Siete es el número de la
buena suerte, Siete enanitos, Siete pecados capitales, Siete colinas
tiene Roma, Siete el número de la victoria etc. Pero esta cifra
maravillosa no salvaría a siete almas del brutal juego de dados que
somete la muerte a la gente todos los días. Mostrando una vez más
que los números no determinan el sentido el destino de la gente ni
siquiera a la hora de partir “al más allá. El primero de ellos
era Gleber Saturnino Saavedra Yupanqui, era un mocoso limeño de II
generación, cuyos padres provenían del departamento de Puno. Era un
chico flacuchento, peinado medio emo, vestía traje estilo rapero.
El adolescente vivía del
parque Arcoíris, en una casa de dos pisos con colores ocre y
naranja, frente al nido “Pasito a Paso”. Vivía con su madre de
nombre Graciela que se había puesto fea y gorda con el devenir de
los años, su hermana mayor Imelda vivía de manera independiente y
el chico solo pasaba en su vivienda solo para dormir la mayor parte
del tiempo. El resto del día lo pasaba en dizque “trabajos de la
academia” o fiestas de amigos. Detestaba estar allí, la presencia
de su mamá con sus conversaciones aburridas junto a otros parientes
tan angurrrientos como ella que hablaban de temas intrascendentes:
hablar de problemas judiciales por unos terrenos de X sitio, sobre
las desventuras familiares y las quejas de cuán displicente se ha
vuelto la juventud.
Gleber escapaba de ese
infierno cacofónico yéndose a su cuarto que era un santuario lleno
de pósteres de jugadores del Barza, Real Madrid y Manchester.
También andaban desparramados por el suelo cientos de DVD
piratas...pero el reproductor se encontraba en la sala y ver sus
películas favoritas era un martirio para él ya que la presencia de
su progenitora le incomodaba bastante con sus preguntas incómodas
acerca del tema del filme o algún contenido controversial. Su
cultura cinematográfica era bastante convencional en todos los
sentidos, eran de tipo mercantil esas olvidables. También en su
habitación se veía discos de música tirados en el suelo, mostrando
que sus gustos musicales eran mediocres se podía contemplar como
latin pop, electrónica, algo de salsa dura, reggaeton y wachiturros.
A duras penas había escuchado a los grandes músicos clásicos como
Beethoven, Mozart menos de los Beatles o los Roling Stones. Todo se
reducía a la moda POP.
Su escasa capacidad
intelectual y su mediocridad lo hacía un ser despreocupado, así no
se complicaba su existencia con el mundo que lo rodeaba. Era un
estudiante promedio que nunca le interesó destacar. No era ni vago
ni “chancón”, aunque pasó muchos cursos rozando. Tras terminar
la secundaria, iba a engrosar la enorme fila de adolescentes que
engrosarían en la “lista de carreras técnicas” que era la moda
estudiantil de ese entonces. Deseaba estudiar en un instituto
tecnológico de nombre raro para obtener un trabajo de manera rápida
aunque sea técnico de alguna cabina de Internet.
Su progenitora no podía
darse el lujo de llevarle a una universidad privada para ser alguien
en la vida...la opción estatal no le convencía. La situación
personal con su antigua pareja que era mala por si impedía que se
recaudara algo de dinero para los estudios del joven. Hacía años
que su padre Rubén que se había desentendido de los asuntos que
tenía pendiente con su ex mujer. Tenía un nuevo compromiso con una
chica que era más guapa y menos rollo que progenitora. Muy pocas
veces lo veía pero a Gleber jamás le preocupó. Su madre era “mamá
y papá” al mismo tiempo. Compartían al afán utilitarista que
enfatizaba ganar dinero, buscando estudiar una carrera corta y
rentable en vez de estudiar esos cursos de mucho estudio y poco
trabajo. Ella tenía sueños de grandeza de que su prole se hiciera
millonario de la nada, como en los programas de la TV que veía y
mearse por fin sobre “esos pitucos alienados”.
Pero Gleber, no tenía
interés en construir castillos sobre el aire, sino en coordinar con
su novia de extravagante nombre Kerly Reinafarque. Sus fotos que veía
en la pantalla del ordenador se mostraba una chica desenfadada y
mostrando cierto histrionismo con su poses. Su conversión en mujer
se había realizado de manera temprana, además se destacaba por
tener una voz aniñada. Le encantaba vestirse con pantalones
apretados, faldas cortas y zapatos de tacón alto color rosa. Era
agraciada y su cabello ondulado lo cuidaba como si fuera una reliquia
sagrada. Tenía un carácter algo frívolo pero tenía un sentido más
práctico en cuanto a ambiciones y retos profesionales...más que
Gleber. La pareja tenía sus grandes momentos de placer, yéndose a
“hostalitos” donde a costa de ahorros y a préstamos donde mentía
descaradamente. El condón era al amigo cuasi infaltable aparte de la
cerveza para calmar los nervios que eso conlleva. Los encuentros eran
óptimos y era mejor que recurrir a una puta que no le interesa que
el cliente sea bueno o malo... sino cuanto dinero aportaba.
Pero presentían que su
relación iba a terminar apenas ingresaran a estudiar sus respectivas
carreras: ya que la distancia, el trabajo y otros chicos/chicas
harían imposible que ello continuara. Él lo aceptaba casi con
resignación contemplar el final de todo esto. Pero había servido
como experiencia para futuras relaciones más duraderas. Entretanto,
el par de “tortolitos” chateaban y arreglaban el momento para
reunirse en el cine Garzón para ver alguna película tonta que
estuviera dando en la cartelera. Bueno el encuentro no terminaría en
sexo como en otras ocasiones. El chico había ahorrado para pasarla
bien con su novia...pero este encuentro no se daría debido a un
brutal capricho del destino.
María Eugenia Larraín
Bordoni, se sentaba en el asiento del copiloto de un auto Daewoo de
reciente fabricación. Era una joven con cuerpo de señora, era un
poco gorda y su cabello lo tenía medio teñido de rubio, además le
encantaba hacerlo lacio. Mantenía una mirada distraída en su cara.
Llevaba puesto una casa negra que la hacía parecer la novia
extraviada de un “Hell Angels”. Vestía botas de tacón alto y
una falda de jeans apretada que no le caía bien. Sus tetas se
balanceaban sin gracia. Le acompañaba su novio, “un cholo recio”,
que hacía que se le aguara la boca.
Su nombre era Alfonso
Reyes, era de contextura fuerte que usaba pectorales y tenía unos
tatuajes en su torso. Tenía un carácter más sencillo y sus
respuestas eran ágiles. Le encantaba vestirse con ropa supuestamente
de marca para lucirse con sus pares. Era el alter ego de una
masculinidad que hacía sentir protegida a María Eugenia, no era un
ser humano sino descendientes de aquellos dioses que crearon el mundo
mágico de la Pachamama. Le deleitaba comer esa carne ítalo-criolla
en los íntimos encuentros que tiene toda pareja. Estaban de novios
desde hacía tres años, cuando comenzaban sus carreras respectivas:
Comunicaciones y Turismo en la “Harvardtin”. La pareja se dirigía
al cumpleaños de un “nerd” que había hecho la convocado la
reunión por medio de facebook teniendo gran acogida.
