía con aprensión.

Vanessa se puso nerviosa al oír esa última frase por parte de su interlocutor. Contenía la respiración.

  • ¿ señor usted quien es?- con un tono sombrío

  • soy bombero ¿ supongo que es su esposa ?- al responder con un tono más acelerado al confirmar la identidad del hombre que estaba tirado en la calle que mencionaba.

  • ¿ como sabe que soy su esposa?- preguntó imperiosa la mujer

  • Por las fotos que hemos encontrado en la billetera donde está al lado de una mujer que podría tratarse de usted- lo hablaba de manera calmada en contraste Vanessa estaba destrozada por los nervios.

  • Usted lo ha dicho y vivo al frente- su voz era cada vez más temblorosa

La verdad y la rapidez que supo del destino, le impedían tener emociones. Agarró su abrigo y tomó las llaves. Bajó corriendo del departamento como una gacela perseguida por un hambriento guepardo. Al salir a la calle, se topó con una multitud entre periodistas que tomaban fotos de manera morbosa, preocupados vecinos, nerviosos para médicos y extenuados bomberos. Contemplaba la brutal escena que hacía recordar a los crueles atentados que suceden en Bagdad y que veía a veces por el telediario. Un esplendoroso carro hecho añicos, cadáveres cubiertos con periódicos y el ruido de las ambulancias eran los elementos que adornaban el macabro paisaje. Se abrió paso entre empujones e insultos para llegar al lugar.

Tras un esfuerzo por llegar a la zona indicada por el bombero, que le parecía una gran eternidad. Al verlo encontró a un joven, parecía recién salido de la pubertad. Su juventud le impresionó al asumir temprano temprano esos desafíos que ponía en riesgo su vida. Vanessa miraba con atención al jovencito y al cuerpo tendido de su esposo, cuya cara era cubierta por un periódico. Él comenzó a preguntarle de manera pausada a la mujer, su mirada brillaba al verla.

  • ¿ es la esposa del señor?- mientras miraba la foto de la billetera

  • con ella está ¿ que le ha pasado?- Indicando con su dedo

  • Señora con mucho pesar le digo que ha muerto- lo decía mientras le entregaba sus documentos.

La presencia del efebo la dejaba distraída de su verdadero objetivo: Saber si su marido estaba muerto o vivo. Los dos se miraron como fuera una situación extraordinaria, tal vez era por el atractivo del muchacho cara de niño que destacaba del caótico ambiente en que ambos se hallaban. El breve e incómodo silencio terminó con una pregunta de Vanessa al hombre de rojo.

  • ¿ porque lo dice como si fuera algo normal- indicándole sombriamente con su dedo

  • es parte del trabajo, No crea que soy novato en esta chamba y ya no hay tiempo para las emociones ”- decía con una normalidad que podía exasperar a los simples mortales tildándolo de frío e inhumano.

Pero ella sentía una fascinación temprana por la muerte, simbolizada en sus palabras. Pronto el joven oyó las órdenes de su jefe y se marchó sin despedirse. Lo veía alejarse la multitud, verlo correr le dejó perturbada por la presencia de ese “Apolo rojo”, hipnotizada por su juventud. Tal vez hubiera preguntado por su nombre para recordar esa sensación de pureza que no sentía desde hacía siglos.

Se arrodilló frente al cuerpo. Parecía “La Magdalena” que contemplaba como bajaban a la tierra el cuerpo crucificado de su amado Cristo. Su esposo parecía que se había desmayado por la conmoción y no muerto como decía el bombero. Veía su rostro cubierto por el periódico y la incertidumbre la acompañaba en se crucial momento. Tenía dudas si quitarle el papel o dejarlo como estaba, pero como quisiendo sincerarse con un amigo con una verdad incómoda que traería lastre. Se animó a sacársela de manera lenta como si quitara la venda a una momia egipcia.