El homenajeado, Guillermo
Hilares ,era uno de los estudiantes más cultos y un poco irreverente
de la clase. Se destacaba por su gran memoria, recordaba fechas,
personajes ilustres, obras y hasta frases célebres. También le
vacilaba usar palabras rebuscadas y usar agudas metáforas. Aunque
para la vida diaria era un patán de primera. Podía acordarse con
lujo de detalles la batalla de Ayacucho...pero le era imposible
recordar algún encargo de su madre o el cumpleaños de alguno de
familiares. Pero este genio tenía muchas limitaciones sociales,
debido a su intolerancia e irritación con las personas que no
compartieran su amor por la sabiduría ..pero en el fondo era una
buena persona. A veces sin querer podía dejarlos mal parados a sus
colegas cuando los ametrallaba sin piedad con alguna de sus brutales
preguntas, le decían que era una “enciclopedia humana”.
En el auto que conducía
Alfonso, se escuchaba con estruendo la música de “Pitbull”, un
rapero cubano-americano cuyos canciones brotaban lujo, poder y
lujuria que no se veía desde los tiempos de Heliogábalo. Ese era el
himno religioso que acompañaba sus fiestas tipo discoteca. En la
parte trasera del vehículo se sentaban tres chicos que conversaban
de manera ruidosa y revisaban sus Blackberry y Iphones para ver sus
mensajes o la dirección correcta de la casa del “nerd”.
Entre ellos se encontraba
Tatiana Alexandrovna Gonzáles Petroyev, hija de un coronel de la FAP
que estuvo piloteando aviones mig 29 cuando todavía existía la URSS
como super potencia y una rusa amante de las muñecas matrioskas. Se
destacaba por el carácter dicharachero de los peruanos y no la melancólica idiosincrasia de los habitantes de la patria de Tostoil.
Era una chica de cabellos rubios y largos, tenía contextura delgada
que la hacía parecer un ser delicado como el baile grácil de Ana
Palovna. Su apariencia también reflejaba la bondad representad en
las heroínas de las novelas de Fedor Dostoyesky.
A su derecha se
encontraba otra de las amigas extrovertidas del grupo: María Paz
Ocampo, mujer volupuosa, de cabellos de intensa negrura, piel canela
y unos ojos morenos intensos. Tenía unas piernas espectaculares que
le encantaba ponerlas descubiertas cuando iba a las grandes fiestas
que se celebraban en las casa de sus amigos. Trabajaba como
camarógrafa de una programa de la TV, que combinaba la seriedad con
la comedia irreverente de sus conductores. En las redes sociales
publicaba fotos con gente famosa que pertenecía a la decrépita
farándula local, era una testigo privilegiado del mundo del
espectáculo que se veía cara a cara con las estrellas de Choliwood.
Miguel Luna Mouriño, era
un joven de cabellos medio ondulados y piel oliva. Le decían
cariñosamente “señor Moon” y gastaban bromas acerca de su
virilidad ya que no proyectaba una imagen de macho, su carácter era
un poco amanerado tenía una voz delicada. . Era un disyokey de las
discotecas más exclusivas del sur de Lima, la música que nublaban
la mente a las personas que se entregaban al baile frenético. En las
clases se quedaba dormido por quedarse hasta altas horas de la
madrugada ere preferible convivir con esa bulla que aprender
conceptos aburridos.
Tenía un polo de un
grupo metalero más una casaca negra, se reía estruendosamente de la
conversación que emitían las “cotorras humanas”. Lo gracioso es
que hablaban poco del cumpleaños que iban a celebrar ya que estarían
de paso ya que era una especie de “bocadillo” . El plato fuerte
estaba en las grandes discotecas de Lima Sur. Pero el momento no
llegaría porque la fatalidad les cerraría el paso...el vehículo
que se paseaba orondo por la avenida se dirigía a la intersección
mortal de la calle Lincoln.
Carlos Villaroel,
regresaba del gimnasio del BCR tras una maratónicamente jornada de
entrenamiento físico que había culminado relajándose en el sauna,
luego de darse un ducha fría. Era un hombre maduro que pertenecía a
la clase media, alta, de cabello medio crespo y de contextura mas o
menos musculosa. Llevaba en su brazo izquierdo un bolso de color gris
que llevaba sus ropas. Vivía en el condominio que se hallaba
prácticamente al frente donde se encontraba. Deseaba darle un beso a
su mujer, saludar a su retoño, comer algo y ver que partido estaban
dando en la tele.
Aprovechaba sus
vacaciones de un mes para ejercitar su cuerpo y darse un merecido
descanso luego de su arduo trabajo como periodista deportivo del
diario “El Comercio”. Cubría los partidos del alicaído
campeonato descentralizado, donde las tribunas se hallaban casi
vacías. Era un espectáculo triste ser testigo de la mediocridad y
falta de seriedad que representaba el torneo de balompie. A pesar de
este patético panorama y presenciar las mil y un eliminatorias en
que la selección nacional jamás podía clasificar a un mundial ni
siquiera de fulbito de mesa o que alguno de los clubes que tenía el
esperpéntico fútbol peruano podía ganar la copa
libertadores...seguía siendo su sufrido hincha número uno. Además
leía las columnas con pasión de Philip Butters acerca de lo pésimo
que iba nuestra selección, la corrupción de la federación, cuán incompetentes eran los técnicos y la vida disoluta de los jugadores
que solo les interesaba la parranda. Esas lecturas era una manera
interesante de analizar la situación del país.
Le encantaba jugar
“pichanguitas” con su amiga en la cancha del parque Arcoíris,
era un medio campista más o menos bueno que metía unos golazos como
“Foquita Farfán”. A veces organizaba fiestas en su hogar y veían
los partidos en medio de unas “chelas heladas”. Su esposa Vanessa
con quien tenía un hijo de cinco meses, trataba de no molestarse por
la afición digamos excesiva que tenía su marido por el deporte
rey. Saturaba las conversaciones con fútbol y cuando no hablaban de
deportes Carlos se quedaba mustio o decía perogrulladas. Deseaba que
le prestara más atención...pero comprendía el trabajo sacrificado
que hacía por el bien de ella y el de su pequeño. Llegaba muy tarde
por su trabajo arduo e inclusive tenía que viajar a provincias o al
exterior, lo cual incrementaba su sentimiento de cierta ausencia por
él. Pero el hombre ya volvería para darle un abrazo.
Los siete infortunadas
víctimas que la muerte elegía para engrosar el día se aproximaban a su mortal encuentro que se daría en la intersección de Lincoln
con Bolívar, dicha zona estaba conformada por la salida de un
vetusto almacén donde salían y entraban enormes camiones del tamaño
de brontosaurios de la época moderna. Una pequeñez haría que el
desastre sacudiera la tranquilidad del barrio y conmocionaría a la
prensa por unos días nuestra cabizbaja situación moral. Sus nombres posteriormente quedarían en las frías estadísticas de decesos que
producen los accidentes de tránsito. Todos los planes que estos
individuos alegremente cotejaban en sus mentes se iban a ir al
carajo.