Al ver su rostro, su corazón palpitaba de manera furiosa. Carlos Villaroel: el hombre que amaba con sus defectos y virtudes, el fanático periodista de deportes que seguía con fe el decrépito torneo descentralizado y amante del ejercicio físico. Lamentablemente ya no se encontraba entre los vivos. Murió por un corte en la garganta, como si fuera asesinado por un barbero resentido. La escena sangrienta le hizo retroceder de cunclillas...mientras las cámaras tomaban instantáneas de la escena.

Vanessa se sintió rodeada por esos “buitres” que deseaban convertir la noticia de un brutal accidente en un espectáculo circenses. Se transformó en una fiera brutal que empezó a insultar a la prensa y tapar con su cuerpo el cadáver de Carlos. Lloraba de rabia de como esos fariseos se burlaban del sufrimiento de perder al hombre de su vida en aquel Gólgota de cemento. Su ira la dejó fuera de si, esto hizo que algunos policías y para médicos la separasen de sus contrincantes. Estos últimos sin esperar al fiscal pusieron el cuerpo en una ambulancia...Vanessa aprovechando el tumulto se fue con ellos.

La mañana siguiente, Guillermo se levantó un poco más temprano de lo usual. Para él era un calvario levantarse de lunes a viernes e incluso sábados mientras gozaba del sueño, sobretodo si las mañanas eran invernales  lo cual constituía una prueba titánica. Quería dirigirse al puesto de diario para comprar el diario, le gustaba informarse con ese medio ya que podía gozar de su “hobbie” favorito: la lectura. Además veía poca televisión que consideraba su trasmisión superficial.

Era un chico que tomaba muy a pecho la carrera, a diferencia de sus compañeros, cuya meta era obtener una chamba y se acabó el cuento. Él era un “plus ultra”, veía más allá de lo evidente. Soñaba con ser “El Kapucinsky peruano” que revolucionaría el mundo de hacer periodismo. También seguía los pasos de su héroe de historietas belga “Tintin”, que lo consideraba un modelo a seguir. Parecía que lo hacía guiado por una pasión quijotesca, tratando de emular a sus héroes de ficción como los protagonistas de las novelas de caballería que leía “El ingenioso Hidalgo”.

A veces le daba rabia, que sus amigos no comprendieran ese “amor”. Para él perdían su tiempo en tonterías. La búsqueda del saber era su cruzada santa, incomprensible para el promedio de las personas. Se sentía “un marciano” por esa devoción al conocimiento. Al llegar al lugar, contempló el paisaje desolador ocasionado por el accidente: los árboles rotos, el pavimento hecho trizas y las manchas de sangre que había en la pista. Guillermo se le heló la sangre al ver ese panorama sacado de un espeluznante cuadro de la batalla de Somme. Contuvo la respiración por unos minutos, era una manera adecuada de adaptarse al horror.

Después con cierta prisa se dirigió al quiosco de diarios y vio como las portadas de los periódicos celebraban la gran carnicería que se dio en la Bolívar. Todos decían “horror”, “muerte”y exageradamente “ masacre”. Lo relataban como si hubiera pasado una hecatombe nuclear. Pero lo dejo helado ver en la primera página de un medio sensacionalista. Las fotos de personas que conocía entre las víctimas de aquel choque. Parecía una pesadilla, algo irreal...lo que veían sus ojos. Aquellas personas que se dirigían a celebrar su natalicio, formaban parte desde ayer de la lista negra de víctimas de los accidentes viales en el Perú.

Sentía rabia e impotencia en su interior por pasarla bien mientras que sus colegas morían de manera atroz, justo en el lugar donde se hallaba parado. Como ni pudo imaginarse que pudieron haber sido afectados por el desastre. Tal vez no quiso pensar, por no malograrle el momento feliz que era celebrar su onomástico. O trató de minimizar el relato de su tía, para no generarle preocupaciones. Miraba con mucha atención la foto de Tatiana que pudo reconocer por su cabellera rubia. Tenía la impresión de que no murió por un accidente de coche...sino asesinada como su tocaya real por un monstruo metálico. El cisne negro cantaba su sinfonía final, representando una tragedia eslava. Entretanto se quedaba como petrificado, no podía retroceder ni avanzar. El dueño del puesto al ver su estado de pesadumbre, se animó a conversarle.

  • ¿ Joven que le pasa, lo veo con cara de preocupado?- rompiendo el mutismo

  • bueno tenía conocidos entre las víctimas de ese accidente- tratando de ocultar su miedo

  • ¿ de donde eran ellos?-mirándole fijamente

  • eran compañeros de la universidad, se dirigían a celebrar mi cumpleaños- dando un suspiro largo

  • pucha que "salado"  mi amigo- agarrándose el mentón

  • ¿ y como ha sentido el desastre? Le preguntaba como si hubiera ocurrido un sismo

  • recién me entero por la radio el suceso. Me asusté de veraz, pensé en el puestecito. Temí que se hubiera quedado hecho puré por el choque...felizmente se salvó de milagro. Pero me dejo sobrecogido la escena- le hablaba mientras le señalaba el lugar.

  • Tuvo suerte de no perder la herramienta de trabajo que le da el pan- le respondió con un formalismo victoriano

  • lo siento por sus amigos, a veces es terrible sentir en carne propia el sufrimiento- dando otro suspiro largo

  • sabe voy a comprar dos diarios- le respondió con resolución

  • allí sabrá con más detalles lo sucedido- sus ojos brillaban cuando decía la palabra bendita “comprar”

Guillermo regresaba a su casa de manera apresurada, revisaba los titulares con sumo cuidado. Veía las fotos brutales del accidente. Le llamó la atención la imagen de una señora arrodillada junto al cadáver que podría ser su hijo. Verlo, le rompió el alma, aquella mujer tenía que enterrar a su hijo y no al revés  Imposibilitada de ver como su retoño crecía, se convertía en un profesional, formaba una familia y la hacía abuela. Lo mismo debía sentir los familiares y amigos al despedirse prematuramente del mundo truncándose grandes sueños y proyectos en mente.


El chico volvió a su casa, como si fuera un chasqui que debe informarle al inca una infausta noticia. Caminaba con prisa, mientras hojeaba las páginas del diario para profundizar ese accidente que acabó con la vida de sus amigos. Revisaba otras otras secciones del diario como internacionales o la de espectáculos lo que más le gustaba leer, con rapidez dado la impresión de que habían pasado a un segundo plano por la magnitud del suceso, comparable sin caer en la exageración con el 11 S. Además iba de manera distraída  con el riesgo de chocarse con alguien o tropezarse. Parecía que la fuerza de la hecatombe automovilístico lo transportaba una dimensión onírica. Su piel se le erizaban y su espalda corría el sudor por experimentar tanta brutalidad.

Al llegar a su casa, corrió rápidamente al tercer piso, trotaba en las escaleras. Cuando se encontró con su madre que tomaba tranquilamente su desayuno, su progenitora aún se encontraba vestida en piyama y miraba la expresión agitada del rostro de su hijo.

  • ¿ hijo que pasa? ¿ estás pálido?- tratando de calmarlo

  • ha pasado un terrible accidente en la Bolívar y hay algo peor?- mostrándole el diario

  • no me digas...tratando de preguntar

  • Han muerto mis amigos en ese choque- interrumpiéndola

  • ¿ los que iban a la fiesta? Preguntándole con sorpresa

  • lamentablemente si. Sus nombres aparecieron el diario- se sentó en el sillón

  • ¿ que piensas hacer?- parándose de su silla

  • veré en el face, que dice la gente y trataremos de ver como solucionar este desmadre- con la cabeza gacha

Guillermo se fue a su cuarto y prendió su laptop. Luego de una espera que le pareció una eternidad tener listo el equipo. Entró a las redes sociales y vio en su muro cientos de mensajes que hablaban de la terrible tragedia. Bueno entre sus contactos si sabían lo sucedido o habían organizado para la terrible ocasión. Encontró varios comentarios y mensajes que se solidarizaban con las víctimas del siniestro, también encontró muchos pésames. Pero el cuadro que le llamó la atención fue la de Tatiana. Su foto en blanco y negro lo tenía fascinado, era la imagen bella de un cisne que ha tenido un canto maravilloso antes de morir.