Gleber, estaba sentado en
el asiento del copiloto o apodada siniestramente “la cabina del
bombardero” ya que en la II guerra mundial era un sitio vulnerable
a los ataques del fuego enemigo, debido a que estaba hecha de
cristal. Pero el no era consciente del riesgo y absorto en su celular
revisando nerviosamente los mensajes que puede estar enviándole
Kerly. La puntualidad no era uno de sus virtudes pero por “su amada
Dulcinea” era capaz de madrugar. También lo ponía tenso las
paradas que daba el carro por más breves que fueran...daba la
impresión de que era perseguida por el gobierno o la mafia.
Trataba de ocultar su
nerviosismo tocándose las rodillas que le temblaban. El chico le
tenía un extraño temor por esa “niña mujer” que lo regañaba
al igual que su madre por pequeñeces: llegar tarde a un compromiso,
faltar de manera imprevista a una reunión pactada por facebook o no
tener el suficiente dinero para divertirse como si ello fuera penado
con la cárcel. Este último aspecto recordaba una obra teatral de
Berthold Brecht llamada “Mahagonny
“ que era una metáfora moral, financiera y social del muchacho.
Esa dependencia emocional era el combustible de su pintoresca relación. Su extraña novia era el mal menor frente a su madre que
fungía de tirana. Pero un destino peor que alguna humillación que
le haría Kerly por alguna de sus equivocaciones...quedaría empequeñecido por el llamado de la muerte.
El nerd, estaba dentro de
la sala de su casa por la Calle Luís Galvan. Ya caía la noche,
cuando revisaba con cierto detallismo como iba a ser la celebración
de su onomástico. Tenía el aspecto del protagonista “raro” de
la película “Super Cool” que mostraba con sarcasmo y realismo la
decadencia moral de la juventud yanqui. Vestía un chaleco que lo
hacía parecer al personaje de Aladino y llevaba unos anteojos
grandes. Aunque el anfitrión deseaba que vinieran más sus
compañeros de promoción con quienes había pasado ratos memorables
en la secundaria. Él no los veía con mucha frecuencia y este era el
momento para reforzar esos grandes lazos de amistad.
Se mostraba tenso al
estar atento por el sonido del timbre, lo esperaba con cierta
angustia y alegría para recibir con cierta teatralidad a sus
primeros invitados. Ensayaba las frases de bienvenida que iba a dar
viendo si debía usar un tono grave o falsete. Hilares deseaba ver a
Tatiana, por su gusto por la geografía especialmente de Europa
Oriental. Le fascinaba todo lo referente a la cultura rusa,
especialmente su atribulada historia y su maravillosa música
representada en Piotr
Ilich Chaikovsk un afamado compositor
gay que hizo grandes obras musicales que tanto a Guillermo como a
Tatiana les fascinaba oír “El lago de los cisnes”, “El
cascanueces” y “Obertura 1812”. Aunque este último trabajo
musical para la chica no era de su conocimiento musical. Ella
englobaba la larga lista de amores platónicos que a lo largo de su
vida iba acumulando. Siempre decía “si la responsabilidad/ lectura
fuere una mujer me casaría con ella”. Eso mostraba que prefería
las relaciones idealizadas que las reales para no tener una vida
llena de sufrimiento sentimental.
Mientras que el chico
esperaba a sus invitados, un camión que salía del almacén como los
monstruos que salen de las entrañas del Averno. Su tamaño era de
temer entre los automovilistas, debido a que tenía que redoblar
esfuerzos para hacer un simple movimiento. Esto dificultaba el
tránsito por unos cinco minutos que se hacían interminables. Su
colores eran el rojo como la sangre y blanco como la dulzura El
vehículo iba a voltear para dirigirse a la Universitaria...cuando
ocurrió el plan macabro de la muerte.
Un tico amarillo se cruzó
con el “mamut rodante” y para evitar atropellar a este “ratón
de cuatro ruedas” se estrelló contra el suelo al carecer con la
maniobrabilidad que tanto esfuerzo le tocaba hacer. Ahora se
desencadenaba el brutal caos en la Bolívar. El volquete que tenía
los contenidos llenos de productos industriales destrozó los árboles y se estrelló con el auto Daewoo, que intentó frenar pero era
demasiado tarde y se empotró brutalmente. Convirtiendo el vehículo
último modelo en mera chatarra inservible en unos pocos minutos, se
convirtió en una aplanadora brutal.
Entre tanto el micro bus que llevaba al infortunado adolescente tampoco tuvo mejor suerte.
Gleber al verlo aproximarse violentamente por instinto se tapó los
ojos como si ello por su solo fuera suficiente para detener la avalancha metálica que se avecinaba. Se oían gritos espantosos por
parte de los pasajeros...asimismo el cobrador vestido con un uniforme
esperpéntico trataba de salvar su vida tirándose al pavimento.
Carlos veía absorto el
choque del titan de acero, se quedó pasmado ante la violencia que
veía. Parecía que ello lo dejaba hipnotizado hasta sintió que los
vidrios rotos que salían del custer silenciado le afeitaban la
garganta. Empezó a tocarse suavemente contemplando con horror la
sangre que fluía a borbotones por su cuello como si el hombre
invisible lo hubiese acuchillado o algo por el estilo. No podía
gritar ante tanto horror que experimentaba su cuerpo...se sentía
aprisionado por tanto líquido rojo que lo hizo caer por el
pavimento. Su mochila gris también estaba manchada de sangre al
igual que la cera. El pobre hombre murió irónicamente en la calzada
donde se hallaba la fábrica de su alma máter “El Comercio” sin
mucho dolor ni sufrimiento.
La madre de Gleber, veía
“Al fondo hay sitio” su programa favorito. A pesar de la
mediocridad y simplismo de la serie lo consideraba una cuestión
sacrosanto tan igual como ser devota “al Señor de Muruhuay” o
“la Virgen del Carmen”. No le importaba las despiadadas críticas
de su hijo que lo consideraba estúpido o hacerla sentir con sus
palabras hirientes tildándola de idiota infantil. Su vástago
prefería en cambio ver series policiales como las temporadas de la
“Gran Sangre”, donde su personaje favorito era “Mandril”,
además también le gustaba ver programas de cable como “Futurama”,
“Los Simpson” y “Jersey Shore” este último le hacía
explotar su libido por ver esa deliciosa carne ítalo-americana.
Para Graciela esa “bazofia infantil” la hacia un ser feliz que
que le distraía por una hora y media de su miserable vida personal
que llevaba. Las desventuras, patinadas, alegrías y sufrimientos,
patinadas y amores de los personajes de los personajes los asimilaban
como si fueran suyos. Lo absurdo de ello era la felicidad ante la
soledad espiritual que vivía.
Pero justo cuando iba a
ver como se desenvolvía el capítulo, fue interrumpida por una
noticia que salía del telediario que sacudiría su mediocre universo
al anunciar que ocurrió un aparatoso accidente en la avenida
Bolívar. Contemplaba con horror esa imágenes tan violentas que
habían sido extraídas de algún lugar de Bagdad o Kabul afectado
por las bombas. Sus manos apretaban fuertemente el sillón, era como
si esa barbarie que emitía la caja boba lo viviera en HD. Ya estaba
acostumbrada a este tipo de informaciones que mostraban
asesinatos,violencia y paranoia apocalíptica. En medio de este
espectáculo que celebraban la muerte con unas maravillosas cifras de
rating pudo atinar un grito “Gleber”. Corrió para ponerse su
abrigo...su instinto maternal le decía que se encontraba allí.
No imaginaba la suerte
que había corrido su prole, no se preguntaba aún si estaba ileso,
herido o en el peor de los casos...muerto. Solo corría como una
endemoniada al sitio que parecía que hubiera sido devastado por un
misil drone. Daba la impresión de que la sangre iba a reventáserle
en los pies.al detenerse dio un respiro, se agachó y se cogió las
rodillas para tomar descanso, daba la sensación que corría mil y un
maratones olímpicos. Respiraba con mucho dolor por todo el esfuerzo
que hizo. Vio el turbulento panorama donde afloraba una gran multitud
de sonidos, personas y vehículos.Todo era confuso e irreal como si
fuera tele transportada por la TV a su siniestra realidad.
En la pista se podía ver
los cuerpos ensangrentados de algunas personas que los bomberos
sacaban dentro fierros retorcidos de los autos que se hicieron
añicos. Alguno de ellos les faltaban sus extremidades y otros no
tenían zapatos. Estaban cubiertos de manera improvisada con diarios
que apenas ocultaban cuán espantosas fueron sus muertes. Era como
“tapar a un elefante con un pañuelo”. Graciela vio un detalle
conocido: una zapatilla blanca con rayas rojas tal vez de marca
Addidas que le eran muy familiares. Gleber las usaba con mucha
frecuencia ese tipo de calzado deportivo. Se tapó la boca con
horror por imaginar que podía ser su muchacho pero también pensaba
que podía ser otro infortunado adolescente que usaba ese modelo.
Pero el sentimiento de incertidumbre le carcomía el alma. Era momento de saber la espantosa
verdad de como fue la suerte de su hijo que representó el amor y el
odio al mismo tiempo. Se acercó de manera lenta pero segura y le
preguntó al hombre de rojo que descansaba luego de una agotadora
faena.
-creo que se es mi
hijo- con ademán infantil señalándole ese frágil cuerpecito
tendido
-¿ como lo sabe
señora? -Mirándole con brusquedad
- es por una zapatilla que tiene- señalando su pierna izquierda
- ¿ segura que quiere verlo porque el accidente lo ha despedazado?- respondiéndole con una pregunta angustiosa
- si salga lo que salga- dando un fuerte respiro y sosteniendo su puño fuertemente
Al
sacarle los periódicos que lo cubrían se observaba una escena
horrible sacado del alguna película de horror como “Saw 5” o que
hubiera sido descuartizado por Jayson con su moto sierra eléctrica.
El cuerpo del joven era un desastre asqueroso: perdió su pierna
derecha en su totalidad, sus intestinos estaban salidos, su ropa
manchada de sangre en su totalidad, su garganta le había rebanado
Sweeney
Todd,
el barbero diabólico y su cara mostraba una expresión de horror
ante el destino final.
Al contemplar el cuerpo destrozado de Gleber, parecía que lo hubiera
destrozado una bomba y no producto de un accidente. Cayó de rodillas
con violencia y quiso llorar por tamaña pérdida pero no podía
hacerlo. Sentía miedo e impotencia de no hacerlo...tal vez era por el shock inicial de ver tanta brutalidad, ruido y cosas que no
comprendía como la presencia de los periodistas. También sintió
que su cuerpo se transformaba en una estatua de sal, como la mujer de
Lot al mirar por última vez como era destruida la pecaminosa ciudad
de Gomorra. Parecía que le era imposible moverse de su sitio.
Un
fotógrafo ,que vestía de manera informal, pasaba por el lugar del
siniestro observó lo escena con cierto cuidado. Con sus manos empezó
a cuadrar la escena como si fuera la estética de Man Ray. Sin tanta
prisa le tomó la foto unas cuatro y cinco veces a la pobre señora
que no se daba cuenta de que la imagen de su dolor contenido sería
la portada de los diarios más importantes y vendería millones.
Parecía que las imágenes tomadas tanto por los paparazzis o los
corresponsales de guerra eran eclipsadas por la foto de esta mujer
rechoncha, cuyo único mérito era estar en el momento indicado de la
noticia.
En la
casa de Hilares, se podía escuchar las sirenas de las ambulancias.
El joven no se preocupó demasiado al principio ni le tomó mucha
importancia. Justo en ese momento conversaba alegremente con uno de
sus invitados que era un compañero de aspecto regordete que
pertenecía a su antigua promoción de colegio. Compartían las
anécdotas que protagonizaron en la escuela, como les iba en sus
carreras universitarias y esbozaban planes a futuro. La charla era
amena y lo atizaba el vino más los pisco sours. No se preocupaba aún
por la llegada de sus demás invitados, ya que tenían la costumbre
de llegar un poco tarde a la hora establecida. El nerd parecía que
había nacido en el país equivocado, ya que exhibía un cierto
comportamiento alienado tirando por lo inglés. Tenía esa manía
flemática por el orden, el sentido común y la puntualidad.
Deseaba
hablar más que nunca con Tatiana, coquetearla un rato y versar más
sobre Rusia (la gloriosa patria de los AKM 47). pero no se hallaba
desesperado, deseaba conservar la calma...pero su tranquilidad se vio interrumpida cuando llegó su tía con un aire perturbador. Parecía
que había visto con horror a Mister Hyde o a Bin Laden cuando
empezó a contar de manera tremebunda que ocurrió un grave accidente
en la avenida Bolívar y por eso era la razón de su demora. También
dijo que vio por la ventana de su coche cuerpos cubiertos con
diarios...además de observar una señora al lado de un cadáver que
parecía ser algún conocido, manteniéndose en una posición
estática. La tensión afloraba en el rostro de Guillermo cuando su
pariente narraba el espeluznante relato, las manos agarraban
fuertemente el sofá donde se hallaba sentado. No quería pensar que
los chicos que se dirigían a su casa hubieran sido arrastrados por
el infortunio.
Se
tranquilizaba que todavía aún no llegaban a la zona y por este
incidente desafortunado los hacía demorar su trayecto a su casa, así
que no se preocupó. En su cabeza no concebía que sus colegas
estuvieran entre las víctimas del luctuoso suceso. Con el devenir de
las horas, llegaron más gente entre parientes y amigos pero de la
gente que esperaba ni rastro...algo sucedía pero todavía no lo
sospechaba.
Vanessa se preparaba para
ver su telenovela favorita “ Al fondo hay sitio”. Organizaba la
cena también como si fuera un ritual ancestral. Ya pudo dormir al
bebe y acababa de darse un baño placentero. Se peinaba con parsimonia su lacio cabello castaño, era uno de sus hobbies
predilectos aparte de ver esa serie de televisión. A su esposo no le
vacilaba mucho el programa y se burlaba de ella por ello, pero no era
para un tema de una discusión. A veces Carlos por complacerla lo
veía junto a su querida esposa. Incluso veían “ Los Simpson”
para cagarse de risa con las idioteces de Homero. A veces sin querer
veía la metáfora de su propia relación: porque su amor a veces se
comportaba como ese obeso americano cuasi alcohólico que solo le
interesaba dormir, comer y dormir. Se identificaba con Marge. La
sufrida y diligente ama de casa que siempre pone orden.