Mandó un comentario lleno de poesía y leyó los demás: Algunos tenían una originalidad que sorprendían a propios y extraños. Luego empezó a chatear con algunos colegas para saber sobre el suceso y ver que harían después. Supo que la velarían en la iglesia ortodoxa que quedaba en la Marina. Guillermo recordó esa vez que hablaron: le mencionó de manera simple la intrincada Fe ortodoxa a la que era creyente. Por poco lo convierte a esa rama de la cristiandad. Le fascinaba también de la religión ortodoxa eran las extrañas túnicas de los monjes, sus profusas barbas, las controversiales historias de los santos y algunas fiestas que no están en nuestro calendario oficial. También la consideraba más bacán que la fe católica que profesaban sus padres y abuelos, por su peculiaridad doctrinaria. “ A Tatiana la deberían canonizar porque encarnaba a la bondad” pensaba en sus adentro Hilares. Sonaba exagerado pero representaba el idilio platónico que sentía por ella.

Kerly supo de la muerte de Gleber, debido a los comentarios que recibió en su blackberry. Pero en la noche que falleció su amado, estaba furiosa como el “Krakatoa” porque no le contestaba las llamadas que justificaran su enésima tardanza. Pero a ella no le gustaba ir a un sitio y no gastar su dinero, así que tomó una decisión insólita: fue a ver una película sola. Antes era una obligación casi sagrada ir al cine acompañada ya sea de sus enamorados que iba coleccionando por del tiempo y sus amistades de toda la vida. Antes para ella no tenía gracia ir a gozar del séptimo arte sola, era como cantar a un concierto sin público. Pero esa noche, de repente el bichito del cambio se poseyó en la joven.

Olvidando la amargura que le produjo Gleber, hizo su cola, pagó su entrada y entró a sala donde se exhibía no una película de esas taquilleras repetidas...sino ver por primera vez cine francés. El filme se llamaba “Amigos”. Además no perdió el tiempo de comprar pop corn, prácticamente iba a ver cine. La simple historia de la relación dispareja entre un cultísimo millonario cuadrapléjico y su achorado ayudante de origen senegalés, la maravilló de principio a fin. Le fascinaba conocer Francia de una manera sencilla lo mejor y lo peor: desde los barrios deprimidos donde viven los inmigrantes africanos y árabes hasta los bucólicos alpes franceses.

Se había olvidado de Gleber, sin necesidad de un drama tipo telenovela, simplemente viendo una película. Llegó a la conclusión de que su relación estaba por finiquitar y daba por echo que lo aceptaría. Gleber era un chico de carácter débil y con poco interés en mantener su compromiso especialmente con las chicas. Por eso era una de las razones plausibles de que romper su noviazgo no sería tan traumático como se ve en las novelas rosas de Corín Tellado. Lo meditaba de manera alegre mientras gozaba de la película. Al terminar el filme, revisó su celular si tenía alguna llamada perdida de su novio que iba a convertirse parte de su historia amorosa. Pero ningún rastro de él y no mostró preocupación por su destino. Se fue contenta a casa, sin saber la verdad que afloraba en los próximos días.

Vanessa se sentó agotada en la silla de la sala en la sala donde se velaba el cuerpo de su esposo. El lugar se hallaba en la casa de su suegra. Tuvo una actividad frenética por organizar el funeral de Carlos, recibió mucha ayuda de todos lados para sortear este desastre. Sus colegas periodistas también aportaron con algo para su camarada caído. No se imaginaba ser viuda muy joven, en tiempos en que abundan divorciadas y relaciones pasajeras: ella era un bicho raro en el mundo sentimental de la modernidad.

Le hacía recordar mucho a su abuela materna que enviudó muy temprano y tuvo que criar a sus cuatro hijos. Asumir esa responsabilidad, le daba ánimos de seguir su ejemplo. La ventaja era que solo criaba a un niño y no sería tan difícil. Le hablaría cuando creciera de que su padre era un hombre de bien que velaba por los demás. No buscaba conversar, su agotamiento le impedía, tantos trámites allí y por allá la habían exprimido el alma. Observaba a la gente conversando en el salón y las coronas fúnebres que rodeaban el féretro.