Mientras meditaba acerca
de la TV...escuchaba un ruido horrible , espantoso, brutal violento, inmisericorde y cruel. Era como si esa cacofonía hubiera invadido su
dulce hogar, la chica gritaba aterrada por ese monstruo que iba a
devorarla. Se tapó los oídos con fuerza y suplicaba silenciosamente
que no despertara a su bebe. Pasada esa conmoción, se quedó inmóvil daba la sensación de que estuviera afectada por un shock
fulminante. Poco a poco empezó a recuperar sus sentidos que la
explosión cacofónica le fueron privados. Volvió a respirar con más
tranquilidad, disminuyendo la tensión.
Una fuerza misteriosa le
conducía a la ventana para contemplar la realidad. Era un grotesco
espectáculo de luces rojas intermitentes, bocinas y un enjambre de
personas que parecían simples hormigas. Era contemplar la
destrucción de Pompeya viéndolo desde una cómoda villa. Como
deseaba en estos momentos tener binoculares para poder observar el
desolador panorama. No quería imaginarse a Carlos fungiendo como
periodista para trasmitir este horrible suceso que sería explotado
de manera mediática. Ya que se encontraría con sus colegas y
tendría la obligación de ayudarlos. Era otra noche donde se él se
hallaba otra vez ausente, detestaba que se postergara otra vez por el
maldito trabajo. Tenía la virtud de no tener celos enfermizos, ya
que la “chamba” de su marido era sacrificada y no podía ser una
mal pensada, debido a la presencia de compañeras en el gremio.
Luego se dio cuenta que
existía su bebe, tras ese trance que lo hizo olvidarlo por ver lo
que ocurría afuera. Al entrar en la habitación, vio como esa
criatura hermosa dormía plácidamente mientras el mundo era sacudido
por la tormenta. Se sintió regocijada y se acercó lentamente a la
cuna. Deseaba acariciar a ese cuerpo rechoncho y rosado que la hacía
feliz. Era un alivio maravilloso que su hijo no fuera afectado por
tremenda bulla y por ello Vanessa volvió a cerrar la puerta con
lentitud para no perturbar el sueño angelical de su niño. Por unos
segundos ella carecía de preocupaciones ni pensaba que el horror de
la muerte le tocaría en carne propia.
De repente empezó a oír otro sonido perturbador como el anterior. Era el ruido más
detestable de todos: se trataba de nada más ni nada menos que el
jodido teléfono. Desde que era una adolescente, que vivía en un
departamento en Lince con su hermana, madre y abuela, lo odiaba como
quien aborrece a la tediosa profesora de Biología o los testigos de
Jehova con su estrafalaria doctrina. El siniestro aparato la hacía
sentir un ser solitario donde no tenía voz ni voto. Se comportaba un
modo arbitrario que la convertía en una esclava de la pesada de su
mama. Tenía unas ganas enormes de asesinarlo como si fuera Ceucescu.
Siempre le había aguado momentos felices: Cuando le interrumpía al
escuchar a Cindy Lauper en la radio o veía su capítulo de serie
favorito como “ALF”.
Pero a medida que crecía
la tecnología cuando aparecieron los celulares. Aquella evolución
tecnológica la hizo un ser independiente y feliz. Pero cuando se
mudó y casó con Carlos a un departamento hacía unos cuantos años
tuvo que verse obligada a poner un trasto similar, pero su odio hacía
él evolucionó de una forma más amable. Esto se hallaba menguado
debido a que le hallaba una cierta utilidad...pero prefería hablar
cara a cara con sus conocidos que usar ese “artilugio” que hace
balbucear o decir tonterías. Pero esa noche “la creación de
Graham Bell” decidió atormentarla con una noticia infausta. La
mujer corrió hacía el aparato y contestó de manera apurada como si
quisiera desembaarze de un asunto embarazoso.
- ¿ hola ¿ que ha pasado?- tratando de ocultar su temor
- ¿ este es el número de la casa de Carlos Villaroel?- contestó una voz chillona
- ¿ como sabe que es su número?- Con un tono grave
- bueno hemos encontrado su celular y documento en su chaqueta y queríamos confirmar su identidad. Los bomberos lo han encontrado en la esquina de Bolívar con Lincoln- lo decía con aprensión.
Vanessa se puso nerviosa
al oír esa última frase por parte de su interlocutor. Contenía la
respiración.
- ¿ señor usted quien es?- con un tono sombrío
- soy bombero ¿ supongo que es su esposa ?- al responder con un tono más acelerado al confirmar la identidad del hombre que estaba tirado en la calle que mencionaba.
- ¿ como sabe que soy su esposa?- preguntó imperiosa la mujer
- Por las fotos que hemos encontrado en la billetera donde está al lado de una mujer que podría tratarse de usted- lo hablaba de manera calmada en contraste Vanessa estaba destrozada por los nervios.
- Usted lo ha dicho y vivo al frente- su voz era cada vez más temblorosa
La verdad y la rapidez
que supo del destino, le impedían tener emociones. Agarró su abrigo
y tomó las llaves. Bajó corriendo del departamento como una gacela
perseguida por un hambriento guepardo. Al salir a la calle, se topó
con una multitud entre periodistas que tomaban fotos de manera
morbosa, preocupados vecinos, nerviosos para médicos y extenuados
bomberos. Contemplaba la brutal escena que hacía recordar a los
crueles atentados que suceden en Bagdad y que veía a veces por el
telediario. Un esplendoroso carro hecho añicos, cadáveres cubiertos
con periódicos y el ruido de las ambulancias eran los elementos que
adornaban el macabro paisaje. Se abrió paso entre empujones e
insultos para llegar al lugar.
Tras un esfuerzo por
llegar a la zona indicada por el bombero, que le parecía una gran
eternidad. Al verlo encontró a un joven, parecía recién salido de
la pubertad. Su juventud le impresionó al asumir temprano temprano
esos desafíos que ponía en riesgo su vida. Vanessa miraba con
atención al jovencito y al cuerpo tendido de su esposo, cuya cara
era cubierta por un periódico. Él comenzó a preguntarle de manera
pausada a la mujer, su mirada brillaba al verla.
- ¿ es la esposa del señor?- mientras miraba la foto de la billetera
- con ella está ¿ que le ha pasado?- Indicando con su dedo
- Señora con mucho pesar le digo que ha muerto- lo decía mientras le entregaba sus documentos.
La presencia del efebo la
dejaba distraída de su verdadero objetivo: Saber si su marido estaba
muerto o vivo. Los dos se miraron como fuera una situación
extraordinaria, tal vez era por el atractivo del muchacho cara de
niño que destacaba del caótico ambiente en que ambos se hallaban.
El breve e incómodo silencio terminó con una pregunta de Vanessa al
hombre de rojo.
- ¿ porque lo dice como si fuera algo normal- indicándole sombriamente con su dedo
- “es parte del trabajo, No crea que soy novato en esta chamba y ya no hay tiempo para las emociones ”- decía con una normalidad que podía exasperar a los simples mortales tildándolo de frío e inhumano.
Pero ella sentía una
fascinación temprana por la muerte, simbolizada en sus palabras.
Pronto el joven oyó las órdenes de su jefe y se marchó sin
despedirse. Lo veía alejarse la multitud, verlo correr le dejó
perturbada por la presencia de ese “Apolo rojo”, hipnotizada por
su juventud. Tal vez hubiera preguntado por su nombre para recordar
esa sensación de pureza que no sentía desde hacía siglos.
Se arrodilló frente al
cuerpo. Parecía “La Magdalena” que contemplaba como bajaban a la
tierra el cuerpo crucificado de su amado Cristo. Su esposo parecía
que se había desmayado por la conmoción y no muerto como decía el
bombero. Veía su rostro cubierto por el periódico y la
incertidumbre la acompañaba en se crucial momento. Tenía dudas si
quitarle el papel o dejarlo como estaba, pero como quisiendo
sincerarse con un amigo con una verdad incómoda que traería lastre.
Se animó a sacársela de manera lenta como si quitara la venda a una
momia egipcia.
Al ver su rostro, su
corazón palpitaba de manera furiosa. Carlos Villaroel: el hombre que
amaba con sus defectos y virtudes, el fanático periodista de
deportes que seguía con fe el decrépito torneo descentralizado y
amante del ejercicio físico. Lamentablemente ya no se encontraba
entre los vivos. Murió por un corte en la garganta, como si fuera
asesinado por un barbero resentido. La escena sangrienta le hizo
retroceder de cunclillas...mientras las cámaras tomaban instantáneas
de la escena.
Vanessa se sintió
rodeada por esos “buitres” que deseaban convertir la noticia de
un brutal accidente en un espectáculo circenses. Se transformó en
una fiera brutal que empezó a insultar a la prensa y tapar con su
cuerpo el cadáver de Carlos. Lloraba de rabia de como esos fariseos
se burlaban del sufrimiento de perder al hombre de su vida en aquel
Gólgota de cemento. Su ira la dejó fuera de si, esto hizo que
algunos policías y para médicos la separasen de sus contrincantes.
Estos últimos sin esperar al fiscal pusieron el cuerpo en una
ambulancia...Vanessa aprovechando el tumulto se fue con ellos.
La mañana siguiente,
Guillermo se levantó un poco más temprano de lo usual. Para él era
un calvario levantarse de lunes a viernes e incluso sábados mientras
gozaba del sueño, sobretodo si las mañanas eran invernales lo cual
constituía una prueba titánica. Quería dirigirse al puesto de
diario para comprar el diario, le gustaba informarse con ese medio ya
que podía gozar de su “hobbie” favorito: la lectura. Además
veía poca televisión que consideraba su trasmisión superficial.
Era un chico que tomaba
muy a pecho la carrera, a diferencia de sus compañeros, cuya meta
era obtener una chamba y se acabó el cuento. Él era un “plus
ultra”, veía más allá de lo evidente. Soñaba con ser “El
Kapucinsky peruano” que revolucionaría el mundo de hacer
periodismo. También seguía los pasos de su héroe de historietas
belga “Tintin”, que lo consideraba un modelo a seguir. Parecía
que lo hacía guiado por una pasión quijotesca, tratando de emular a
sus héroes de ficción como los protagonistas de las novelas de
caballería que leía “El ingenioso Hidalgo”.
A veces le daba rabia,
que sus amigos no comprendieran ese “amor”. Para él perdían su
tiempo en tonterías. La búsqueda del saber era su cruzada santa,
incomprensible para el promedio de las personas. Se sentía “un
marciano” por esa devoción al conocimiento. Al llegar al lugar, contempló el paisaje desolador ocasionado por el accidente: los
árboles rotos, el pavimento hecho trizas y las manchas de sangre que
había en la pista. Guillermo se le heló la sangre al ver ese
panorama sacado de un espeluznante cuadro de la batalla de Somme.
Contuvo la respiración por unos minutos, era una manera adecuada de
adaptarse al horror.
Después con cierta prisa
se dirigió al quiosco de diarios y vio como las portadas de los
periódicos celebraban la gran carnicería que se dio en la Bolívar.
Todos decían “horror”, “muerte”y exageradamente “
masacre”. Lo relataban como si hubiera pasado una hecatombe
nuclear. Pero lo dejo helado ver en la primera página de un medio
sensacionalista. Las fotos de personas que conocía entre las
víctimas de aquel choque. Parecía una pesadilla, algo irreal...lo
que veían sus ojos. Aquellas personas que se dirigían a celebrar su
natalicio, formaban parte desde ayer de la lista negra de víctimas
de los accidentes viales en el Perú.
Sentía rabia e
impotencia en su interior por pasarla bien mientras que sus colegas
morían de manera atroz, justo en el lugar donde se hallaba parado.
Como ni pudo imaginarse que pudieron haber sido afectados por el
desastre. Tal vez no quiso pensar, por no malograrle el momento feliz
que era celebrar su onomástico. O trató de minimizar el relato de
su tía, para no generarle preocupaciones. Miraba con mucha atención
la foto de Tatiana que pudo reconocer por su cabellera rubia. Tenía
la impresión de que no murió por un accidente de coche...sino
asesinada como su tocaya real por un monstruo metálico. El cisne
negro cantaba su sinfonía final, representando una tragedia eslava.
Entretanto se quedaba como petrificado, no podía retroceder ni
avanzar. El dueño del puesto al ver su estado de pesadumbre, se
animó a conversarle.
- ¿ Joven que le pasa, lo veo con cara de preocupado?- rompiendo el mutismo
- bueno tenía conocidos entre las víctimas de ese accidente- tratando de ocultar su miedo
- ¿ de donde eran ellos?-mirándole fijamente
- eran compañeros de la universidad, se dirigían a celebrar mi cumpleaños- dando un suspiro largo
- pucha que "salado" mi amigo- agarrándose el mentón
- ¿ y como ha sentido el desastre? Le preguntaba como si hubiera ocurrido un sismo
- recién me entero por la radio el suceso. Me asusté de veraz, pensé en el puestecito. Temí que se hubiera quedado hecho puré por el choque...felizmente se salvó de milagro. Pero me dejo sobrecogido la escena- le hablaba mientras le señalaba el lugar.
- Tuvo suerte de no perder la herramienta de trabajo que le da el pan- le respondió con un formalismo victoriano
- lo siento por sus amigos, a veces es terrible sentir en carne propia el sufrimiento- dando otro suspiro largo
- sabe voy a comprar dos diarios- le respondió con resolución
- allí sabrá con más detalles lo sucedido- sus ojos brillaban cuando decía la palabra bendita “comprar”
Guillermo
regresaba a su casa de manera apresurada, revisaba los titulares con
sumo cuidado. Veía las fotos brutales del accidente. Le llamó la
atención la imagen de una señora arrodillada junto al cadáver que
podría ser su hijo. Verlo, le rompió el alma, aquella mujer tenía
que enterrar a su hijo y no al revés Imposibilitada de ver como su
retoño crecía, se convertía en un profesional, formaba una
familia y la hacía abuela. Lo mismo debía sentir los familiares y
amigos al despedirse prematuramente del mundo truncándose grandes
sueños y proyectos en mente.