Revisaba en su mente, los pasajes de la vida que pasaron en su corto, intenso y feliz matrimonio. Renmemoraba los recuerdos que tuvieron desde que se conocieron en aquella fiesta en que su primo, editor de la sección economía del Comercio, la presentó, su gran mudanza que hicieron a “su nido de amor” y la alegría que tuvo Carlos cuando se enteró que iba a ser padre. Una lágrima se le escurrió de sus ojos, mientras pensaba que esa felicidad ya no regresaría a su vida.

Dentro de una hora sería el funeral que se realizaría en la iglesia. A pesar de que no era una creyente practicante, parecía que su fervor se incrementaba con la tragedia. Su vida ya no sería la misma desde ese momento pero no se quedaría con los brazos cruzados...trataría de superarlo como diera lugar. Mientras pensaba, el tiempo pasaba volando y sin darse cuenta el féretro era cargado por los amigos periodistas de su difunto esposo, demostrando que había dejado una huella inconmensurable en todos los que lo conocieron empezando con Vanessa.


La transformación de Kerly, se podía plasmar inclusive en los momentos más aciagos. Empezando con la ropa. Se caracterizaba por la sobriedad, al utilizar un traje negro que le quitaba esa sensualidad que fascinaba a propios y extraños y no usar sus característicos tacos. Tenía unas gafas de sol que cubrían toda su cara. Parecía que era la primera vez que usaba pantalones. No era porque tuviera un delirio arrogante por usarlos sino para tapar las lágrimas que las lágrimas destrozaron a su pobre rostro no solo por el hecho de perderle, sino por no hablarle de un mensaje importante. Recordaba una escena de la novela “El retrato de Dorian Gray” , el protagonista insulta a Silvia Bane enamorada del “Príncipe Azul” , que hacía el papel de Julieta, por su pésima actuación. Cuando se da cuenta de su error quiere disculparse...cuando descubre que se ha matado. Así era la analogía que lo relacionaba con Gleber.


Kerly y la madre de Gleber, se abrazaron con pasión. Ella sintió con respeto solemne por por esta mujer que perdió todas sus esperanzas y sueños depositadas en su hijo que ya no estaría en este tierra. Con este gesto parecían que se habían conocido de toda la vida, cuando antes solo se intercambiaron saludos mientras vivía el adolescente. Después se dirigió al féretro a ver por última vez a su novio. Contempló el rostro de Gleber, parecía que no murió por un accidente...sino acribillado por el grupo Colina. El que arregló su estropeado cadáver para que estuviera presentable y lo hizo a la loca. Kerly se santiguó con prisa y se dirigió a sentarse en una silla blanca de plástico donde se agarró el mentón con las manos.

Se soltó el cabello y dejó que su pelo ondulado ocultara su tristeza. Con las lágrimas que brotaba de su rostro, no hacía ruido pero el silencio le carcomía el alma. Recordaba una escena del nuevo testamento en que una mujer, enjugó con su llanto los pies del salvador y este conmovido por dicho gesto dijo a sus asombrados seguidores que ella entendía sus palabras. Toda su frivolidad, su hobbie de coleccionar enamorados, su gusto sofisticado y sus sueño de escalar en la sociedad se hicieron añicos cuando sucedió la hecatombe que puso patas arriba al universo. Además su maquillaje estaba hecho trizas por la pena.

La experiencia que tuvo en la iglesia ortodoxa de color blanco, le dejó pasmado por la complejidad ritual de despedirse de este mundo cruel. A pesar de que hacía siglos dejó de creer en las supersticiones religiosas, esta vez el poder de la misma le dejó un impacto profundo en su carácter, tal vez era por su amor platónico por Tatiana al tener esa comunión espiritual. Los iconos y los trajes alucinantes de los popes le agregaban un mayor misticismo.