El
chico volvió a su casa, como si fuera un chasqui que debe informarle
al inca una infausta noticia. Caminaba con prisa, mientras hojeaba
las páginas del diario para profundizar ese accidente que acabó con
la vida de sus amigos. Revisaba otras otras secciones del diario como
internacionales o la de espectáculos lo que más le gustaba leer,
con rapidez dado la impresión de que habían pasado a un segundo
plano por la magnitud del suceso, comparable sin caer en la
exageración con el 11 S. Además iba de manera distraída con el
riesgo de chocarse con alguien o tropezarse. Parecía que la fuerza
de la hecatombe automovilístico lo transportaba una dimensión
onírica. Su piel se le erizaban y su espalda corría el sudor por
experimentar tanta brutalidad.
Al
llegar a su casa, corrió rápidamente al tercer piso, trotaba en las
escaleras. Cuando se encontró con su madre que tomaba tranquilamente
su desayuno, su progenitora aún se encontraba vestida en piyama y
miraba la expresión agitada del rostro de su hijo.
- ¿ hijo que pasa? ¿ estás pálido?- tratando de calmarlo
- ha pasado un terrible accidente en la Bolívar y hay algo peor?- mostrándole el diario
- no me digas...tratando de preguntar
- Han muerto mis amigos en ese choque- interrumpiéndola
- ¿ los que iban a la fiesta? Preguntándole con sorpresa
- lamentablemente si. Sus nombres aparecieron el diario- se sentó en el sillón
- ¿ que piensas hacer?- parándose de su silla
- veré en el face, que dice la gente y trataremos de ver como solucionar este desmadre- con la cabeza gacha
Guillermo
se fue a su cuarto y prendió su laptop. Luego de una espera que le
pareció una eternidad tener listo el equipo. Entró a las redes
sociales y vio en su muro cientos de mensajes que hablaban de la
terrible tragedia. Bueno entre sus contactos si sabían lo sucedido o
habían organizado para la terrible ocasión. Encontró varios
comentarios y mensajes que se solidarizaban con las víctimas del
siniestro, también encontró muchos pésames. Pero el cuadro que le
llamó la atención fue la de Tatiana. Su foto en blanco y negro lo
tenía fascinado, era la imagen bella de un cisne que ha tenido un
canto maravilloso antes de morir.
Mandó
un comentario lleno de poesía y leyó los demás: Algunos tenían
una originalidad que sorprendían a propios y extraños. Luego empezó
a chatear con algunos colegas para saber sobre el suceso y ver que
harían después. Supo que la velarían en la iglesia ortodoxa que
quedaba en la Marina. Guillermo recordó esa vez que hablaron: le
mencionó de manera simple la intrincada Fe ortodoxa a la que era
creyente. Por poco lo convierte a esa rama de la cristiandad. Le
fascinaba también de la religión ortodoxa eran las extrañas
túnicas de los monjes, sus profusas barbas, las controversiales
historias de los santos y algunas fiestas que no están en nuestro
calendario oficial. También la consideraba más bacán que la fe
católica que profesaban sus padres y abuelos, por su peculiaridad
doctrinaria. “ A Tatiana la deberían canonizar porque encarnaba a
la bondad” pensaba en sus adentro Hilares. Sonaba exagerado pero
representaba el idilio platónico que sentía por ella.
Kerly
supo de la muerte de Gleber, debido a los comentarios que recibió en
su blackberry. Pero en la noche que falleció su amado, estaba
furiosa como el “Krakatoa” porque no le contestaba las llamadas
que justificaran su enésima tardanza. Pero a ella no le gustaba ir a
un sitio y no gastar su dinero, así que tomó una decisión
insólita: fue a ver una película sola. Antes era una obligación
casi sagrada ir al cine acompañada ya sea de sus enamorados que iba
coleccionando por del tiempo y sus amistades de toda la vida. Antes
para ella no tenía gracia ir a gozar del séptimo arte sola, era
como cantar a un concierto sin público. Pero esa noche, de repente
el bichito del cambio se poseyó en la joven.
Olvidando
la amargura que le produjo Gleber, hizo su cola, pagó su entrada y
entró a sala donde se exhibía no una película de esas taquilleras
repetidas...sino ver por primera vez cine francés. El filme se
llamaba “Amigos”. Además no perdió el tiempo de comprar pop
corn, prácticamente iba a ver cine. La simple historia de la
relación dispareja entre un cultísimo millonario cuadrapléjico y
su achorado ayudante de origen senegalés, la maravilló de principio
a fin. Le fascinaba conocer Francia de una manera sencilla lo mejor y
lo peor: desde los barrios deprimidos donde viven los inmigrantes
africanos y árabes hasta los bucólicos alpes franceses.
Se
había olvidado de Gleber, sin necesidad de un drama tipo telenovela,
simplemente viendo una película. Llegó a la conclusión de que su
relación estaba por finiquitar y daba por echo que lo aceptaría.
Gleber era un chico de carácter débil y con poco interés en
mantener su compromiso especialmente con las chicas. Por eso era una
de las razones plausibles de que romper su noviazgo no sería tan
traumático como se ve en las novelas rosas de Corín Tellado. Lo
meditaba de manera alegre mientras gozaba de la película. Al
terminar el filme, revisó su celular si tenía alguna llamada
perdida de su novio que iba a convertirse parte de su historia
amorosa. Pero ningún rastro de él y no mostró preocupación por su
destino. Se fue contenta a casa, sin saber la verdad que afloraba en
los próximos días.
Vanessa
se sentó agotada en la silla de la sala en la sala donde se velaba
el cuerpo de su esposo. El lugar se hallaba en la casa de su suegra.
Tuvo una actividad frenética por organizar el funeral de Carlos,
recibió mucha ayuda de todos lados para sortear este desastre. Sus
colegas periodistas también aportaron con algo para su camarada
caído. No se imaginaba ser viuda muy joven, en tiempos en que
abundan divorciadas y relaciones pasajeras: ella era un bicho raro en
el mundo sentimental de la modernidad.
Le
hacía recordar mucho a su abuela materna que enviudó muy temprano y
tuvo que criar a sus cuatro hijos. Asumir esa responsabilidad, le
daba ánimos de seguir su ejemplo. La ventaja era que solo criaba a
un niño y no sería tan difícil. Le hablaría cuando creciera de
que su padre era un hombre de bien que velaba por los demás. No
buscaba conversar, su agotamiento le impedía, tantos trámites allí
y por allá la habían exprimido el alma. Observaba a la gente
conversando en el salón y las coronas fúnebres que rodeaban el
féretro.
Revisaba
en su mente, los pasajes de la vida que pasaron en su corto, intenso
y feliz matrimonio. Renmemoraba los recuerdos que tuvieron desde que
se conocieron en aquella fiesta en que su primo, editor de la sección
economía del Comercio, la presentó, su gran mudanza que hicieron a
“su nido de amor” y la alegría que tuvo Carlos cuando se enteró
que iba a ser padre. Una lágrima se le escurrió de sus ojos,
mientras pensaba que esa felicidad ya no regresaría a su vida.
Dentro
de una hora sería el funeral que se realizaría en la iglesia. A
pesar de que no era una creyente practicante, parecía que su fervor
se incrementaba con la tragedia. Su vida ya no sería la misma desde
ese momento pero no se quedaría con los brazos cruzados...trataría
de superarlo como diera lugar. Mientras pensaba, el tiempo pasaba
volando y sin darse cuenta el féretro era cargado por los amigos
periodistas de su difunto esposo, demostrando que había dejado una
huella inconmensurable en todos los que lo conocieron empezando con
Vanessa.
La
transformación de Kerly, se podía plasmar inclusive en los momentos
más aciagos. Empezando con la ropa. Se caracterizaba por la
sobriedad, al utilizar un traje negro que le quitaba esa sensualidad
que fascinaba a propios y extraños y no usar sus característicos
tacos. Tenía unas gafas de sol que cubrían toda su cara. Parecía
que era la primera vez que usaba pantalones. No era porque tuviera un
delirio arrogante por usarlos sino para tapar las lágrimas que las
lágrimas destrozaron a su pobre rostro no solo por el hecho de
perderle, sino por no hablarle de un mensaje importante. Recordaba
una escena de la novela “El retrato de Dorian Gray” , el
protagonista insulta a Silvia Bane enamorada del “Príncipe Azul”
, que hacía el papel de Julieta, por su pésima actuación. Cuando
se da cuenta de su error quiere disculparse...cuando descubre que se
ha matado. Así era la analogía que lo relacionaba con Gleber.
Kerly
y la madre de Gleber, se abrazaron con pasión. Ella sintió con
respeto solemne por por esta mujer que perdió todas sus esperanzas y
sueños depositadas en su hijo que ya no estaría en este tierra. Con
este gesto parecían que se habían conocido de toda la vida, cuando
antes solo se intercambiaron saludos mientras vivía el adolescente.
Después se dirigió al féretro a ver por última vez a su novio. Contempló el rostro de Gleber, parecía que no murió por un
accidente...sino acribillado por el grupo Colina. El que arregló su
estropeado cadáver para que estuviera presentable y lo hizo a la
loca. Kerly se santiguó con prisa y se dirigió a sentarse en una
silla blanca de plástico donde se agarró el mentón con las manos.
Se
soltó el cabello y dejó que su pelo ondulado ocultara su tristeza.
Con las lágrimas que brotaba de su rostro, no hacía ruido pero el
silencio le carcomía el alma. Recordaba una escena del nuevo
testamento en que una mujer, enjugó con su llanto los pies del
salvador y este conmovido por dicho gesto dijo a sus asombrados
seguidores que ella entendía sus palabras. Toda su frivolidad, su
hobbie de coleccionar enamorados, su gusto sofisticado y sus sueño
de escalar en la sociedad se hicieron añicos cuando sucedió la
hecatombe que puso patas arriba al universo. Además su maquillaje
estaba hecho trizas por la pena.
La
experiencia que tuvo en la iglesia ortodoxa de color blanco, le dejó
pasmado por la complejidad ritual de despedirse de este mundo cruel.
A pesar de que hacía siglos dejó de creer en las supersticiones religiosas, esta vez el poder de la misma le dejó un impacto
profundo en su carácter, tal vez era por su amor platónico por
Tatiana al tener esa comunión espiritual. Los iconos y los trajes
alucinantes de los popes le agregaban un mayor misticismo.
Vio a
los padres de su cine negro miraban como el ataúd era puesto en la
carroza fúnebre. Observaba a la madre los gestos de dolor que tenía
en su rostro. Reflejaba la tragedia eslava de alguna ópera de
Tchaikosky como “Eugenio Oneguin” o la trágica historia de Ana
Karenina de Tostoil. La mujer parecía que iba a derrumbarse al igual
que el imperio soviético. Su dolor lo expresaba en ruso, lo cual le
conmovió más. Su esposo, un milimétrico militar que no debería
mostrar algún signo de debilidad debido a su formación castrense,
se arrodilló junto a su esposa a borbotones. Podía ser un indolente
si mandaba al matadero del VRAEM a muchos jóvenes reclutas
semi-analfabetos...pero perder a su “Matrioska” era lo peor de
las derrotas que podía soportar este recio soldado del aire.
Guillermo
tenía dudas si acercarse a ellos y decirles cuanto la estimaba. Las
dudas lo carcomían un montón, detestaba hacerlo. Era demasiado
orgulloso como para mostrar sus debilidades humanas ante el público.
Sus piernas le temblaban un poco y ponía las manos en los bolsillos
para ocultar aún más su nerviosismo. Siempre quiso mostrarse como
un ser pragmático ante los demás, tampoco era una persona que
pudiera sobreponerse a lo imprevisible, estaba acostumbrado a una
rigidez prusiana que le causaba problemas de relación personal.
Guillermo
suspiró brevemente y se acercó a ellos. Parecía que desfilaba
cuando se acercaba a ellos. La pobre señora parecía que había
dejado de llorar y esta se paraba. Era de contextura gruesa, cabello
rubio podríamos decir natural, unos cachetes rojos y una pañoleta
turquesa en su cabeza. El joven la saludó de manera exageradamente
formal como lo hacía con las personas desconocidas . Lo miró con
una expresión cansada.
- buenos días señora, su hija y yo compartimos la música de Tchaikosky- sonriéndole
- me sorprende que todavía haga jóvenes que les guste ese tipo de música, ¿ como se llama usted? - le preguntaba con su español masticado.
- Guillermo Hilares- haciendo un ademán militar
- lo tendré presente en mis oraciones- lo miraba con una sonrisa maravillada por lo que escuchaba
- gracias señora- respondiéndole de manera circunspecta
- señor parece que conoce a mi hija- intervino el marido de la rusa, su figura inspiraba algo de temor y marcialidad.
- Bueno solo conversamos un par de veces, pero han marcado con profundidad esos grandes intercambios culturales que tenemos- le hablaba como un prestigioso diplomático
- sus palabras nos han subido la moral en este momento tan terrible , sobretodo lo que ha conversado con mi mujer- abandonando su tono castrense en su hablar diario
La
conversación terminó con una gran despedida mientras la pareja se
retiraba hacia el auto que los llevaría al cementerio Campo Fe de
Huachipa. En ese sitio había sido sepultado su abuelo hacía años.
El chico los acompañaría al complejo fúnebre, junto a un grupo de
dolientes que irían en un bus. Despedir a su amiga era
terrible...porque no hablarían de muñecas matrioskas ni del “lago
de los cisnes”. Un vacío espiritual se le generaba en el alma de
Guillermo. Nada podría compensar su pérdida...La partida tan
temprana de Tatiana. Miró al cielo gris limeño, con un cariz
sombrío, mientras el vehículo se alejaba.
Sería redundante decir como fueron enterrados esas siete víctimas aplastadas
porque ya no habría algo interesante que contar. Pero para concluir
esta infausta historia de como la muerte sorprendió a estas personas
en el momento que menos imaginaban además de las terribles
consecuencias que dejaron en las personas que más querían en este
mundo solo haré un breve colofón de esta comedia humana que Honoré
de Balzac tanto hablaba. La conclusión es lo siguiente que la muerte
siempre nos acecha en todo momento, al igual que un guepardo que
acecha a una gacela. Desprevenida. Los que fallecieron tuvieron que
pagar al barquero Caronte para emprender el viaje al más allá. Los
demás todavía no era el momento pero ya llegaría...tarde o
temprano.