Vio a los padres de su cine negro miraban como el ataúd era puesto en la carroza fúnebre. Observaba a la madre los gestos de dolor que tenía en su rostro. Reflejaba la tragedia eslava de alguna ópera de Tchaikosky como “Eugenio Oneguin” o la trágica historia de Ana Karenina de Tostoil. La mujer parecía que iba a derrumbarse al igual que el imperio soviético. Su dolor lo expresaba en ruso, lo cual le conmovió más. Su esposo, un milimétrico militar que no debería mostrar algún signo de debilidad debido a su formación castrense, se arrodilló junto a su esposa a borbotones. Podía ser un indolente si mandaba al matadero del VRAEM a muchos jóvenes reclutas semi-analfabetos...pero perder a su “Matrioska” era lo peor de las derrotas que podía soportar este recio soldado del aire.

Guillermo tenía dudas si acercarse a ellos y decirles cuanto la estimaba. Las dudas lo carcomían un montón, detestaba hacerlo. Era demasiado orgulloso como para mostrar sus debilidades humanas ante el público. Sus piernas le temblaban un poco y ponía las manos en los bolsillos para ocultar aún más su nerviosismo. Siempre quiso mostrarse como un ser pragmático ante los demás, tampoco era una persona que pudiera sobreponerse a lo imprevisible, estaba acostumbrado a una rigidez prusiana que le causaba problemas de relación personal.

Guillermo suspiró brevemente y se acercó a ellos. Parecía que desfilaba cuando se acercaba a ellos. La pobre señora parecía que había dejado de llorar y esta se paraba. Era de contextura gruesa, cabello rubio podríamos decir natural, unos cachetes rojos y una pañoleta turquesa en su cabeza. El joven la saludó de manera exageradamente formal como lo hacía con las personas desconocidas . Lo miró con una expresión cansada.

  • buenos días señora, su hija y yo compartimos la música de Tchaikosky- sonriéndole

  • me sorprende que todavía haga jóvenes que les guste ese tipo de música, ¿ como se llama usted? - le preguntaba con su español masticado.

  • Guillermo Hilares- haciendo un ademán militar

  • lo tendré presente en mis oraciones- lo miraba con una sonrisa maravillada por lo que escuchaba

  • gracias señora- respondiéndole de manera circunspecta

  • señor parece que conoce a mi hija- intervino el marido de la rusa, su figura inspiraba algo de temor y marcialidad.

  • Bueno solo conversamos un par de veces, pero han marcado con profundidad esos grandes intercambios culturales que tenemos- le hablaba como un prestigioso diplomático

  • sus palabras nos han subido la moral en este momento tan terrible , sobretodo lo que ha conversado con mi mujer- abandonando su tono castrense en su hablar diario

La conversación terminó con una gran despedida mientras la pareja se retiraba hacia el auto que los llevaría al cementerio Campo Fe de Huachipa. En ese sitio había sido sepultado su abuelo hacía años. El chico los acompañaría al complejo fúnebre, junto a un grupo de dolientes que irían en un bus. Despedir a su amiga era terrible...porque no hablarían de muñecas matrioskas ni del “lago de los cisnes”. Un vacío espiritual se le generaba en el alma de Guillermo. Nada podría compensar su pérdida...La partida tan temprana de Tatiana. Miró al cielo gris limeño, con un cariz sombrío, mientras el vehículo se alejaba.

Sería redundante decir como fueron enterrados esas siete víctimas aplastadas porque ya no habría algo interesante que contar. Pero para concluir esta infausta historia de como la muerte sorprendió a estas personas en el momento que menos imaginaban además de las terribles consecuencias que dejaron en las personas que más querían en este mundo solo haré un breve colofón de esta comedia humana que Honoré de Balzac tanto hablaba. La conclusión es lo siguiente que la muerte siempre nos acecha en todo momento, al igual que un guepardo que acecha a una gacela. Desprevenida. Los que fallecieron tuvieron que pagar al barquero Caronte para emprender el viaje al más allá. Los demás todavía no era el momento pero ya llegaría...tarde o temprano.